40 años de Laborem Exercens

🗓️11 de mayo de 2022 |

Se ha celebrado el año que acaba de terminar el aniversario de la publicación de dos de las más importantes encíclicas de san Juan Pablo II sobre la cuestión social: Laborem exercens, sobre el trabajo humano, y Centesimus annus, sobre el centenario de Rerum novarum, cuyo 130 aniversario también hemos celebrado[1]. El aniversario ha pasado sin pena ni gloria, incluso en la mayoría de los medios de comunicación más o menos confesionales.

Laborem exercens constituye un punto de inflexión en la Doctrina Social de la Iglesia, desarrollando conceptos ante sólo esbozados y que afectan a la determinación de la propiedad de los medios de producción y el destino de la plusvalía.

Es una encíclica abiertamente anticapitalista, formando una trilogía antiliberal con Sollicitudo rei socialis (1987) y Centesimus annus (1991). No por ello desgraciadamente han influido ni en el comportamiento de los «empresarios católicos» ni en los grupos y partidos políticos de confesada inspiración cristiana.

Los primeros miran hacia otro lado, como si estas disposiciones sobre la justicia en las relaciones laborales fueran recomendaciones técnicas y no preceptos morales. Si antes no cumplían con el mandamiento de Rerum Novarum sobre el salario justo o la universalización de la propiedad, menos aún ahora van a entregar al trabajo la propiedad de los medios de producción.

Los segundos no pocas veces subordinan su inspiración cristiana a la moda y los vientos imperantes. Algunos de ellos discriminan las encíclicas según sean éstas de su gusto o disgusto. No faltan quienes apelan de esta manera a León XIII o a Pío IX, y hacen auténticos esfuerzos malabares de forzada acomodación de viejas enseñanzas al contexto de nuestro tiempo, despreciando las enseñanzas actualizadas. Necesitarían mucha menos energía para vivir o difundir las exigencias de justicia social que san Juan Pablo II explica como inherentes a la dignidad del trabajo, y que supondrían una auténtica revolución en la estructura económica y social vigentes.

San Juan Pablo II ha conocido de primera mano las consecuencias de los regímenes comunista y liberal. Ha sido testigo y protagonista como obrero asalariado. Tal vez por ello, utiliza, primero, expresiones novedosas en un estilo audaz. Y segundo, recupera la expresión doctrina para referirse a la enseñanza social de la Iglesia, con lo que concede un valor renovado a las posibilidades e importancia del magisterio socio-político de la Iglesia.

Pero las novedades más importantes tal vez sean, primero, el tratamiento monográfico del trabajo como objeto material de una encíclica, en un enfoque integral y orgánico. Y segundo, la importancia inédita del trabajo en la cuestión social.

Es cierto que hasta el momento se había defendido el trabajo como instrumento de santificación, se había rechazado su concepción mercantil, y se había reiterado, tal vez tímida y de manera algo difusa, su condición de título de dominio o fuente de propiedad. San Juan Pablo II profundiza en estas enseñanzas, llegando más lejos, y definiendo al trabajo, primero, como la clave esencial de la cuestión social. Y segundo, como una clave que se ha puesto de relieve en el pasado, pero quizá de forma insuficiente[2].

En la encíclica podemos encontrar tres importantes rasgos de continuidad con el Concilio y con san Pablo VI. Primero, una concepción del problema social como problema global, como problema del mundo, como establece Gaudium et Spes. Segundo, la Sagrada Escritura como fuente de la Doctrina Social de la Iglesia, frente a la Ley Natural como único o principal argumento recurrente del magisterio preconciliar. Y tercero, el afán de diálogo con el mundo; pero no el diálogo débil, relativista e inseguro con el que muchas veces se afronta el contraste de pareceres con la filosofía y la mentalidad imperantes, sino un diálogo sereno desde la firmeza doctrinal que no confunde la escucha con la concesión, ni el encuentro con la aprobación[3].

La dignidad del trabajo

El trabajo forma parte de la vida del hombre, tanto del hombre actual como del hombre en estado de inocencia antes del pecado original. El trabajo era ya un mandato de Dios a nuestros primeros padres, que ordenaba dominar la tierra. Después del pecado el trabajo adquiere como castigo una nueva y doble dimensión: la necesidad y la fatiga.

