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	<title>Javier Gregorio, autor en Chesterton.es</title>
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	<title>Javier Gregorio, autor en Chesterton.es</title>
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		<title>Alfredo</title>
		<link>https://chesterton.es/javiergregorio/alfredo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Javier Gregorio]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 11 Apr 2022 10:29:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[General]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Buscaba un dato histórico. Un nombre… o un apellido, qué se yo. Necesitaba descubrir la firma de un tal Alfredo para saciar la curiosidad que aquella noche me atenazaba. Me encontraba sentado en la quiete, descansando tras la cena antes de subirme a la habitación. Mi cabeza daba vueltas y la necesidad de saber hizo [&#8230;]</p>
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<p>Buscaba un dato histórico. Un nombre… o un apellido, qué se yo. Necesitaba descubrir la firma de un tal Alfredo para saciar la curiosidad que aquella noche me atenazaba. Me encontraba sentado en la quiete, descansando tras la cena antes de subirme a la habitación. Mi cabeza daba vueltas y la necesidad de saber hizo que mi corazón subiera hasta mi boca obligándome a ponerme en pie. De un impulso, mis alargadas piernas se pusieron en posición vertical y fueron subiendo las escaleras de dos en dos para acudir a la biblioteca de mi casa.</p>



<p>-¿Por dónde empiezo a buscar?-, me pregunté confuso, haciendo una ronda por las paredes llenas de libros, procurando no dispersar mi afán investigador que allí me había llevado con la variedad de títulos que la biblioteca alojaba. Tras unos minutos encontré una obra, «…ilustres de…». Allí podría ser donde encontrara la firma.</p>



<p>-¡Eureka!- clamé creyéndome, qué se yo, Arquímedes de Siracusa. No me lo podía creer. En ese libro se mostraba un facsímil de un documento antiguo. Allí estaba la firma de Alfredo. ¿Pero quién era Alfredo? ¿Por qué su vida estaba recogida en aquella obra biográfica de hombres ilustres? Mi curiosidad me llevó a descubrir alguna que otra publicación que trazaba la trayectoria vital de este hombre burgalés. Una de estas incluía una fotografía de Alfredo. El caso es que su rostro me era conocido, como si su cara hubiese protagonizado algún cuadro contemplado en mi infancia y juventud. Permítanme, mis lectores, que les ofrezca esta historia que pocos saben y que, seguramente ustedes, siendo tan despiertos como yo les intuyo, desean conocer.</p>



<p>Caían las cuatro de la tarde y Alfredo se encontraba leyendo en una habitación de la casa de tía Balbina, donde se encontraba hospedado. En un instante determinado se escucharon unos ensordecedores pasos subiendo a gran velocidad por las escaleras. Junto a la silla y a unos sencillos muebles se encontraba el bastón que le había acompañado desde que una enfermedad del fémur le dejara medio cojo a los dieciocho años, estando en Irache, allá donde iría después de vivir en Getafe. Esos tres meses que llevaba alojado en casa de su tía los empleaba orando, estudiando y pintando. A pesar de los bellos parajes de La Concha, el pueblo pasiego donde vivía tía Balbina, Alfredo apenas salía de la casa. La situación política no acompañaba a una persona de su condición. Durante aquellos meses, los sacerdotes se ponían una corbata roja, pero Alfredo solía repetir: «Yo quiero morir mil veces antes de traicionar mi fe y mi calidad de sacerdote». Alfredo era sacerdote escolapio. De quiénes eran los pasos que subían por las escaleras de la casa de tía Balbina nos encargaremos más tarde.</p>



<p>Alfredo era el primer niño de la familia. Para su padre, Castor Parte, fue una alegría cuando la noticia fue dada en aquel pueblo burgalés conocido como Cilleruelo de Bricia. Con Justa Saiz, la madre de Alfredo, formaban una familia sencilla que fue creciendo hasta hacerse numerosa. Llegada la preadolescencia, Alfredo tuvo la valentía de reconocer y manifestar su deseo de ser escolapio, lo que le llevó a estudiar en las Escuelas Pías de Villacarriedo y, posteriormente, trasladarse a Getafe. Allí, alejado de su tierra, en unos tiempos en los que empezaban a escucharse motores de aviación procedentes de la Base Aérea, es donde durante dos años abordó los estudios humanísticos y toma el hábito escolapio.</p>



