Alfredo

🗓️11 de abril de 2022 |

Buscaba un dato histórico. Un nombre… o un apellido, qué se yo. Necesitaba descubrir la firma de un tal Alfredo para saciar la curiosidad que aquella noche me atenazaba. Me encontraba sentado en la quiete, descansando tras la cena antes de subirme a la habitación. Mi cabeza daba vueltas y la necesidad de saber hizo que mi corazón subiera hasta mi boca obligándome a ponerme en pie. De un impulso, mis alargadas piernas se pusieron en posición vertical y fueron subiendo las escaleras de dos en dos para acudir a la biblioteca de mi casa.

-¿Por dónde empiezo a buscar?-, me pregunté confuso, haciendo una ronda por las paredes llenas de libros, procurando no dispersar mi afán investigador que allí me había llevado con la variedad de títulos que la biblioteca alojaba. Tras unos minutos encontré una obra, «…ilustres de…». Allí podría ser donde encontrara la firma.

-¡Eureka!- clamé creyéndome, qué se yo, Arquímedes de Siracusa. No me lo podía creer. En ese libro se mostraba un facsímil de un documento antiguo. Allí estaba la firma de Alfredo. ¿Pero quién era Alfredo? ¿Por qué su vida estaba recogida en aquella obra biográfica de hombres ilustres? Mi curiosidad me llevó a descubrir alguna que otra publicación que trazaba la trayectoria vital de este hombre burgalés. Una de estas incluía una fotografía de Alfredo. El caso es que su rostro me era conocido, como si su cara hubiese protagonizado algún cuadro contemplado en mi infancia y juventud. Permítanme, mis lectores, que les ofrezca esta historia que pocos saben y que, seguramente ustedes, siendo tan despiertos como yo les intuyo, desean conocer.

Caían las cuatro de la tarde y Alfredo se encontraba leyendo en una habitación de la casa de tía Balbina, donde se encontraba hospedado. En un instante determinado se escucharon unos ensordecedores pasos subiendo a gran velocidad por las escaleras. Junto a la silla y a unos sencillos muebles se encontraba el bastón que le había acompañado desde que una enfermedad del fémur le dejara medio cojo a los dieciocho años, estando en Irache, allá donde iría después de vivir en Getafe. Esos tres meses que llevaba alojado en casa de su tía los empleaba orando, estudiando y pintando. A pesar de los bellos parajes de La Concha, el pueblo pasiego donde vivía tía Balbina, Alfredo apenas salía de la casa. La situación política no acompañaba a una persona de su condición. Durante aquellos meses, los sacerdotes se ponían una corbata roja, pero Alfredo solía repetir: «Yo quiero morir mil veces antes de traicionar mi fe y mi calidad de sacerdote». Alfredo era sacerdote escolapio. De quiénes eran los pasos que subían por las escaleras de la casa de tía Balbina nos encargaremos más tarde.

Alfredo era el primer niño de la familia. Para su padre, Castor Parte, fue una alegría cuando la noticia fue dada en aquel pueblo burgalés conocido como Cilleruelo de Bricia. Con Justa Saiz, la madre de Alfredo, formaban una familia sencilla que fue creciendo hasta hacerse numerosa. Llegada la preadolescencia, Alfredo tuvo la valentía de reconocer y manifestar su deseo de ser escolapio, lo que le llevó a estudiar en las Escuelas Pías de Villacarriedo y, posteriormente, trasladarse a Getafe. Allí, alejado de su tierra, en unos tiempos en los que empezaban a escucharse motores de aviación procedentes de la Base Aérea, es donde durante dos años abordó los estudios humanísticos y toma el hábito escolapio.

Una vez hechos sus primeros votos en la Orden de las Escuelas Pías, Alfredo marcha al monasterio navarro de Irache, allí donde los clérigos escolapios se preparaban para el sacerdocio. Cursando el segundo curso de sus estudios filosóficos, Alfredo empieza a sentir una dolencia en su pierna tal que le hace guardar cama sin poder asistir a clases. Gracias a las medicinas que preparaba un gallego, un tal Faustino Míguez, pudo recuperarse de la postración. Aun así, los dolores seguían y empezó a necesitar muletas y bastón para caminar. Si algo sobresalió de Alfredo fue su modo de enfrentarse a la enfermedad, sin lamentos y con una gran paciencia. «Era cosa que nos edificaba verle con sus muletas tan alegre como si estuviera completamente sano, siempre con la sonrisa en los labios», comentaba un escolapio que compartió vida con Alfredo.

¿Qué caracterizaba a Alfredo? ¡Tantas cosas! Su sencillez, su naturalidad, su franqueza, un trato de seriedad con los alumnos que no reñía con su buen humor «connatural», siempre tarareando canciones de la provincia… Cuentan que el 31 de diciembre era para él era un gran día: tras sonar las doce campanadas deseaba a toda la comunidad el año nuevo a ritmo de flautín y tambor. A Alfredo también le gustaba el cine, que proyectaba en el salón del colegio. Lo describen bien los versos que José Antonio Álvarez Sch. P. le dedica: «Viviste en Villacarriedo, / manejando el proyector. / Cine mudo pusiste a tus hijos / de Mac Senet y Charlot».   

