A dónde van

🗓️11 de abril de 2022 |

En una de sus mejores canciones el trovador cubano Silvio Rodríguez se pregunta “a dónde van” las cosas cotidianas: qué fue de sus zapatos viejos, de los atardeceres o de las angustias que desde unos ojos alguien lloró por él. Es, para mí, uno de los Ubi Sunt más sensibles de la historia de la Literatura. Al poeta le resulta inconcebible que la belleza de lo cotidiano se esfume hacia la nada, ¿acaso nunca vuelven a ser algo?, dice, y en una intuición materialista, se pregunta si quizás eso que parece irse para siempre, más bien se corporiza en gotas de lluvia que ruedan sobre la ventana trazando caminos aleatorios, como si estuviesen vivas y buscasen algo.

El problema es que sabemos que somos polvo y que al polvo volvemos. Hace ya milenios que el autor del Eclesiastés dijo que todo es vanidad y que “no queda el recuerdo de las cosas pasadas, ni quedará el recuerdo de las futuras en aquellos que vendrán después”. Pero entonces, ¿todo pasa o todo queda?

Pues en lo mundano todo pasa y en lo trascendental, todo queda. Sabemos que existen las verdades permanentes porque el área del círculo es igual a su radio elevado al cuadrado multiplicado por Pi y porque somos felices en la medida en que amamos. Ambas verdades, la del área del círculo y la correlación amor y felicidad – la geométrica y la humana- traspasan los límites de lo mundano y nos sitúan frente a aquello que permanece, es decir, frente a la esencia del Universo. Así son las reglas: del mismo modo que nos conmueve ver los dedos de mármol de Plutón sobre el muslo de Proserpina, en todo triángulo rectángulo el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos. Es algo así como el código fuente con el que todo este misterio de espacio tiempo está programado.

Al final pasamos nosotros con nuestras experiencias terrenales, directos al abismo, al polvo y a la nada. Lamentablemente nuestros recuerdos no se corporizan ni se convierten en gotas de lluvia. En un sentido físico, la triste realidad es que lo cotidiano se esfuma con las neuronas de nuestro cerebro que almacenan lo vivido. Pero quizás no sea para tanto. Quizás ser una expresión viva de las verdades universales en torno al bien y la belleza es por sí mismo lo más elevado y permanente a lo que pueden aspirar las cosas mundanas.

La obsesión por la permanencia de lo perecedero es un defecto humano constante. Incluso Silvio Rodríguez – comunista- y el conservadurismo más clásico confluyen en ese bonito, nostálgico y hasta cierto punto inútil apego por lo mundano. Pero a pesar de la indudable belleza de la nostalgia y de las pequeñas cosas, no se puede ser conservador. Se conserva el atún en escabeche y el melocotón en almíbar. La Verdad no se conserva, sino que se observa. No somos los inventores del bien y la belleza y por lo tanto su permanencia no depende de un pebetero sostenido por humanos.  Alguien ubicó correctamente a la Verdad y la Justicia “aún sobre los astros”, donde solo se accede a través de la intuición del alma, la fe y la humildad ante el misterio. Ahí es, probablemente, de donde vienen y a donde van todas esas cosas por las que se pregunta Silvio.


Javier Tebas Llanas

Conversador de sobremesa, abogado, cinéfilo y politólogo subversivo. De la trova cubana, el Trinche Carlovich y Rafael de Paula.

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