<p>Una vez hechos sus primeros votos en la Orden de las Escuelas Pías, Alfredo marcha al monasterio navarro de Irache, allí donde los clérigos escolapios se preparaban para el sacerdocio. Cursando el segundo curso de sus estudios filosóficos, Alfredo empieza a sentir una dolencia en su pierna tal que le hace guardar cama sin poder asistir a clases. Gracias a las medicinas que preparaba un gallego, un tal Faustino Míguez, pudo recuperarse de la postración. Aun así, los dolores seguían y empezó a necesitar muletas y bastón para caminar. Si algo sobresalió de Alfredo fue su modo de enfrentarse a la enfermedad, sin lamentos y con una gran paciencia. «Era cosa que nos edificaba verle con sus muletas tan alegre como si estuviera completamente sano, siempre con la sonrisa en los labios», comentaba un escolapio que compartió vida con Alfredo.</p>



<p>¿Qué caracterizaba a Alfredo? ¡Tantas cosas! Su sencillez, su naturalidad, su franqueza, un trato de seriedad con los alumnos que no reñía con su buen humor «connatural», siempre tarareando canciones de la provincia&#8230; Cuentan que el 31 de diciembre era para él era un gran día: tras sonar las doce campanadas deseaba a toda la comunidad el año nuevo a ritmo de flautín y tambor. A Alfredo también le gustaba el cine, que proyectaba en el salón del colegio. Lo describen bien los versos que José Antonio Álvarez Sch. P. le dedica: «Viviste en Villacarriedo, / manejando el proyector. / Cine mudo pusiste a tus hijos / de Mac Senet y Charlot». &nbsp;&nbsp;</p>



<p>Un mes de julio llegan las fatales noticias al oído de Alfredo. Veraneando en Cilleruelo se entera de lo que está pasando: clérigos, monjas y <em>misaires</em> en general -llamados así a los que iban a misa- están siendo asesinados en toda la nación. Alfredo, veloz, vuelve a su comunidad con sus hermanos escolapios. Esos días, milicianos obligan al Padre Alfredo a darles el dinero recaudado del colegio y el mismo 14 de agosto reciben la visita de un delegado del gobierno: les obliga a abandonar su casa de las Escuelas Pías de Villacarriedo.</p>



<p>Caían las cuatro de la tarde y Alfredo se encontraba leyendo en una habitación de la casa de tía Balbina, donde se encontraba cobijado. En un instante determinado se escucharon unos ensordecedores pasos subiendo a gran velocidad por las escaleras. Era el 17 de noviembre de 1936. Unos milicianos republicanos irrumpían en su habitación obligándole a ir con ellos hasta la cárcel improvisada que habían formado en los bajos del Ayuntamiento de Santander, aunque a tía Balbina le dijeran que Alfredo sólo iba a prestar declaración. De ahí le llevaron al barco <em>Alfonso Pérez,</em> conocido como el <em>Buque fantasma, </em>en el que los republicanos retenían a todos aquellos que consideraban oportuno, gran parte de ellos religiosos y monjas. Pero Alfredo tenía un arma. Sí, un arma, pero no cualquier arma, no se asusten: el rosario. Con él, sobrellevaba con buen ánimo las penalidades que los prisioneros sufrían. Alfredo animaba todos los domingos a los presos con homilías sencillas, destacando la que pronunció la Nochebuena, aunque deseaba irse de allí cuanto antes puesto que la cruz se hacía ya pesada.</p>



<p>Habían pasado tres días. Era 27 de diciembre. El mediodía se consumía y el sol apuntaba directamente sobre la cubierta del <em>Buque fantasma</em> cuando la Aviación nacional hizo caer bombas sobre Santander, lo que fue motivo de represalia por parte de los milicianos: fueron llamando uno a uno a todos los presos del <em>Alfonso Pérez. </em>Otros presos le dijeron a Alfredo que se ensuciara las manos y dijera que era un obrero, pero cuando llegó al tribunal del barco respondió a un «¿Quién eres tú?» con total sinceridad: «Soy sacerdote y escolapio de Villacarriedo». Su sentencia era firme.</p>