Un mes de julio llegan las fatales noticias al oído de Alfredo. Veraneando en Cilleruelo se entera de lo que está pasando: clérigos, monjas y misaires en general -llamados así a los que iban a misa- están siendo asesinados en toda la nación. Alfredo, veloz, vuelve a su comunidad con sus hermanos escolapios. Esos días, milicianos obligan al Padre Alfredo a darles el dinero recaudado del colegio y el mismo 14 de agosto reciben la visita de un delegado del gobierno: les obliga a abandonar su casa de las Escuelas Pías de Villacarriedo.

Caían las cuatro de la tarde y Alfredo se encontraba leyendo en una habitación de la casa de tía Balbina, donde se encontraba cobijado. En un instante determinado se escucharon unos ensordecedores pasos subiendo a gran velocidad por las escaleras. Era el 17 de noviembre de 1936. Unos milicianos republicanos irrumpían en su habitación obligándole a ir con ellos hasta la cárcel improvisada que habían formado en los bajos del Ayuntamiento de Santander, aunque a tía Balbina le dijeran que Alfredo sólo iba a prestar declaración. De ahí le llevaron al barco Alfonso Pérez, conocido como el Buque fantasma, en el que los republicanos retenían a todos aquellos que consideraban oportuno, gran parte de ellos religiosos y monjas. Pero Alfredo tenía un arma. Sí, un arma, pero no cualquier arma, no se asusten: el rosario. Con él, sobrellevaba con buen ánimo las penalidades que los prisioneros sufrían. Alfredo animaba todos los domingos a los presos con homilías sencillas, destacando la que pronunció la Nochebuena, aunque deseaba irse de allí cuanto antes puesto que la cruz se hacía ya pesada.

Habían pasado tres días. Era 27 de diciembre. El mediodía se consumía y el sol apuntaba directamente sobre la cubierta del Buque fantasma cuando la Aviación nacional hizo caer bombas sobre Santander, lo que fue motivo de represalia por parte de los milicianos: fueron llamando uno a uno a todos los presos del Alfonso Pérez. Otros presos le dijeron a Alfredo que se ensuciara las manos y dijera que era un obrero, pero cuando llegó al tribunal del barco respondió a un «¿Quién eres tú?» con total sinceridad: «Soy sacerdote y escolapio de Villacarriedo». Su sentencia era firme.

Le mandaron a la cubierta del barco. Entre risas, los milicianos le decían que allí se lo iba a pasar muy bien. Uno de ellos vio que Alfredo no podría subir bien las escaleras a la cubierta, expresando su observación. Alfredo, con mirada caritativa dijo: «Nunca he subido sólo, pero por amor a Cristo subo esta noche». Subió lentamente. Antes de alcanzar el último peldaño un gatillo fue apretado, recibiendo Alfredo un tiro en la nuca y cayendo al suelo. Sus gafas rodaron ensangrentadas por la cubierta y eran recogidas por el siguiente sacerdote de la fila. Los cadáveres de los asesinados ascendieron en tal barco a 150.

En 1995, 59 años después, una abarrotada Plaza de San Pedro escuchaba por la voz de un polaco «Beato Alfredo Parte». Juan Pablo II, Papa, lo proclamaba beato junto a un grupo de escolapios martirizados que habían dado su vida por Cristo en la Guerra Civil.

Me había olvidado de que seguía en la biblioteca. No sabía el tiempo que había pasado desde que empecé a investigar. No sabía qué hora era e ignoraba si quedaba alguien despierto en la casa. Dejé la publicación sobre la alargada mesa de madera mientras me empecé a fijar de nuevo en el retrato del Beato Alfredo Parte. ¿Quién si no él, esperanza contra toda esperanza, puede enseñarnos tanto para nuestro día a día? Pero algo tenía seguro: ya tenía en Alfredo no solo un ejemplo de vida entregada y testimoniada (¡un ejemplo a seguir!) sino también una amistad (¡bendita Comunión de los Santos!). «Los probó como oro en el crisol y los aceptó como sacrificio de holocausto. En el día del juicio resplandecerán y se propagarán como chispas en un rastrojo», dice el libro de la Sabiduría.

Mis largas piernas salieron entonces de la biblioteca de mi casa encaminadas a ser extendidas en la cama, pero antes de llegar a ese oasis horizontal conocido como colchón, encontré algo por el camino: una palma con sus hojas verdes estaba ahí, siendo iluminada por la luz de la luna. Sonreí y me fui a la cama cantando algo del Nuevo Cancionero Burgalés, recordando admirado y guardando en mi corazón esas últimas palabras que el Beato Alfredo Parte de la Virgen de las Escuelas Pías confió a un sacerdote diocesano antes de ser martirizado «Haga saber a los escolapios que muero porque quiero. Deseo dar mi vida por Dios y por las Escuelas Pías».


Javier Gregorio

Getafe, 2002. Estudiante de Periodismo y Humanidades en la Universidad Carlos III de Madrid. Soy quijote de un tiempo que no tiene edad. Cor ad cor loquitur.

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