Dios, el materialista

🗓️28 de febrero de 2022 |

Desde el principio del mundo, ya en los primeros capítulos del Génesis, nos encontramos con un Dios sumamente generoso y bueno, por un lado, y el hombre, cuya marca distintiva es ser criatura, dependiendo de Dios absolutamente, por el otro.  El hombre es una mano mendigante, Dios es el dueño de una despensa omni-abundante. Ser criatura significa precisamente eso, tener el ser como dádiva, el sustento del ser como dádiva, incluso la alegría y el descanso como dádivas.

Ser criatura es recibir.

No quiero decir con esto que las cosas que recibimos de Él sean un bien en sí mismas, bonum in se. Es Dios quien sostiene la regla para medir. Las Escrituras nos dicen repetidamente en el Génesis que, luego de haber creado la materia la llamó muy buena, y las palabras divinas no caen ociosas de su boca. Como diría CS Lewis en su libro Mero cristianismo: Dios es el verdadero materialista, a él le agrada, fue quien la inventó.

La creación es una explosión eternamente expansiva de la creatividad y belleza de la Trinidad, para su propia gloria y deleite. Su arte es un desafío auto impuesto: Crear algo finito que refleje la más amplia variedad de sus atributos, la mayor cantidad de rayos de su gloria infinita. Parece imposible, desafia todas nuestras concepciones. Denle seis días, un poco de lienzo y unos oleos…

Un dragón codicioso

Una buena Teología dejaría este punto muy en claro, y una buena Teología incluiría una comprensión adecuada de la Diabologia, el entendimiento de la ingratitud y el desprecio dualista por la materia y las cosas buenas que Dios creó para sus criaturas. La maldad radica en ser pecador, en querer ser como Dios. Debería estar claro para el cristiano el hecho de que la enfermedad, la miseria, la pobreza, y la muerte son una penalidad, un castigo por el pecado, un aguijón apropiado a los ingratos. La necesidad recurrente de hablar de estas cosas solo acentúa nuestra ignorancia, nuestra desnudez ante tales artimañas.

La tentación continua a la que nos hemos visto sometidos desde el principio es a no hacernos cargo de nuestra culpa y culpar, en cambio, a las cosas. No obstante, como señala Douglas Wilson: “las armas no matan personas, las personas sí”. El pecado nace del corazón, no de las cosas.

Recordemos las Palabras de las Escrituras. Ellas nos dicen que Dios había creado un paraíso sin restricciones, con un solo “no” (temporal) en millares de “si´s”. También nos dicen que la serpiente era astuta. El pastor Douglas Wilson escribe: 

“El Hombre había conocido la voluntad del Creador de primera mano (puedes comer, puedes gozar), sin embargo se mantuvo al margen mientras el dragón torcía los requisitos del Creador muy levemente ante su mujer. Y aunque la diferencia en la redacción fue leve, la calumnia resultante contra el carácter del Dios Creador fue grande. El dragón comenzó preguntando si era cierto que el Señor les había prohibido comer de todos los árboles del jardín. Ahora, entre las oraciones Puedes comer de todos los árboles excepto uno y No puedes comer de ningún árbol hay una gran diferencia. Pero este dragón es el padre de todos los mentirosos, y así es como triunfan las mentiras. Las palabras están torcidas, y parece que la torsión es leve, pero el significado de las palabras está completamente invertido. En este caso, la distorsión de las palabras transmitió el significado de que el Creador era abundante en crear pero tacaño en compartir lo que había hecho.” (Scriptures and stories, Lives and Times. Pág.12).

La verdad es que la generosidad y variedad de los dones de Dios son inenarrables, no solo por ser innumerables, sino por ser visibles e invisibles, por tener capas de significado. La creación es un tipo de lenguaje diseñado por Dios: «Los cielos cuentan la gloria de Dios» (Salmo 19:1). El firmamento está repleto de recursos tipológicos, de signos, cuyo significado, si es leído con los lentes de las Escrituras, nos “revela claramente los atributos divinos” (Romanos 1). Juan Calvino dice en sus instituciones que la creación es un palco donde se manifiesta la gloria de Dios. Su misteriosa providencia es su gran historia contada momento a momento. Mis dedos cayendo como martillos sobre las teclas negras de mi computador son una pequeña parte de su Comedia. Ellos a veces suelen caer en las tecals erradas. Los dedos se arrojan sobre las teclas, pero Jehová decide cuan acertados caerán sobre ellas (proverbios 16:33).

Dios es generoso, y nosotros debemos disfrutar sus regalos siendo agradecidos y humildes. No es un accidente cósmico que usted tenga una lengua, y que  el café tenga un sabor tan agradable en la boca. Dios no tenía un modelo ajeno a Él al decidir todo esto: Sabor, textura, aroma, sensaciones. El deleite en tu boca al beber café es, ex nihilo, producto de la imaginación y del agrado del criador de cada grano de café.