<p>Le mandaron a la cubierta del barco. Entre risas, los milicianos le decían que allí se lo iba a pasar muy bien. Uno de ellos vio que Alfredo no podría subir bien las escaleras a la cubierta, expresando su observación. Alfredo, con mirada caritativa dijo: «Nunca he subido sólo, pero por amor a Cristo subo esta noche». Subió lentamente. Antes de alcanzar el último peldaño un gatillo fue apretado, recibiendo Alfredo un tiro en la nuca y cayendo al suelo. Sus gafas rodaron ensangrentadas por la cubierta y eran recogidas por el siguiente sacerdote de la fila. Los cadáveres de los asesinados ascendieron en tal barco a 150.</p>



<p>En 1995, 59 años después, una abarrotada Plaza de San Pedro escuchaba por la voz de un polaco «Beato Alfredo Parte». Juan Pablo II, Papa, lo proclamaba beato junto a un grupo de escolapios martirizados que habían dado su vida por Cristo en la Guerra Civil.</p>



<p>Me había olvidado de que seguía en la biblioteca. No sabía el tiempo que había pasado desde que empecé a investigar. No sabía qué hora era e ignoraba si quedaba alguien despierto en la casa. Dejé la publicación sobre la alargada mesa de madera mientras me empecé a fijar de nuevo en el retrato del Beato Alfredo Parte. ¿Quién si no él, esperanza contra toda esperanza, puede enseñarnos tanto para nuestro día a día? Pero algo tenía seguro: ya tenía en Alfredo no solo un ejemplo de vida entregada y testimoniada (¡un ejemplo a seguir!) sino también una amistad (¡bendita Comunión de los Santos!). «Los probó como oro en el crisol y los aceptó como sacrificio de holocausto. En el día del juicio resplandecerán y se propagarán como chispas en un rastrojo», dice el libro de la Sabiduría.</p>



<p>Mis largas piernas salieron entonces de la biblioteca de mi casa encaminadas a ser extendidas en la cama, pero antes de llegar a ese oasis horizontal conocido como colchón, encontré algo por el camino: una palma con sus hojas verdes estaba ahí, siendo iluminada por la luz de la luna. Sonreí y me fui a la cama cantando algo del Nuevo Cancionero Burgalés, recordando admirado y guardando en mi corazón esas últimas palabras que el Beato Alfredo Parte de la Virgen de las Escuelas Pías confió a un sacerdote diocesano antes de ser martirizado «Haga saber a los escolapios que muero porque quiero. Deseo dar mi vida por Dios y por las Escuelas Pías».</p>



