El aperturista

🗓️15 de febrero de 2022 |

El «buscador incesante de la verdad» suele ser «aperturista», pero algunos en un sentido equívoco: sostienen que hay que estar siempre «abierto», pero no al descubrimiento de una nueva verdad, sino a cualequiera de las nuevas corrientes de opinión que nos traen los tiempos nuevos, a toda ideología, a todo género de costumbres.

Si alguien se atreve a manifestar una convicción íntima, la realidad de una determinada verdad, una certeza absoluta e inamovible, el «aperturista» -el buscador incesante- opondrá argumentos como éstos: «¡No sea usted tan cerrado!», o bien: «¡Hombre, sea usted un poco más abierto!» ¿Quién no ha sentido cómo el calorcillo, con el rubor, asciende hasta la punta de las orejas ante objeción tan radical, tan contundente?

Si usted se atreve a replicar: «Es que yo sé que esto es así, es que yo sé que esto es verdad», el aperturista goza también del recurso de Pilato : «Pero, ¿qué es la verdad?» Y el aperturista quizá deje la pregunta en el aire y se marche sin esperar respuesta, no sea que la haya.

Me pregunto qué sucedería si anduviéramos siempre con la boca abierta. ¿El «aperturismo bucal» no es un claro síntoma de deficiencias graves o lastimosas? Pienso -como Chesterton– que si es preciso abrir la boca de vez en cuando, no es para otra cosa que para cerrarla sobre algo sólido, consistente, nutricio.

También para hablar (para expresar el logos mental) se requiere abrir la boca, pero no cabría signo inteligible sin cerrarla a menudo. La mente necesita también nutrirse con el alimento que le es propio: la verdad. Ha de abrirse para hallarla, pero también cerrarse para deglutirla y asimilarla. De lo contrario, la anemia espiritual sería inminente, y segura la muerte del espíritu por inanición. Esta es la suerte del aperturista que niega la verdad con los hechos o, simplemente, nunca la encuentra de su gusto y renuncia a ella incesantemente, como si la verdad fuera cosa de gustos.

La mente debe abrirse para hallar la verdad; una vez hallada -cosa más fácil, en las cuestiones fundamentales, de lo que supone el aperturista-, se clausura para asimilar bien (no se puede pasear uno ante la verdad como el paleto en el Museo del Prado). Y si se debe abrir de nuevo, no es para vomitar la verdad ya poseída, sino para enriquecerla con nuevas verdades, que, si son ciertamente verdad, no se opondrán a la primera, antes bien la iluminarán más todavía. Pero esa nueva luz más poderosa no surgirá sin antes haber cerrado la mente con la voluntad, con una voluntad que ame tanto la verdad nueva como la antigua y que, por ello, determine el asentimiento de la mente a lo que ha comprendido ser verdad incuestionable.

Sin esa fijeza, sin ese inmutable asentimiento, el hombre no pasa de ser una cabeza vacía, siempre estupefacta, de la que cabe esperar cualquier desatino. El «aperturismo» aquí presentado es un claro síntoma de languidez espiritual, cuando no un estado patológico de la mente que se instala morbosa en la duda; la cual, por lo demás, preciso es reconocerlo, tiene la ventaja de zanjar cualquier compromiso.

La apertura razonable es la del que nunca se niega a reconocer una verdad, venga de donde venga, de los contemporáneos o de los más antiguos pensadores, pues una verdad descubierta, si es verdad -si es afirmación conforme a la realidad-, será verdad siempre.

Pero, vayamos por pasos. Proclamemos que el hombre ha de ser «buscador incesante». Ahora bien, nunca somos buscadores sin que conozcamos ya qué es la verdad en general y un buen puñado de verdades fundamentales. Desde el instante que nos proponemos buscar, sabemos que la verdad es lo que es, como asienta la definición clásica, la de Agustín y de Tomás; y que, siendo verdad, sigue siendo verdad, aunque se piense al revés, por decirlo al modo de Machado.

Sabernos que las cosas son, y que nosotros somos y que podemos ir conociendo las cosas. No somos, por decirlo gráficamente, buscadores «de» la verdad (como si la buscáramos antes de conocer, partiendo de cero), sino buscadores «en» la verdad, que procedemos desde evidencias inmediatas a verdades más hondas y complejas.

P. Antonio Orozco-Delclós

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La Cumbrera

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