Gratitud humilde vs codicia orgullosa

“Todo lo que Dios ha creado es bueno, y nada es despreciable si se recibe con acción de gracias, porque la palabra de Dios y la oración lo santifican” (1Timoteo 4:4-5).

He aquí la raíz del problema: la ingratitud. Ahí fuera solo está Dios y a su lado las cosas creadas por Él (Que son muy buenas). Un corazón, cuyos apetitos y deseos estén bien ordenados, amará a Dios por sobre todas las cosas, al prójimo y a la creación en segundo y tercer lugar, respectivamente (ordo amoris). Amar a nuestros hijos es algo bueno, amarlos más que a Dios es idolatría (y ya sabemos de que fabrica provienen los ídolos). Lo mismo si tenemos que elegir entre terminar con un hijo en el vientre o con alguna realización o proyecto de vida. En estos tiempos muchos optan por el abortopor ese motivo.

Perdemos lo que idolatramos

Si buscamos a Dios y su justicia, recibiremos como regalo aquello que los paganos buscan ansiosamente, y en lo que depositan su vida: las cosas de este mundo. Al contrario, si buscamos las cosas de este mundo (como un fin en sí mismas), perderemos a  Dios y a las cosas en las que depositamos nuestra esperanza.  

La buena nueva de la serpiente solo tiene promesas a corto plazo. Satanás es el promotor tanto del ascetismo como de la glotonería y el derroche. El glotón va tras el mundo y abandona a Dios, pues ignora que las cosas puestas en el otro extremo de la balanza pesan menos que nada y que lo que no es. El asceta, en contraste, con su vida austera y su desprecio por las obras de Dios, pretende, a fuerza de sacrificio y apariencia de piedad, ir en busca de un “dios”, que no es sino un ídolo de su imaginación, el dios mezquino de la serpiente. Ambos tiran de la misma cuerda, ambos caen al mismo pozo.

Ni prosperidad ni pobreza:

 El moderno Evangelio de la prosperidad es claramente un cebo para nuestra codicia, un equívoco: confunde el oro del templo con el humo que lo llena (El humo parece menos prometedor que el brillo áureo del metal). Este exige sacrificios pecuniarios en vez de la vida del que ofrenda. Erige un hediondo icono de Mamón en el corazón de la religión, que es el corazón de sus fieles, cuyo amor se devota al dinero. Sin embargo, el Evangelio de la prosperidad es tan falso como el Evangelio de la austeridad, solo que este último lleva una ventaja: Tiene apariencia de piedad. Pero como vimos no es más que el eco de las palabras del dragón: Dios no quiere que disfrutes de las cosas, la materia es mala, el cuerpo es una prisión, etc. Es una mentira larga, milenaria, y asentada en lo profundo de la humanidad. El diablo es el padre de ambas mentiras, habla con igual entusiasmo ambos extremos de su doctrina. Ésta, al final, es tan bífida y venenosa como su lengua.

TODAS LAS COSAS EN ABUNDANCIA PARA QUE LAS DISFRUTEMOS

¿Cuál es la solución? ¿Qué haremos con las cosas que Dios, tan inexorablemente, insiste en darnos?

El Señor nos dice por medio de Pablo:

“A los ricos de este mundo, mándales que no sean arrogantes ni pongan su esperanza en las riquezas, que son tan inseguras, sino en Dios, que nos provee de todo en abundancia para que lo disfrutemos. Mándales que hagan el bien, que sean ricos en buenas obras, y generosos, dispuestos a compartir lo que tienen”.

Es Dios quien nos provee TODAS LAS COSAS EN ABUNDANCIA PARA QUE LAS DISFRUTEMOS. Dios es la fuente inagotable de deleites, y estos dones deberían guiarnos hacia Él a fin de adorarle y agradecerle.

El glotón tiene apetitos famélicos, comparados con el deleite que tiene el cristiano en Dios. Como CS Lewis dice en su sermón El peso de la gloria: Nos contentamos con demasiado poco. Pese a esto, cada placer, por minúsculo que sea, proviene de la misma mano, la diestra del Padre, donde hay deleites para siempre.  

El austero, por otro lado, dice fascinarse tanto en el amado que tira al piso sus regalos, y así menosprecia los gestos de su amor. Él muestra con su ingratitud que no le conoce ni le ama, aunque a menudo almacena en graneros y los ensancha, a pesar de no disfrutar como debiera (por su sentimiento de culpa), ni compartir sus bienes.

La solución a estos dos males es el orden correcto de nuestros amores, la doctrina agustina del ordo amoris: el reconocimiento de lo que es fundamental, más o menos digno de nuestro amor, y el orden e intensidad de nuestros afectos. La Sabiduría para ordenar nuestro corazón se encuentra en las Escrituras, ellas proveen el estándar, no la cultura moderna.