La dimensión transitiva del trabajo, como acción que comienza en el hombre y se proyecta sobre un objeto externo, hace del trabajo el instrumento que Dios ha concedido al hombre para servirse de la tierra. El trabajo confirma su dominio sobre la tierra, hace al hombre más dueño de la misma, y enlaza con la condición humana de criatura que es imagen de Dios Creador. El hombre se convierte en cooperador de la obra creadora de Dios, perfeccionándola, en lo que se llama el Octavo día.

El trabajo tiene también otra doble dimensión, objetiva y subjetiva. La primera se refiere al dominio efectivo, al hecho en sí de la transformación de la naturaleza, donde la industrialización y la técnica son simples instrumentos de la producción para un trabajo más eficaz, y donde el hombre sigue siendo el sujeto del trabajo. Estas herramientas pueden convertirse en elementos alienantes cuando suplantan la responsabilidad humana o esclavizan al hombre.

El trabajo en sentido subjetivo se refiere a la relación entre el trabajo y su sujeto, el hombre, con capacidad para actuar de forma racional y libre. Con independencia del contenido del trabajo, de su valor o utilidad, el trabajo es camino de perfeccionamiento y es camino de mayor humanidad. Porque el trabajo tiene una dimensión ética insoslayable que procede de su condición de actividad de la persona como sujeto consciente y libre.

Frente a otras épocas donde el trabajo era considerado algo indigno, el cristianismo ha dignificado el trabajo cuando Dios mismo encarnado se sometió al imperativo del trabajo, e hizo de su trabajo un evangelio sobre su valor, que no está en el tipo de trabajo sino en la condición humana de su titular. Por eso la fuente de la dignidad del trabajo no está en su dimensión objetiva sino en la subjetiva. Y el fundamento de su valor es el hombre mismo, de tal manera que el hombre, aún llamado al trabajo, no está en función del trabajo, sino el trabajo en función del hombre. Esta concepción del trabajo rechaza en consecuencia la concepción marxista que estima que el hombre es un producto social del trabajo, y la concepción liberal del trabajo como una mercancía sometida a la ley de la oferta y la demanda[4].

El trabajo visto desde la perspectiva de la técnica está muy determinado por el desarrollo enorme de los medios de producción, especialmente en el último siglo. Se tratará de algo positivo, siempre que la dimensión objetiva del trabajo no prevalezca sobre la subjetiva. Precisamente la sociedad materialista ha concedido prioridad a la primera sobre la segunda, llegando a concebir al hombre como un instrumento de la producción, como una mercancía, de tal manera que en el lenguaje económico se habla abiertamente de mercado de trabajo. Esta ideología inhumana se denomina liberalismo económico o capitalismo, aunque este error puede producirse en todo sistema productivo, sea capitalista o no, donde el hombre no sea centro y objetivo de la economía.

Sin duda el desarrollo de la técnica ha cambiado la situación del trabajo, de tal manera que lejos de aliviarle y facilitarle la tarea, ha provocado el dominio de la máquina sobre el hombre, privándole de su justa ganancia y empeorando sus condiciones de trabajo hasta el extremo de poderse comparar con aquella rápida e inhumana primera industrialización.

Esta situación ha sido favorecida por una concepción liberal de la economía, donde el factor eficiente no es el trabajo sino el capital, donde sólo al dinero corresponde la iniciativa y el protagonismo, y el trabajo es un mero instrumento de la producción. Dice el Papa que puede constatarse una violación sistemática de la dignidad del trabajo cuando es escaso, cuando el salario es injusto, cuando no concede seguridad al obrero y a su familia, cuando no permite el acceso a la propiedad.

La dignidad del trabajo tiene una dimensión moral que es necesario proteger y preservar. Procede de su carácter de función humana, y tiene en la fatiga, consecuencia del pecado, un bien para el hombre, que expresa y aumenta su dignidad. El trabajo se convierte así en una virtud con una dimensión personal, familiar y social, que nos hace más hombres y en consecuencia mejor imagen de Dios[5].