<div class="wp-block-image is-style-default"><figure class="aligncenter size-large is-resized"><img fetchpriority="high" decoding="async" src="https://chesterton.es/wp-content/uploads/2022/04/Firma-Alfredo-Parte-SchP-1-1024x576.jpg" alt="" class="wp-image-1222" width="512" height="288" srcset="https://chesterton.es/wp-content/uploads/2022/04/Firma-Alfredo-Parte-SchP-1-1024x576.jpg 1024w, https://chesterton.es/wp-content/uploads/2022/04/Firma-Alfredo-Parte-SchP-1-300x169.jpg 300w, https://chesterton.es/wp-content/uploads/2022/04/Firma-Alfredo-Parte-SchP-1-768x432.jpg 768w, https://chesterton.es/wp-content/uploads/2022/04/Firma-Alfredo-Parte-SchP-1-1536x864.jpg 1536w, https://chesterton.es/wp-content/uploads/2022/04/Firma-Alfredo-Parte-SchP-1.jpg 2048w" sizes="(max-width: 512px) 100vw, 512px" /></figure></div>
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		<title>Belfast</title>
		<link>https://chesterton.es/javiergregorio/belfast/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Javier Gregorio]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 16 Feb 2022 15:11:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[General]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Jamás lo había hecho. Si bien en las más diversas ocasiones había asistido sin séquito a museos y exposiciones, el cine nunca me había visto entrar de forma solitaria por sus grandes fauces -que algunos llaman puertas-. Julia Cameron lo describe como «la cita con el artista». Y es cierto. Ir al cine sin mayor [&#8230;]</p>
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<p>Jamás lo había hecho. Si bien en las más diversas ocasiones había asistido sin séquito a museos y exposiciones, el cine nunca me había visto entrar de forma solitaria por sus grandes fauces -que algunos llaman puertas-. Julia Cameron lo describe como «la cita con el artista». Y es cierto. Ir al cine sin mayor compañía que uno mismo es una práctica que tiene como centro una actitud contemplativa de la realidad artística expuesta. Un encuentro sincero con ese alguien que te quiere transmitir ese algo. A ojos del mundo moderno, al que no le gusta el arte -ni la soledad- sino las pasajeras y hedonistas producciones pseudoartísticas, se manifiesta como una pérdida de tiempo, de dinero o una ajustada soberbia, pero asistir en soledad a una sala de cine es un placer al alcance de muchos. El hecho, mis lectores, es que tenía que aprovechar los tres días de vacaciones universitarias, recortadas por mi contagio covidiano, por lo que me dispuse a buscar la cartelera de aquellas salas que tan amablemente disponen de sesiones matutinas. Y encontré aquella película, cuya <a href="https://www.aceprensa.com/resenas-cine-series/belfast/">crítica </a>del gran Jerónimo José Martín había leído unos días antes.</p>



<p>Salí del metro de Quevedo recordando la última vez que allí había embarcado. Entonces era de noche, no llevaba abrigo y venía de cenar con un amigo. En esta ocasión era de día y el abrigo no podía faltar. Me dirigí al cine no sin antes comprar mis palomitas particulares, es decir, un par de «manolitos», los famosos y pequeños <em>croissants</em> madrileños. Dicen los médicos que lo mejor es llevar una dieta equilibrada, por lo que pedí a la señorita un manolito de chocolate blanco y otro de chocolate con leche. Ea.</p>



<p>Una vez sentado en mi butaca creí haberme equivocado de sala. Sabía que el estreno cinematográfico que iba a ver era en blanco y negro, por lo que me inquieté al ver tanto color en la pantalla, pero pronto los paisajes decoloraron y apareció el título: «Belfast». Dirigida y guionizada por Kenneth Branagh, «Belfast» nos lleva a los años 60 y nos relata un momento en el que los extremistas protestantes comienzan a atacar a los católicos. Kenneth Branagh nos presenta esta realidad a través de los inocentes ojos de un niño de familia protestante, llamado Buddy, amante del cine -alguna escena recuerda al «Cinema Paradiso» de Tornatore- y de una preciosa niña de su clase. La banda sonora, formada por conocidos temas del norirlandés Van Morrison, anima de una forma particular esta excelente película que tendrán que ver, mis lectores. Sobra decir que el «Bright Side of the Road» me hizo mover los pies de un lado a otro, recordando sonriente los viajes con Van Morrison y aquel esperpéntico paseo por el callejón Álvarez del Gato.</p>



<p>Esta película trata además sobre la posibilidad de convivencia de las distintas religiones, como bien indica Juan Orellana. Aun así, creo que lo que verdaderamente caracteriza a esta genialidad cinematográfica es cómo se refleja la belleza de las raíces de la persona. Raíces que hablan de la verdad de uno y que corresponden a Dios, a una patria y a una familia. La película demuestra que, aunque avancemos tambaleándonos ante Dios (¡«stagger onward rejoicing» como dice ese verso de Auden!) y haya inestabilidad en nuestra patria, en la tierra que nos ha visto crecer, podemos encontrar una compañía y un apoyo en la familia. Y he ahí la riqueza. La belleza de los abuelos (¡gloria eterna!) también se hace presente, con su propia alegría y cercanía, hilando un concepto extenso de familia -también tíos y primos- que en la Irlanda del Norte de los años sesenta destaca. &nbsp;</p>



<p>Una vez salí de la sala, la amable y ya conocida acomodadora me preguntó si me había gustado.</p>



