La guerra de voluntades

🗓️3 de marzo de 2022 |

Existen en nosotros dos voluntades —una de la razón, llamada por esto racional o superior; otra del sentido, llamada inferior o sensual, que suele expresarse con los nombres de apetito, carne, sentido o pasión—, sin embargo, dado que es por la razón por la que somos hombres, aunque afirmemos que queremos algo con el sentido solo, no puede decirse que lo queramos de verdad, hasta que no nos inclinemos a quererla con la voluntad superior. Por eso, toda nuestra lucha espiritual parte, sobre todo, del hecho que la voluntad racional, estando como situada entre la Voluntad divina, que es superior a ella, y la voluntad inferior, que es la del sentido, se encuentra entre ambas en constante tensión y lucha, pues ambas se esfuerzan por atraerla a sí, someterla y dominarla.

Gran pena y fatiga experimentan, sobre todo al comienzo, los que son prisioneros de malas costumbres, cuando deciden mejorar su vida corrompida y, liberándose del mundo y de la carne, darse al amor y al servicio de Jesucristo.

Eso sucede porque los golpes que la voluntad superior recibe de parte de la Voluntad divina y de la voluntad sensual, que constantemente la zarandean, son tan poderosos y fuertes que se hacen sentir no sin gran dolor. Tal no sucede a los que ya están acostumbrados a la virtud o al vicio y pretenden continuar en su camino, pues los virtuosos se amoldan fácilmente a la voluntad divina y los viciosos se pliegan sin rechistar a la del sentido.

Pero que nadie presuma de poder conseguir las verdaderas virtudes cristianas ni servir a Dios como es debido, si no quiere de veras hacerse violencia y soportar el dolor que se siente al abandonar no sólo los grandes placeres, sino también los más pequeños, a los que antes estaba apegado con terrenal afecto. Consecuencia de ello es que son muy contados los que alcanzan la meta de la perfección; después de haber dominado con esfuerzo los vicios mayores, no quieren luego hacerse violencia, siguiendo adelante en el sufrir las punzadas y el esfuerzo que experimentan al tener que hacer frente a infinidad de pequeños caprichos y pasioncillas de menos importancia que, al lograr imponérseles siempre, llegan a adquirir sobre sus corazones dominio y soberanía.

Entre ellos se encuentran algunos que no roban los bienes ajenos, pero se aficionan excesivamente a los que justamente poseen; que si no se procuran honores con medios ilícitos, no los aborrecen, sin embargo, como deberían y no dejan de desearlos y basta de buscarlos de varias maneras; si observan los ayunos obligatorios, no mortifican la gula comiendo más de lo necesario y deseando platos delicados; viviendo la continencia, no se alejan de ciertas amistades que les agradan y que constituyen un grave impedimento para su unión con Dios y para su vida espiritual. Esas amistades son muy peligrosas para cualquier persona, por santa que sea, y especialmente para quien menos las teme; por eso hay que huir de ellas lo más lejos posible. De todo ello se sigue todavía otra consecuencia: todas las demás obras buenas se hacen con tibieza de espíritu y van acompañadas de muchos intereses e imperfecciones ocultas, de una cierta estima de sí mismos y del deseo de recibir del mundo alabanzas y estima.

Estas personas no sólo no adelantan en el camino de la salvación, sino que, caminando hacia atrás, corren el riesgo de volver a caer en los primeros errores, dado que no aman la verdadera virtud y se muestran poco agradecidas al Señor, que las había liberado de la tiranía del demonio. Y son, además, ignorantes y ciegos para ver el peligro en que se encuentran, al persuadirse de que se encuentran en estado seguro. Y aquí se descubre un engaño tanto más peligroso cuanto menos advertido: muchos de los que se aplican a la vida espiritual, se aman a sí mismos más de lo debido (aunque en realidad no saben amarse) y generalmente practican los ejercicios que mejor se avienen a sus gustos, dejando a un lado los que tocan en el punto más sensible de su inclinación natural y de sus apetitos sensuales, contra los que cualquier buena razón aconsejaría dirigir todos los esfuerzos.

Por eso te aconsejo y te animo a enamorarte de las dificultades y del sufrimiento que supone vencerse a sí mismo: ¡ahí está el secreto! Y la victoria será tanto más segura y rápida cuanto más intensamente te enamores de las dificultades que a los principiantes presentan la virtud y la guerra, y si logras amar las dificultades y el duro combatir más que las victorias y las virtudes, lo lograrás todo mucho más pronto.

El Combate espiritual” de Lorenzo Scupoli.

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La Cumbrera

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