El Papa analiza el sentido de las relaciones entre trabajo y capital, concluyendo que están interrelacionados y que no pueden oponerse, porque ambos son necesarios. Es necesario aclarar que el Papa se refiere al capital y no al capitalista, que es algo sustancialmente diferente. Porque el capital, como instrumento de la producción, abarca los medios de producción, la técnica y todo lo que en definitiva sirve al trabajo.

Sin embargo el capitalismo está asociado con el fenómeno de la apropiación indebida, con la concentración de riqueza en pocas manos, con la marginación del trabajo de la gestión y la propiedad de los medios de producción, y con el dinero como instrumento técnico de dominación económica. Todo medio de producción procede evidentemente del esfuerzo e inteligencia del hombre. Pero la acumulación desproporcionada de riqueza en una minoría no es generalmente fruto del trabajo propio sino fruto del trabajo ajeno.

La lucha de clases no implica justicia social

San Juan Pablo II niega al marxismo la condición de portavoz de la clase obrera y, aunque reconoce el problema real entre clases, niega que este conflicto pueda convertirse en «lucha programada de clases», transformada en método ideológico y en acción política.

El Papa niega a la lucha de clases la virtud automática de traer justicia social, y niega legitimidad moral para enfrentar en odios irreconciliables a los hombres, porque detrás de las estructuras están los seres humanos. Pero la distinción entre causa eficiente e instrumental no sólo es un alegato contra la lucha de clases, factores en conflicto desde una base real de injusticia, sino que supone también una negación del liberalismo capitalista cuando reivindica la primacía del trabajo sobre las cosas, que están subordinadas al trabajo.

Es muy importante subrayar que el Papa habla desde la lógica cuando afirma que no se pueden oponer capital-trabajo como elementos de la producción, ni a los hombres que hay detrás de ellos[6]. Pero a continuación reclama el Papa un sistema nuevo, que será justo si supera la antinomia capital-trabajo, concediendo todo el protagonismo a la causa eficiente y devolviendo al capital su condición de mera herramienta que, como todos los medios es simple mercancía y no titular de propiedad de los medios de producción, que se adquiere sobre todo mediante el trabajo[7].

El trabajo es espiritual y personal, y el capital es material. Por lo tanto las personas son más importantes que las cosas. Estamos ante una afirmación que va más allá de la conveniencia del contrato de sociedad de Pío XI en Quadragesimo anno para afirmar su justicia y necesidad[8].

Necesidad de una reforma integral de la economía

El empresario indirecto es un conjunto de condiciones que influyen sobre la forma y contenido de los contratos de trabajo y las relaciones laborales en general. Son personas, leyes, instituciones, y principios éticos que constituyen el sistema económico en general. La responsabilidad del empresario indirecto sobre el empleo y las condiciones del trabajador es menor que en el caso del empresario directo, pero responsabilidad en definitiva que condiciona al empresario directo a su vez.

Puede hablarse de empresario indirecto pensando en la sociedad en general, pero especialmente en el Estado, llamado a promover una política social justa. También son empresarios indirectos el comercio y las transacciones internaciones, capaces de crear condiciones laborales mediante una política de precios que empuje al empresario directo a dar una vuelta de tuerca sobre las condiciones laborales del trabajador, por debajo de las exigencias objetivas del trabajo.

El problema viene de una concepción de la economía que no respeta los derechos del hombre porque se asienta en el criterio del máximo beneficio, frente a los derechos objetivos del trabajo, que deben presidir las relaciones laborales, el sistema económico de la sociedad y las relaciones económicas internacionales[9].

El Papa no deja de ver al salario como una forma provisional o si se quiere como la forma legalmente establecida o vigente de acceso al uso común de los bienes. Por eso en el contexto actual, la remuneración del trabajo es la forma más adecuada de cumplir con la justicia en las relaciones entre el empresario directo y el trabajador, respetando los derechos inalienables del hombre en relación a su trabajo, que se deben traducirse en un salario justo, que será tal, en principio, si es capaz de proporcionar una vida digna al obrero y a su familia.

