Belfast

🗓️16 de febrero de 2022 |

Jamás lo había hecho. Si bien en las más diversas ocasiones había asistido sin séquito a museos y exposiciones, el cine nunca me había visto entrar de forma solitaria por sus grandes fauces -que algunos llaman puertas-. Julia Cameron lo describe como «la cita con el artista». Y es cierto. Ir al cine sin mayor compañía que uno mismo es una práctica que tiene como centro una actitud contemplativa de la realidad artística expuesta. Un encuentro sincero con ese alguien que te quiere transmitir ese algo. A ojos del mundo moderno, al que no le gusta el arte -ni la soledad- sino las pasajeras y hedonistas producciones pseudoartísticas, se manifiesta como una pérdida de tiempo, de dinero o una ajustada soberbia, pero asistir en soledad a una sala de cine es un placer al alcance de muchos. El hecho, mis lectores, es que tenía que aprovechar los tres días de vacaciones universitarias, recortadas por mi contagio covidiano, por lo que me dispuse a buscar la cartelera de aquellas salas que tan amablemente disponen de sesiones matutinas. Y encontré aquella película, cuya crítica del gran Jerónimo José Martín había leído unos días antes.

Salí del metro de Quevedo recordando la última vez que allí había embarcado. Entonces era de noche, no llevaba abrigo y venía de cenar con un amigo. En esta ocasión era de día y el abrigo no podía faltar. Me dirigí al cine no sin antes comprar mis palomitas particulares, es decir, un par de «manolitos», los famosos y pequeños croissants madrileños. Dicen los médicos que lo mejor es llevar una dieta equilibrada, por lo que pedí a la señorita un manolito de chocolate blanco y otro de chocolate con leche. Ea.

Una vez sentado en mi butaca creí haberme equivocado de sala. Sabía que el estreno cinematográfico que iba a ver era en blanco y negro, por lo que me inquieté al ver tanto color en la pantalla, pero pronto los paisajes decoloraron y apareció el título: «Belfast». Dirigida y guionizada por Kenneth Branagh, «Belfast» nos lleva a los años 60 y nos relata un momento en el que los extremistas protestantes comienzan a atacar a los católicos. Kenneth Branagh nos presenta esta realidad a través de los inocentes ojos de un niño de familia protestante, llamado Buddy, amante del cine -alguna escena recuerda al «Cinema Paradiso» de Tornatore- y de una preciosa niña de su clase. La banda sonora, formada por conocidos temas del norirlandés Van Morrison, anima de una forma particular esta excelente película que tendrán que ver, mis lectores. Sobra decir que el «Bright Side of the Road» me hizo mover los pies de un lado a otro, recordando sonriente los viajes con Van Morrison y aquel esperpéntico paseo por el callejón Álvarez del Gato.

Esta película trata además sobre la posibilidad de convivencia de las distintas religiones, como bien indica Juan Orellana. Aun así, creo que lo que verdaderamente caracteriza a esta genialidad cinematográfica es cómo se refleja la belleza de las raíces de la persona. Raíces que hablan de la verdad de uno y que corresponden a Dios, a una patria y a una familia. La película demuestra que, aunque avancemos tambaleándonos ante Dios (¡«stagger onward rejoicing» como dice ese verso de Auden!) y haya inestabilidad en nuestra patria, en la tierra que nos ha visto crecer, podemos encontrar una compañía y un apoyo en la familia. Y he ahí la riqueza. La belleza de los abuelos (¡gloria eterna!) también se hace presente, con su propia alegría y cercanía, hilando un concepto extenso de familia -también tíos y primos- que en la Irlanda del Norte de los años sesenta destaca.  

Una vez salí de la sala, la amable y ya conocida acomodadora me preguntó si me había gustado.

– ¿Si me ha gustado? ¡Me ha encantado! -y tras desearle un buen día, mis lectores, abandoné sonriente el cine con mi vacía bolsa de manolitos.

Ir al cine aquel día había merecido la pena. Y más para ver una excelente película que pone en el centro una de las instituciones más atacadas y abandonadas hoy en día. Defendamos la familia y resguardemos nuestras piernas bajo los faldones de los braseros en esta tormenta que ya ha comenzado. Ataviémonos de las armas de la luz, aferrémonos a nuestra tierra, acojámonos a sagrado y no dejemos de amar a nuestras familias. Esta batalla es a vida o muerte. Hay una familia que conservar.


Javier Gregorio

Getafe, 2002. Estudiante de Periodismo y Humanidades en la Universidad Carlos III de Madrid. Soy quijote de un tiempo que no tiene edad. Cor ad cor loquitur.

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