<p>&#8211; ¿Si me ha gustado? ¡Me ha encantado! -y tras desearle un buen día, mis lectores, abandoné sonriente el cine con mi vacía bolsa de manolitos.</p>



<p>Ir al cine aquel día había merecido la pena. Y más para ver una excelente película que pone en el centro una de las instituciones más atacadas y abandonadas hoy en día. Defendamos la familia y resguardemos nuestras piernas bajo los faldones de los braseros en esta tormenta que ya ha comenzado. Ataviémonos de las armas de la luz, aferrémonos a nuestra tierra, acojámonos a sagrado y no dejemos de amar a nuestras familias. Esta batalla es a vida o muerte. Hay una familia que conservar.</p>
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		<title>Morcilla</title>
		<link>https://chesterton.es/javiergregorio/morcilla/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Javier Gregorio]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jan 2022 11:31:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[General]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Si el filtro de esta colaboración de nueva factura estuviese sujeta a los criterios del Partido Animalista, ya estaría despedido, pues iba a comenzar este artículo alabando uno de los acontecimientos que, a mi parecer, es la celebración más significativa del año. «Navidad», pensarán algunos; «¡la Hispanidad!», pensarán otros. Podríamos señalarlo, tal como la tradición [&#8230;]</p>
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<p>Si el filtro de esta colaboración de nueva factura estuviese sujeta a los criterios del Partido Animalista, ya estaría despedido, pues iba a comenzar este artículo alabando uno de los acontecimientos que, a mi parecer, es la celebración más significativa del año. «Navidad», pensarán algunos; «¡la Hispanidad!», pensarán otros. Podríamos señalarlo, tal como la tradición y el refranero popular español hacen, con su onomástica correspondiente: San Martín.</p>



<p>La matanza del cerdo, como habrán intuido ustedes con la despierta perspicacia que yo les intuyo, mis lectores, es uno de los grandes eventos del año. ¿Por qué?, sostengo reflexivamente, mientras extiendo las manos sobre mi teclado y suena un leve rugido intestinal. Porque nos permite disfrutar de uno de los más gloriosos productos de nuestra gastronomía: la morcilla.</p>



<p>La morcilla, que en España bien puede ser de arroz o de cebolla -y no deseo abrir aquí un debate como si esto fuera, ¡qué se yo!, una discusión de jamones o dulces navideños, ejem-, es un verdadero manjar. Que los medios de comunicación no anuncien constantemente la exquisitez de la morcilla es un claro signo de la excelsa realidad del alimento. Aun así, hubo un periodista -Gómez de la Serna- que se encargó de ella haciendo humor -negro- en una de sus greguerías: «la morcilla es una transfusión de sangre con cebolla».</p>



<p>-¡Bendita transfusión!- dice una señora con la boca llena de esta <em>delicatessen</em>, como si estuviese tratando de pronunciar Pam-plo-na.</p>



<p>Y llegados a este punto, uno se pregunta por qué hay quienes invierten en acciones del Santander o contratan Disney Plus -plus, no <em>plas- </em>pudiendo comprar lingotes de morcilla. Baltasar de Alcázar, poeta sevillano del Siglo de Oro, decidió invertir en el buen comer. Nuestro Baltasar, que abordó desde el <em>antipetrarquismo</em> hasta la poética religiosa, muestra una gran devoción a la morcilla: «La ensalada y salpicón / hizo fin. ¿Qué viene ahora? / La morcilla, ¡oh, gran señora / digna de veneración!</p>



<p>Hace días me llegaba una publicidad de un restaurante <em>chic</em> situado en las inmediaciones de esa zona granuja en torno a la cual se reúnen nuestros más jóvenes arribistas madrileños. En ese anuncio recibido comprobé que publicitaban un plato construido (¡o deconstruido!) a partir de morcilla vegana.</p>



<p>-¿Qué es esto?- solté sobresaltado leyendo el correo- ¡que se vayan a tomar morcillas!- dije, siendo consciente del alto deseo caritativo que había pronunciado.</p>



<p>Créanme, mis lectores: que no esté el Parque del Retiro lleno de gente con sus bocatas de morcilla demuestra cuánto ha avanzado esta apisonadora de la modernidad sobre nuestras vidas.</p>
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