El salario justo no es ajeno al salario familiar, que debe permitir a la esposa escoger en libertad entre el trabajo remunerado fuera de casa o el cometido primario de la educación de sus hijos. El Papa se desmarca de la filosofía modernista en circulación y defiende la revalorización de las funciones tradicionalmente femeninas como una tarea noble, elevada y necesaria. Ha llegado una época en que la mujer es denostada por quedarse en casa, o sencillamente no puede quedarse en casa porque los ingresos insuficientes de su marido no se lo permiten. El Papa reivindica esta misión insustituible de la mujer para el bien de la propia familia y de la sociedad, condenando que la mujer sea obligada al trabajo fuera de casa contra su voluntad[10].

El Papa considera caducada una estructura económica donde el trabajo está subordinado al capital, porque es exigencia de la justicia social modificar sus presupuestos hacia un modelo distinto donde el trabajo no sea mercancía sino protagonista. Sabe sin embargo que este deseo aunque justo no está próximo. Por eso habla de soluciones temporales mientras se consigue una transformación de estructuras, mentalidad y costumbres donde las cosas no tengan primacía sobre las personas.

El papel de los sindicatos

El Papa atribuye a los sindicatos la defensa de los intereses económicos de los trabajadores allí donde entran en juego sus derechos, en un papel esencial en las sociedades industrializadas. Son asociaciones para la lucha por el bien de los trabajadores pero también por la justicia social. También les atribuye una función educativa y de promoción socio-cultural. Pero les niega el carácter de instrumento para la lucha de clases, (la lucha contra los demás), la vinculación estrecha con los partidos políticos y un enfoque de la lucha sindical con motivaciones políticas.

Con respecto a la huelga, enseña que es legítima, aunque un recurso extremo. Este derecho, que debe legalmente garantizarse en la práctica, debe estar limitado por la situación general de la economía nacional y por el respeto al bien común en el caso de servicios esenciales para la sociedad. Paralizar la vida económica de la sociedad no es legítimo[11]. Coincide en este sentido con Pablo VI[12], que hablaba de los fines políticos y el respeto debido a los servicios esenciales de la sociedad como límites al derecho de huelga.

Pasa el tiempo y los enemigos de la Iglesia siguen y seguirán diciendo que la labor asistencial de la Iglesia, superior proporcionalmente -desde el punto de vista de los recursos disponibles- al propio Estado del Bienestar, no llega más allá de la asistencia social,  aunque la mayoría de estos críticos anticlericales todavía no se han estrenado al respecto. La caridad sería una rémora para la transformación social…

Pero los pobres quieren menos promesas incumplidas de románticos inconsecuentes, y más alivio en presente a su hambre y tristeza de siglos. La Doctrina Social de la Iglesia se erige en la conciencia de los pobres y de los que tienen sed de justicia. Otra cosa es que el mundo quiera escuchar, primero, para cumplir con sus obligaciones, después. Pero eso será responsabilidad del mundo, no de la Iglesia.

Centesimus annus y la condena explícita del capitalismo

Hemos celebrado también el 30 aniversario de la encíclica Centesimus annus. El texto reitera la enseñanza clásica sobre la Doctrina Social de la Iglesia como parte de la misión evangelizadora de la Iglesia, al tiempo que recuerda, por un lado, que la cuestión social no puede resolverse sin los valores evangélicos. Y por otro lado, que la fe y las exigencias de justicia son un binomio inseparable.

San Juan Pablo II describe el contexto histórico en el que apareció Rerum novarum como una época de culminación de un cambio político, económico y social presidido por el triunfo del liberalismo. Llegaba una concepción ilimitada de la libertad, que convertía el trabajo en una mercancía común, que escindía la sociedad en dos clases irreconciliables, que disociaba la libertad de la verdad, y que hacía de la explotación y el abuso un derecho, germen de tantas injusticias y germen también de la amenaza del materialismo socialista.

El conflicto entre capital y trabajo se convierte en una especie de lucha civil que hace imposible la paz. Rerum novarum sabía sin embargo que la paz necesita de la justicia y que la lucha de clases, siendo negativa, tenía una explicación en la injusticia grave del momento.

Rerum novarum exigió respeto por la dignidad humana de los obreros. Reclamó sindicatos libres, no clasistas y sectarios, sino instrumentos para la defensa obrera y sobre todo para traer más justicia social. Señaló que es responsabilidad del Estado que el salario justo sea efectivo, con independencia de la voluntad de las partes. Denunció la dejación de funciones de los poderes públicos hacia los pobres y oprimidos. Defendió la propiedad privada aunque no en términos absolutos. Insistió en el descanso dominical no sólo como descanso del cuerpo sino también para cumplir los deberes religiosos. Y rechazó el socialismo y el capitalismo, que no constituyen la solución sino el problema a la cuestión social.

