El drama de las universidades «Católicas»

🗓️28 de febrero de 2022 |

Cuando una fundación, como suelen ser la mayoría de las universidades, pasa a ser un negocio rentable se pierde el foco y se distorsionan los objetivos para los cuales fue erigida. En la mayoría, el título de «católicas» es un mero agregado que no representa el espíritu por el cual fue fundado ni tampoco a sus autoridades y enseñanzas.


Una Universidad Católica, en cuanto católica, inspira y realiza su investigación, la enseñanza y todas las demás actividades según los ideales, principios y actitudes católicos. Ella está vinculada a la Iglesia o por el trámite de un formal vínculo constitutivo o estatutario, o en virtud de un compromiso institucional asumido por sus responsables.

Cf. Dignitatis humanae, n. 2: AAS 58 (1966), pp. 930-931.


Los desorbitantes precios para estudiar una carrera hacen que los miembros de una familia católica promedio no puedan acceder, o si lo hacen, a costa de un endeudamiento asfixiante que supone grandes sacrificios familiares. Nadie pretende que sean gratuitas, y se entiende en el contexto de nuestro país los elevados costos, pero no el abuso de estos. La realidad acerca de las becas es que no son para la mayoría, y el bien común supone que cuenten con aranceles más accesibles.

La misión de la universidad católica según San Juan Pablo II comprende «el esfuerzo institucional a servicio del pueblo de Dios y de la familia humana en su itinerario hacia aquel objetivo trascendente que da sentido a la vida»

Cuando hablamos de una fundación católica, anteponer los beneficios económicos a los espirituales y sociales es una falta grave al bien común. La excelencia académica no está sujeta al tamaño de la cuenta bancaria ni a la liberal ley de oferta y demanda para cobrar cuotas a precios altísimos.

La educación no es un negocio, es una vocación de servicio, es servir a Dios y a la Patria. Cuando lo que está en juego es la formación de miles y miles de jóvenes católicos y no católicos que acuden a esas universidades, no se puede mirar a otro lado. Quien tenga autoridad, que la ejerza. Si no la ejerce, que deje paso a quienes sí quieran ejercerla.

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La Cumbrera

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