CULPA vs… ¿culpa?

Urge renovar nuestras mentes, ordenar nuestros amores. Debemos, por lo tanto, arrepentirnos de nuestras culpas, pero de aquellas que de verdad provengan del pecado. La culpa que se tiene delante del tribunal divino, no de las leyes de nuestros amigos, conocidos, dictadores, o nuestras concepciones legales que provengan de cualquier fuente que no sea la Ley del Rey. Con el pecado no debemos jugar. Pero aquí hablo del pecado real. Beber cerveza no es pecado. Llevar a tu hijo al odontólogo tampoco. Beber para encontrar alegría aparte de Dios es pecado, como escribió Chesterton: “Bebed porque sois felices, pero nunca por estar tristes”. Ponerle frenos en los dientes a tu hijo para competir en un concurso de vanidad con tu vecino, y ver quien tiene el hijo más hermoso del condado, es otro buen ejemplo de un mal ejemplo.

Pero la culpa “vaga” debe ser abandonada cuando en realidad no se ha incurrido en algún pecado. Si Dios no te inculpa, ¿Quién lo hará? Es una molestia sin fundamento. Donde no hay ley no se inculpa de pecado (Romanos 5:13). La culpa vaga proviene más bien de creer que Dios no quiere nuestro placer, nuestro gozo, nuestra abundancia. Es una presuposición falsa y sutilmente arraigada. Es un susurro, pero aún así debe ser examinado, como todo caso de conciencia, pero descartado de inmediato si es no es más que eso.

La gratitud y el gozo:

“Das las gracias antes de la comida, muy bien.
pero yo doy las gracias antes del teatro y la ópera,
y doy las gracias antes del concierto y la mímica,
y doy las gracias antes de abrir un libro,
y doy las gracias antes de dibujar, pintar,
nadar, esgrimir, boxear, pasear, jugar, bailar;
y doy las gracias antes mojar la pluma en la tinta”. G.K Chesterton.

Si Dios insiste en agasajarnos con tales dones, entonces debemos tomarlos, apreciarlos, aprender de Él a través de su arte, agradecerle y alabarle. ¿Has pensado en lo valioso de esos sacos que llena el Señor con aire mientras duermes? ¿Has pensado en cómo estos sacos, como una red de pesca pneumática, recogen el oxigeno y desechan las toxinas? ¿Has agradecido alguna vez por los latidos de tu corazón? Deberías hacerlo antes de que se detengan. El contador avanza. Cuando los vemos cesar en el ser amado nos damos cuenta del regalo inmenso que siempre estuvo ahí, desapercibido. Los tacaños confunden la abundancia y la grosura de la bondad de Dios con el derroche. Somos ciegos, no vemos ni el uno por ciento de lo que Dios nos da. La eternidad nos dará una pequeña ventaja para agradecer lo que aquí recibimos. Pero en cierta medida, porque recibiremos mas y mas. Siempre estaremos en deuda con nuestro Buen Padre. Gracias a Dios su hijo fue agradecido al cien por ciento en nuestro lugar.

La creación es como una escalera que llega al corazón del Padre, pero uno no la derriba de una patada al llegar allí. La creación se conserva, y mientras más se saborea más nos habla de su hábil artesano.

Nuestra gratitud y obediencia a sus mandamientos debe ser inmediata y sin reservas. Mantente humilde, sabiendo que por el pecado de Adán manchamos nuestro derecho a la herencia de todas estas cosas. Es por la gracia de la cruz, el “Regalo inefable” (2 Co 9:15) que Dios nos concede, que volvemos a tener derecho a todos los privilegios que sus hijos disfrutan:

“Aquí muere otro día,
durante el cual tuve ojos, oídos, manos
y el vasto mundo en torno mío;
y mañana empieza otro.
¿Por qué se me conceden dos?” G.K Chesterton.

Contentos con nuestra “criaturalidad”

Ser finitos no es malo. Ser criaturas limitadas no es un defecto, ni es algo a ser superado en la glorificación. Dios cree que es muy bueno, de hecho. Y su opinión no cambia. No deseemos, como Adán y Eva, ser como Dios. Dios quiso ser como nosotros, excepto en el pecado. Eso debería ser suficiente para dejar de sospechar de sus intenciones. Siempre fueron buenas, Él siempre es el mismo.

Hay promesas de un nuevo cielo y una nueva tierra donde mora la justicia, donde las armas serán convertidas en herramientas para la horticultura. Allí seremos Adán con una pala en una mano y un salterio en la otra, allí pasearemos en la brisa fresca del Espíritu con nuestro Hermano mayor y nuestro Padre. Allí el deleite no conocerá ocaso.

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