Rerum novarum, defendiendo la necesaria intervención del Estado a favor de la justicia frente a una concepción neutral o clasista del Estado, desmitifica la idea de que el Estado es la solución a todos los problemas sociales. La clave del sistema político y del orden económico-social es el hombre, pero el hombre concebido en su doble y verdadera dimensión como conjunto de cuerpo y alma inmortal.

Centesimus annus es una antología de viejas enseñanzas sociales de la Iglesia desde la Patrística hasta la escolástica pasando por todo el magisterio social pontificio, sobre todo desde Rerum novarum.

En perfecta comunión con Laborem exercens y Sollicitudo rei sociales, va sin embargo mucho más allá que Quadragesimo anno cuando Pío XI hablaba de la conveniencia de sustituir el contrato de trabajo por el contrato de sociedad, realizando una condena explícita de la economía capitalista.

Se pregunta san Juan Pablo II si después del fracaso del comunismo, el sistema alternativo y vencedor es el capitalismo. El Papa responde que «si por capitalismo se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido sistema jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una peculiar dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa»[13].

 El capitalismo formalmente defiende la propiedad privada, la iniciativa económica, la libertad de empresa, la libertad de mercado… No son valores capitalistas sino precapitalistas aunque el liberalismo económico los abandere como si fueran un monopolio suyo. Precisamente el capitalismo ha destruido todos ellos: no hay iniciativa económica sino para el capital, el comercio internacional lo regula el gran capital según su conveniencia, y las sociedades anónimas son la negación de la vieja propiedad entendida como la proyección del hombre sobre las cosas.

Todos los condicionantes que Centesimus annus establece en la actividad económica son en realidad una negación completa de la lógica capitalista, que no cree ni puede creer, para ser ella misma, ni en el destino universal de los bienes, ni en el derecho universal a la propiedad, ni en los derechos de la subjetividad del trabajo a participar en la propiedad, gestión y beneficios de las empresas, ni mucho menos en su «posición central», ni en la función social de la riqueza y la propiedad, ni en el control del mercado, ni en el domino del hombre sobre de las cosas[14].

El Papa por supuesto no quiere dar un espaldarazo al cadáver del comunismo, pero tampoco está dispuesto a que el capitalismo entienda como una victoria el fracaso de su antagonista.

Por eso a la condena del capitalismo, san Juan Pablo II añade y reafirma la condena del comunismo[15], que hoy como siempre, va mucho más allá de sus reflexiones económicas. La Iglesia rechaza la concepción marxista del hombre, de la vida y de la historia, es decir, su ateísmo y la negación de la realidad trascendente del hombre. Además el marxismo supone una negación de la propiedad privada, de la libertad y de la sociedad como protagonista de la vida social, absorbida por un Estado dirigido por una casta arbitraria y burocrática que regula el trabajo de todos y hasta su descanso. El Papa rechaza la estatalización de toda la vida social, en un neocapitalismo, esta vez de Estado, donde los individuos y las sociedades menores son anuladas por la omnipresencia estatal[16].

La Iglesia vuelve a rechazar la lucha de clases, pero no en el sentido de lucha o defensa de los obreros frente a las injusticias del patrón, sino como realidad presudocientífica, inevitable y fomentada para la transformación social[17].

El Papa imputa el fracaso económico del comunismo a la negación de la dignidad del hombre: la ineficiencia económica en parte es consecuencia de la violación de la dignidad del hombre en su realidad trascendente.

El Papa celebra la caída pacífica del comunismo por los méritos de la oración, la penitencia y la Providencia, al tiempo que recuerda a los seglares su vocación de  animadores evangélicos de las realidades sociales. Celebra también el encuentro entre la Iglesia y el mundo obrero, a quien la nave de Pedro ofrece sus servicios para luchar contra las injusticias que sobreviven al marxismo en el régimen liberal, pero recuerda que cristianismo y comunismo son incompatibles.

Dice el Papa que es necesario olvidar las afrentas recibidas por el comunismo en aras de la paz, y que los países víctimas del comunismo necesitan ayuda para salir a flote sin descuidar por ello al Tercer Mundo, porque nunca debe olvidarse que los pobres no son un lastre sino una magnífica ocasión para crecer en humanidad.

El Papa recuerda la necesidad de que el desarrollo sea integral y universal para evitar, entre otras razones, la tentación comunista. Porque la caída del comunismo no legitima al capitalismo, ni las injusticias de éste justifican la vuelta del aquel, que es en realidad otro capitalismo de Estado.

Finalmente señala que la alineación del hombre no sólo nace de las relaciones de producción y la propiedad, sino también del consumismo, el trabajo considerado como fin en sí mismo, o la opresión de sistemas colectivistas que privan al hombre del fruto de su trabajo y le privan también de la legítima propiedad para cumplir con sus fines individuales, familiares y sociales.

Centesimus annus finalmente habla de la naturaleza[18], Creación de Dios que merece el respeto debido y cuya explotación legítima es una colaboración indirecta con Dios creador en el perfeccionamiento de su obra. El consumismo se opone a la naturaleza y pone en peligro el futuro de la humanidad, porque la degradación del medio ambiente aumenta y las condiciones modernas de vida no respetan las reglas de la naturaleza ni respetan la sana convivencia social con un desordenado urbanismo.

En esta mentalidad que absolutiza la economía, la familia natural y estable, fuente de la vida e instrumento necesario para el perfeccionamiento humano, sufre grave maltrato, por ejemplo con el aborto, separando la libertad económica de la verdad y de la libertad de los demás seres humanos. El futuro de la humanidad corre serio peligro con esta actitud irresponsable, que nace siempre de una concepción errónea sobre el origen y destino del hombre.

Francisco J. Carballo


[1] Centesimus annus fue publicada en 1991. También hemos celebrado el 90 aniversario de Quadragesimo anno y otros documentos pontificios publicados en estos 130 años con motivo de sucesivos aniversarios de la primera de las grandes encíclicas sociales: Rerum novarum.

[2] Cf. JUAN PABLO II, Laborem exercens, 3b, en Encíclicas de JUAN PABLO II, Madrid: Edibesa, 1998.

[3] Cf. ib., 1-3.

[4] Cf. ib., 4-6.

[5] Cf. ib., 7-10.

[6] Pío XI en Quadragesimo Anno hablaba sobre las injustas pretensiones del trabajo que no valoran el riesgo ni la iniciativa.

[7] Cf. JUAN PABLO II, Laborem exercens, 14c, en Encíclicas de JUAN PABLO II, op. cit.

[8] Cf. ib., 11-15.

[9] Cf. ib., 16-18.

[10] Cf. ib., 19.

[11] Cf. ib., 20.

[12] Cf. PABLO VI, Octogesima adveniens, 26-29, en PABLO VI, Octogesima adveniens, Madrid: Editorial Apostolado de la Prensa, 1971.

[13] JUAN PABLO II, Centesimus annus, 42, en Encíclicas de JUAN PABLO II, op. cit.

[14] Lo que el Papa denomina el predominio absoluto del capital.

[15] Cf. JUAN PABLO II, Centesimus annus, 13-15, 23-36 y 41, en Encíclicas de JUAN PABLO II, op. cit.

[16] El Estado debe velar por la justicia en la vida económica interviniendo indirectamente (principio de subsidiariedad) y directamente (principio de solidaridad o justicia distributiva).

[17] Laborem exercens justificaba el nacimiento de la lucha de clases por la injusticia pero lamentaba que fuera contra alguien y no a favor de la justicia. Centesimus annus dice que no puede convertirse en una acción sin límites que pisotee la dignidad del hombre, y que contradiga el bien común en aras de una teoría mecanicista de progreso social.

[18] JUAN PABLO II, Centesimus annus, 37-39, en Encíclicas de JUAN PABLO II, op. cit.


Francisco J. Carballo

(Madrid, 1967) Doctor en Ciencias Políticas, licenciado en Ciencias Religiosas y máster en Doctrina Social de la Iglesia. Es autor de varios libros, estudios académicos y artículos sobre pensamiento social cristiano.

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