Simone Weil y la constante búsqueda de la Verdad

🗓️27 de octubre de 2022 |
“El único gran espíritu de nuestro tiempo”. Albert Camus.

Sobre nuestros tiempos: “La época actual es de aquellas en las que todo lo que normalmente parece constituir una razón para vivir se desvanece, en las que se debe cuestionar todo de nuevo, so pena de hundirse en el desconcierto o en la inconsciencia”. Simone Weil. 

La rica aunque corta vida de Simone Weil (1909-1943) estuvo definida por un solo propósito: «la búsqueda de la Verdad». Su vida y obra representa un testimonio auténtico e invaluable entre su prédica y su obrar; entre su pensamiento iluminado y profundo con gran holgura espiritual y el sentido práctico del mismo. No fue ajena, en este sentido, a las «causas y problemas políticos» de su época sin perder, por otro lado, la mirada «contemplativa y mística» que la caracterizó hasta el final de sus días.

Nacida en Francia en el seno de una familia burguesa de librepensadores y de origen judía pese a que en la práctica eran agnósticos (propio de la educación laica francesa y por voluntad familiar). Su padre médico de oficio; su hermano, de una gran inteligencia abstracta, se convirtió en uno de los más afamados matemáticos del S.XX. En los albores de su vida se crió en un entorno de marcada y amplia cultura, nutrida en la «tradición griega, cristiana y francesa» sin ningún tipo de atracción por la religión judía como lo expresa en una carta a Xavier Vallat en 1941. A los dieciséis años ingresa al Lycée Henri IV, donde fue alumna del famoso filósofo Alain (Émile-Auguste Chartier) que, entre otras cosas, le enseñó a reflexionar y a interpretar los textos clásicos que luego marcarían gran parte de su pensamiento.

Posteriormente, a los diecinueve años ingresó a la Escuela Normal Superior de París con la calificación más alta, seguida por nada más ni nada menos que «Simone de Beauvoir» a pesar, no obstante, que se trataron de autoras en dimensiones opuestas de pensamiento, ya que esta última representa al existencialismo nihilista y burgués de una clase que hace gala y culto de su extravagancia intelectual, que llevó, sin lugar a dudas, a una generación de la “nada” (sin valores, sin moral, sin verdaderas causas justas) al fallido «Mayo Francés de 1968». Relató Beauvoir en una acalorada discusión con Weil sobre una hambruna en China:  “No recuerdo cómo comenzó la conversación; afirmó de manera tajante que sólo había una cosa importante: hacer una revolución capaz de saciar el hambre de todos los hombres. Yo contesté que el problema no consistía en la lucha por la felicidad de los hombres, sino en dar sentido a su existencia. Entonces me miró y me contestó tajantemente: «Se nota que usted nunca ha pasado hambre». Nuestra relación acabó allí. Me percaté de que me había catalogado como una pequeña burguesa espiritualista, lo que me irritó…. En tanto, Simone Weil abandona la comodidad para ponerse en lugar de los que sufren, en su propia carne, y desde allí, justamente, nutre su pensamiento que también la uniría a Dios. A la edad de veintidós años finaliza sus estudios, abocándose a la carrera docente en diferentes liceos (el primero de ellos fue Le Puy), aunque no por mucho tiempo.

LA CUESTIÓN OBRERA, LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA Y LA RESISTENCIA FRANCESA

Apodada la “virgen roja” por sus camaradas en su época de cercanía a la izquierda, Simone Weil, estuvo marcada por su gran preocupación por las causas sociales de su época. Y por este motivo, en 1934 abandona su trabajo docente, para involucrarse de lleno con la “clase obrera”. En efecto, el cuatro de diciembre de ese año ingresó a la fábrica eléctrica de «Alstom» como operaria rasa a cargo de cortar piezas. Un año después, a mediados de 1935, ingresaría en la fábrica de «Renault» en Boulogne-Billancourt trabajando en las cadenas de montaje y en las prensas industriales, llegando a decir: “Allí recibí para siempre la marca de la esclavitud, como la marca a hierro candente de los romanos ponían en la frente de sus esclavos mas despreciados. Después, me he considerado siempre como una esclava. Producto de su bajo rendimiento, su torpeza para el trabajo manual y su salud endeble, determinaron su despido a finales de ese mismo año de la fábrica de autos.

Tales experiencias le valió la obra “La condición obrera”, donde indagó en una suerte de “filosofía del trabajo” desde el plano meramente humano y espiritual, y, por tanto, exploró el “desarraigo” (en términos propios de la autora) y explotación que padecían los obreros de la Francia a comienzos del siglo XX. En ese tiempo comprueba en carne propia los sufrimientos de las clases trabajadoras, además, de la «experiencia física y moral que repercutió gravemente en su persona y frágil salud», de la que jamás pudo recuperarse del todo. “Al ponerse ante la máquina, uno tiene que matar su alma ocho horas dia­rias, el pensamiento, los sentimientos, todo. Ya estés irri­tado, triste o disgustado…, tienes que tragártelo; debes reprimir en lo más profundo de ti mismo la irritación, la tristeza o el disgusto”, describió totalmente abatida en una carta destinada a su amiga «Albertine Thénon» en 1935 sobre la servidumbre industrial que presenció. Por ello terminaría sentenciando en su obra citada precedentemente una «radical espiritualización del trabajo»: “Es fácil definir el lugar que debe ocupar el trabajo físico en una vida social bien ordenada; debe ser su centro espiritual. Esta es, justamente, la raíz profunda del pensamiento de Simone Weil, puesto que el hombre debe arraigarse desde lo espiritual y social: “La necesidad más importante e ignorada del alma humana. Es una de las más difíciles de definir. Un ser humano tiene una raíz en virtud de su participación real, activa y natural, en la existencia de una colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos del futuro […] el ser humano tiene necesidad de echar múltiples raíces, de recibir la totalidad de su vida moral, intelectual y espiritual de los medios de que forma parte naturalmente… El alimento que una comunidad suministra al alma de sus miembros no tiene equivalente en todo el universo”.

Otro hecho significativo se produce en 1936, en pleno comienzo de la «Guerra Civil Española», donde la joven Weil con tan solo veintisiete años decide enfilarse en el bando Republicano con el «Partido Obrero de Unificación Marxista». Allí combatió en el país ibérico en el «frente de Aragón», a pesar de su marcado pacifismo y sin haber hecho política partidaria alguna en su vida. Sin embargo, su paso por el conflicto duró una breve estancia a razón de su torpeza y miopía, puesto que sufriría una quemadura en una de sus piernas a causa de una sartén con aceite hirviendo. Este suceso, consecuentemente, la obligó a retornar a su patria de forma inmediata. Poco tiempo después el grupo combatiente que integró sería detenido y fusilado. Nuevamente en este episodio de su vida, al igual que su experiencia en las fábricas, le daría un «profundo conocimiento de la realidad humana y los efectos de la guerra en el alma de las personas», más allá de los idearios políticos e ideológicos que convulsionaron a Europa y que llegaron, incluso, a justificar la muerte, carcomiendo la naturaleza humana. Y, precisamente, contra ese sinsentido se reveló la joven Weil y abandonaría por ende el activismo de izquierda que jamás pudo convencerla del todo, siguiendo el camino de la «búsqueda de la Verdad».

Sobre lo ocurrido, en 1938 escribiría una carta al reconocido escritor francés «Georges Bernanos», conocido, entre otras obras, por “Diario de un cura rural” o “Los grandes cementerios bajo la luna”. Este último libro es, en efecto, una crítica a la represión franquista que Simone Weil tuvo la oportunidad de leer. En contrapartida la joven filósofa quiso relatar los horrores del otro bando y, por tanto, detalló una serie de hechos que presenció cuando estuvo dispuesta a tomar las armas, causándole una gran impresión: No sentía ya ninguna necesidad interior de participar en una guerra que no era ya, como me había parecido al principio, una guerra de campesinos hambrientos contra propietarios terratenientes y un clero cómplice de los propietarios, sino una guerra entre Rusia, Alemania e Italia”. Luego se refirió a las ejecuciones que propiciaba el bando republicano: “Estuve a punto de asistir a la ejecución de un sacerdote; durante los minutos de espera, me preguntaba si simplemente iba a mirar o haría que me fusilaran al tratar de intervenir; todavía no sé qué habría hecho si una feliz casualidad no hubiera impedido la ejecución”. Posteriormente, describe una escena similar: “dos anarquistas me contaron una vez cómo, con otros camaradas, habían cogido a dos sacerdotes; a uno se le mató en el sitio, en presencia del otro, de un disparo de revólver; después se dijo al otro que podía marcharse. Cuando estaba a veinte pasos, se le abatió. El que me contaba la historia se asombró mucho de no verme reír… Sí, el miedo ha tenido una parte en esas matanzas; pero allí donde yo estaba no he visto la parte que usted le atribuye. Hombres aparentemente valientes —de uno de ellos, al menos, he constatado personalmente su valor— contaban con una sonrisa fraternal, en medio de una comida llena de camaradería, cómo habían matado a sacerdotes o a «fascistas», término muy amplio”.

Los detalles antes descritos de manera imparcial y objetiva a partir de la propia experiencia de Simone Weil le hicieron tomar conciencia de la «realidad cruda que significa el enfrentamiento humano». Y en tal sentido, sus nobles y auténticos ideales (de luchar por los desfavorecidos) que la llevaron a adentrarse en la Guerra Civil Española se esfumaron al ver las miserias y la condición humana arrebatada de sus “camaradas” del frente, como muy bien le detalló a Bernanos. Aquí nuevamente Weil «se rinde a la verdad», no justificando en nombre del totalitarismo ideológico, la «injusticia humana».

El tercer hecho significativo a nivel político y social hacia el final de su vida es, de hecho, su activismo en la «Resistencia Francesa». Por ello, el 10 de noviembre de 1942, marchó hacia Inglaterra después de haber escrito varias misivas a Jacques Soustelle y Maurice Schumann (portador de la Francia Libre en Londres) para ser aceptada en trabajos que signifiquen un servicio a su patria ocupada por el régimen Nazi: “¡Se lo ruego, consiga que regrese a Londres, no me deje morir aquí de pena!”, escribe desde New York. En este aspecto, fue empleada del agregado en Londres G. Philippe. Su misión era redactar informes y revisar textos y proyectos. Al terminar cada uno de los encargos, solicitaba una petición de misión que era denegada continuamente. Allí escribió, a pedido de las autoridades francesas, uno de los más reconocidos ensayos «L‘Enracinement (El arraigo)» o en su versión española «Echar Raíces» para la reconstrucción de Francia luego de la Segunda Guerra Mundial. Libro que publicó «Albert Camus» y que llegaría a decir en referencia a su obra: “Parece imposible imaginar un renacimiento para Europa que no tenga en cuenta las exigencias definidas por Simone Weil”. Incluso el propio Camus admiraba de sobremanera a la joven filósofa, pues, una vez que le anunciaron como ganador del «Nobel de Literatura» en 1957, fue, inmediatamente, a compartir la noticia con la madre de Simone Weil.

SU CONVERSIÓN AL CRISTIANISMO

«He nacido, he crecido y he permanecido siempre en la inspiración cristiana». Simone Weil.

Agotada por sus pasos en las fábricas francesas y la dura realidad obrera, en 1935 decide viajar a Portugal para tomar un breve respiro. En ese país, presencia la festividad de «Nuestra Señora de los 7 Dolores» en un pequeño pueblo de pescadores llamado «Povoa do Varzim». Allí descubrió la serenidad de las viudas de marineros muertos en el mar y los cantos litúrgicos de una tristeza sobrecogedora que las mismas le dedicaban a sus fallecidos en la orilla del mar para velar por sus almas. Las mujeres recorrían las barcas lentamente llevando cirios encendidos y Simone Weil, en consecuencia, pudo contemplar ese escenario de una manera que iniciaría un nuevo capítulo en su vida. Esto supuso su primer contacto real con el cristianismo y, por ello, de aquella experiencia que la marcó profundamente, diría: “Con este estado de ánimo y en unas condiciones físicas miserables, llegué a ese pequeño pueblo portugués, que era igualmente miserable, sola por la noche, bajo la luna llena, el día de la fiesta patronal. El pueblo estaba al borde del mar. Las mujeres de los pescadores caminaban en procesión junto a las barcas; portaban cirios y entonaban cánticos, sin duda muy antiguos, de una tristeza desgarradora. Nada podría dar una idea de aquello. Jamás he oído algo tan conmovedor, salvo el canto de los sirgadores del Volga. Allí tuve de repente la certeza de que el cristianismo es por excelencia la religión de los esclavos, de que los esclavos no podían dejar de adherirse a ella, y yo entre ellos”. Ese hecho, precisamente, le dio una respuesta en tanto que visualizó en el cristianismo una «religión que consuela a los afligidos y miserables», es decir por aquellos que sufren.

Por otra parte, a los veintiocho años de edad en 1937, luego de su trunca estadía en la Guerra Civil Española, viajó a «Italia», donde pudo contemplar la belleza espiritual de la comuna de «Asís» en la provincia de Perugia. Su salud, por otro lado, se encontraba asediada por fuertes dolores de cabeza, sumado a que su espíritu se había doblegado en su paso por la industria fabril como se ha mencionado. De tal experiencia escribió: “Allí, sola en la pequeña capilla románica del siglo XII, Santa Maria degli Angeli, incomparable maravilla de pureza, donde tan a menudo rezó San Francisco, algo más fuerte que yo me obligó, por primera vez en mi vida, a ponerme de rodillas”. Esto significó un segundo contacto con el cristianismo a través de la figura de «San Francisco» y las preciosas frescos de «Giotto» en la «Basílica de San Francisco de Asís», que pusieron su alma en contacto con la «Belleza Absoluta» de Dios. Por este motivo, la fuerte impresión del lugar, sumado a sus primeras experiencias místicas a través de la sensibilidad del Santo de Asís, acercarían la profundidad de Simone Weil a la «fe católica» en su fuerte búsqueda por la «Verdad», aunque de modo particular.

En efecto, la filósofa francesa creía realmente en la Trinidad, en la Encarnación, en la Redención y la Eucaristía, sin embargo, se mantendría en las puertas de la Iglesia a pesar que el  «P. Joseph-Marie Perrin» buscó sin éxito su bautismo. En una carta a «Gustave Thibon», explicó tal vez su razón más profunda: “Si es de la Iglesia de lo que habla, es verdad que me encuentro cerca, pues estoy a sus puertas. Pero eso no quiere decir que esté próxima a entrar en ella. Es verdad que el menor impulso bastaría para hacerme entrar; pero todavía hace falta ese impulso, sin el cual puedo quedarme indefinidamente a la puerta. Mi ferviente deseo de complacer al P. Perrin no puede cumplir la función del impulso, sino que, al contrario, más bien me retiene para evitar una mezcla ilegítima de actitudes. En este momento estaría más dispuesta a morir por la Iglesia, si algún día hubiera necesidad de morir por ella, que a entrar en ella”. Diversas razones la llevaron, no obstante, a ser reticente a su ingreso, entre ellas, porque veía a la Iglesia como una colectividad (en un siglo de totalitarismos políticos y conflictos bélicos) donde, indudablemente, el individuo queda absorbido y supeditado a la masa. Esa «individualidad» (bien entendida) que autores de la talla de «Søren Kierkegaard» en íntima conexión con Simone Weil defendieron frente al «Absoluto».

En un bello texto titulado la «La persona y lo sagrado», dijo: “En cada hombre hay algo sagrado. Pero no es su persona. Tampoco es la persona humana. Es él, ese hombre, simplemente”. Prosigue en este sentido, ensayando sobre el «sentido metafísico de la verdad», en tanto que se manifiesta en contra de lo colectivo: 

“No sólo la colectividad es ajena a lo sagrado, sino que desorienta proporcionando una falsa imitación […] El ser humano no escapa a lo colectivo más que elevándose por encima de lo personal para penetrar en lo impersonal. En ese momento hay algo en él, una parcela de su alma, sobre la que nada de lo colectivo puede ejercer su influencia […] Lo que es sagrado, lejos de ser la persona, es lo que en un ser humano es impersonal […] La verdad y la belleza habitan ese dominio de las cosas impersonales y anónimas […] Lo que es sagrado en la ciencia es la verdad. Lo que es sagrado en el arte es la belleza. La verdad y la belleza son impersonal […] La perfección es impersonal. La persona en nosotros es la parte del error y del pecado en nosotros. Todo el esfuerzo de los místicos se ha dirigido siempre a obtener que deje de existir en su alma alguna parte que diga «yo» […] Pero la parte del alma que dice «nosotras» es aún más peligrosa […] Los hombres en colectividad no tienen acceso a lo impersonal, ni siquiera en sus formas inferiores. Un grupo de seres humanos ni siquiera puede hacer una suma. Una suma se opera en un espíritu que olvida momentáneamente que existe algún otro espíritu […] Lo personal se opone a lo impersonal, pero existe un tránsito de lo uno a lo otro. No hay tránsito de lo colectivo a lo impersonal. Es preciso que primero se disuelva una colectividad en personas separadas para que la entrada en lo impersonal sea posible […] Solamente en este sentido la persona participa algo más de lo sagrado que la colectividad. No sólo la colectividad es ajena a lo sagrado, sino que desorienta proporcionando una falsa imitación”.

Su tercer contacto sería en 1938 en Francia, donde pasó la «Semana Santa» en el «Monasterio de Solesmes» acompañada por su madre. Los dolores de cabeza se agravan. Leía y meditaba la poesía “El Alba” del poeta inglés del S.XVII, «George Herbert», y presenció, por otro lado, la belleza de los «cánticos gregorianos» en la abadía benedictina durante los oficios, entrando, significativamente, en verdadera comunión con la «Belleza» a la que Simone Weil siempre se rendiría: “La belleza del mundo es la sonrisa llena de ternura que Cristo nos dirige a través de la materia. Él está realmente presente en la belleza universal”. En este contexto, se produce su conversión definitiva: “Esta experiencia me permitió conocer mejor, por analogía, la posibilidad de amar el amor divino a través de la desdicha. Evidentemente, en el transcurso de estos oficios, el pensamiento de la pasión de Cristo entró en mí de una vez y para siempre. Y luego diría: “Una presencia más personal, más cierta, más real que la de un ser humano, inaccesible tanto a los sentidos como a la imaginación, análoga al amor que se transparentaría a través de la más tierna sonrisa de un ser amado”.

EL ENCUENTRO CON GUSTAVE THIBON: SU TESTIMONIO

«Nunca he dejado de creer en ella… no he encontrado jamás en un ser humano semejante familiaridad con los misterios religiosos; jamás la palabra sobrenatural me ha parecido tan llena de sentido como a su contacto». Gustave Thibon.

Imagen: Gustave Thibon (1903-2001).

El eximio filósofo católico y productor vinícola, «Gustave Thibon», aceptó a Simone Weil en el verano de 1941 para que trabajara en su campo a pedido del dominico «P. Joseph-Marie Perrin» (autor junto a Thibon de la obra «Tal como nosotros la conocimos»). El filósofo le enseñaría a Simone a recitar el «Padrenuestro en griego» y le daría a conocer, asimismo, los escritos de «San Juan de la Cruz». Además, leían y discutían a «Platón», filósofo al que Weil conocía cabalmente. Por su parte Thibon, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, publicaría una vital obra de la filósofa francesa donde constan sus pensamientos místicos más profundos: La Gravedad y la Gracia”.

En el encuentro citado, el filósofo campesino como era apodado el intelectual francés, descubriría la gran profundidad espiritual de la filósofa. Cuenta Thibon su primera impresión en una entrevista: “Me encontré a Simone Weil por primera vez en el Carmelo de Avignon, hablamos muy poco. Todavía la sigo viendo. Llegó con una especie de capa, desaliñada, vestida de cualquier manera. Con un aspecto exterior más bien decepcionante (no es que tenga importancia). La primera conversación fue sobre las cuestiones de actualidad que eran más bien negativas y teníamos opiniones muy diferentes. Sentí que me iba a tocar hacer una parte del purgatorio en vida (entre risas). Se volvió a Marsella y dos días después llegó a casa. Tuve la misma impresión, hablaba con una voz monocorde sin parar; no dejaba de hablar. Hay que reconocer que se la podía interrumpir y no era susceptible, pero yo no lo sabía todavía. Tenía curiosidad por el trabajo que iba a hacer. Simone había leído mis escritos pero los consideraba de poca importancia, quizás tenía razón, pero en cualquier caso estaba en su derecho. La primera vez que vino era verano, estábamos fuera de la casa; Simone se sentó mientras yo recibía a la visitante. Se sentó en un tronco en frente del Valle de Ródano. Es un espectáculo extraordinario, 150 kilómetros de golpe de vista, el Ventoux en medio. La vista va desde Belledone cerca de Grenoble hasta los Alpilles cerca del Mediterráneo. Estaba sumergida en una especie de contemplación que justificaba su posterior teoría de la atención. Su mirada era extraordinaria de una pureza y una inmensidad extraordinaria; de verdadera mirada de atención sobre los seres. Sonreía poco pero penetrante y se sentía que se daba, disponible. Es difícil de explicar, la impresión de que casi algo cuasi sobrenatural entraba con ella”.

Continúa su descripción: “Era muy torpe, y el menor esfuerzo físico le costaba mucho, por eso el trabajo era muy duro para ella. Era algo increíble. Estuvimos hablando de los elegidos en el Cielo de modo un poco irónico y decía: ‘todo lo que no tuvimos en la tierra lo tendremos en la eternidad’. Esto a medias, porque tenía una concepción de la inmortalidad que sería larga de definir. Era muy divertida, bromeaba fácilmente. Le gustaba contar historias muy divertidas. Un día estaba tan cansada que me dijo que ya no querían que sea profesora, su vida en la fábrica no fue tan bien (porque estuvo en la fábrica y se puso enferma). Estuvo de miliciana en la Guerra Civil Española y tampoco le fue bien. Hubo que repatriarla. Y me dijo: ‘ya no me queda más que la acera’; y yo le dije: ‘no quisiera quitarle su última ilusión pero me parece que ahí sería lo peor para usted’; y me contestó: ‘se equivoca una vez me hicieron una proposición (estaba muy orgullosa) fue un obrero cuando estaba en paro y era muy pobre, parecía muy pobre (que le hizo una proposición, ya me entiende) y había dicho que no’; y el otro le dijo: ‘te pagaré’ y ‘seguí diciéndole que no’. El obrero preguntó ¿Por qué? y ella con mucha calma contestó: ‘porque no me interesa nada’ y le dijo entonces: ‘Pues vaya’ y se fue. Tenía mil bromas y era muy divertida. Cuenta Thibon: “Era muy agraciada, muy guapa con 14, 15, 16 años, pero la conocí con 32 y ya se veía muy avejentada, un poco encorvada y estaba muy enferma. No se cuidaba. Como se suele decir ‘no se escuchaba’, ni siquiera se oía a sí misma”.

En el plano del «orden religioso», el filósofo francés apuntó: “Hablamos mucho sobre esas cuestiones sin llegar a nada. Le chocaba la continuidad que la Iglesia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, consideraba que Cristo era heredero de la tradición griega o egipcia o cualquier otra que no fuera judía, que aborrecía. Era antijudía (en lo intelectual), no era antisemita. Era judía por otra parte (por su familia), esa no es la cuestión, pero era muy dura, lo mismo que discutíamos sobre Victor Hugo y los romanos, también discutíamos de eso. Casi se puede decir que era víctima de una mala fe inconsciente, ya que todo lo que le parecía bien en el Antiguo Testamento lo atribuía a influencias iraníes o egipcias o lo que fuera. Los judíos pueblo elegido por su ceguera, para ser los verdugos de Cristo. Un pueblo sin raíces que ha quitado las raíces al universo. No hay nada más duro que se pueda decir de ellos. Así era, como con los romanos que también eran la abominación de la desolación. Su sed absoluta a veces se desviaba, se trasponía sobre lo relativo, lo que siempre es muy peligroso”.

En relación al trabajo vinícola, destacó: “Trabajaba hasta el final, hasta el agotamiento, con una constancia y ausencia de quejas y de pensar en sí misma que era extraordinario. Lo que hace quizás consideraba la suerte de los campesinos peor de lo que era dada su capacidad para cansarse que no era la de los agricultores. Cuando trabajó para un viticultor amigo, trabajando ocho horas diarias en la vendimia por la noche estaba tan exhausta que se preguntaba si no se habría muerto sin darse cuenta y si el infierno no consistía en una vendimia eterna, mientras que el vendimiador que trabajaba con ella se iba a bailar. Hay una acusación de masoquismo y dolorismo contra ella que me parece completamente falsa. Hay un libro titulado: ‘Simone Weil o el odio a sí mismo’ y como ella decía, cuando se tienen penas de verdad, cuando se es desgraciado nadie puede desearlo (el placer por el sufrimiento). