Hombres huecos

🗓️7 de marzo de 2022 |

No es de extrañar que en estos tiempos que corren y con las inesperadas circunstancias a las que, desde hace un par de años, nos vemos tristemente abocados, echemos la vista atrás al pasado en busca de una evocadora referencia literaria que pudiera darnos alguna pista sobre autores que, hace décadas o siglos, retratasen situaciones similares a través de sus poemas o la narrativa de sus obras.

Por eso, hoy recurro a T. S. Eliot y su The Hollow Men (Los hombres huecos), esos hombres vacíos que, en la actualidad, proliferan en la gestión de la problemática que asola nuestro mundo y ante los que, espiritualmente desarmados, damos síntomas de rendición sin ni siquiera albergar la esperanza de una consoladora tregua. 

Somos los hombres huecos, somos los hombres rellenos apoyados uno en otro,
la cabeza llena de paja. ¡Ay!…

..nos recuerdan —si es que nos recuerdan— no como perdidas almas violentas, sino sólo como los hombres huecos, los hombres llenos de serrín.

Y Eliot habló y escribió con conocimiento de causa como también había reflejado en The Waste Land (La tierra baldía) tras la I Guerra Mundial y el colapso de la civilización occidental. El simbolismo de aquellos versos, por desgracia, no dista mucho de lo que acontece un siglo después. Indudablemente, la historia se repite; la infamia, también.

Aquellos pensamientos poéticos de Eliot fueron prueba fidedigna del reflejo de su via negativa, ese caminar activo y pasivo por las oscuras noches de nuestras almas en un intento de alcanzar la férrea disciplina espiritual a la que el escritor anglo-americano aspiraba en sus cuartetos, los Four Quartets (Cuatro cuartetos). De ellos y sus enseñanzas, es inevitable trasladarse a San Juan de la Cruz y el poder de su mística en el siglo XVI. ¡Qué mejor maestro!

Y de esa «oscuridad», desgraciadamente latente en esta segunda década del siglo XXI y con la sobredosis de vestigios de un Mal que no se deja doblegar independientemente del disfraz que porte, profundos y hambrientos abismos se abren ante una errante y sumisa humanidad. 

No quedan luces, sino sombras encaminadas a no hacernos perder el obligado tránsito de la desilusión, de una decepcionante vida humillada y manipulada por los portavoces e inductores de la muerte y su destrucción.

…Le dije a mi Alma que permaneciese tranquila, y que dejase que la oscuridad se cerniera sobre ti, que serás la oscuridad de Dios. 

Este sentir de Eliot no difiere del de muchos de los protagonistas de una actualidad sobrepasada por el exceso de pesimismo y negatividad. La desesperanza, ese grito hacia Dios, no es más que un ruego, una oración que, como último recurso, brota de lo más profundo de nuestros corazones en momentos de suma debilidad, en situaciones en las que hemos de empuñar la espada contra todo demonio que ose a desestabilizar nuestro bienestar interior y el de nuestros semejantes. 

Este mundo de inquietantes y perturbadoras tinieblas no se detiene ante oceánicas y variopintas amenazas de sus regidores. Camuflados bajo el acrónimo de instituciones mundiales, hojas de rutas de sus agendas o el poder absoluto y su impositiva verdad, las bajas y dolorosas pasiones han de convertirse en el elemento indispensable de una merecida redención cuando se trata de salvar el concepto de la vida humana, esa amenazada por todos los frentes y fuegos a los que estamos expuestos.

…Esta es la tierra muerta, esta es tierra de cactus, aquí se elevan las imágenes
de piedra, aquí reciben la súplica de la mano de un muerto bajo el titilar de una estrella que se apaga.

Y, así, actúan los tenebrosos gerifaltes de nuestros designios, sin escrúpulos y con las armas de la manipulación que su posición les otorga, con la exclusividad de la mentira y el pensamiento único como serpientes que, sibilinamente, te conducen a la perdición, a la más dolorosa derrota, a ese punto sin viaje de retorno en el que sólo los recuerdos, cada vez más vagos y distantes, nos permitirán seguir el rastro de tu tránsito por la vida terrenal.

…Así es como acaba el mundo, así es como acaba el mundo, así es como acaba el mundo; no con un estallido, sino con un gemido.

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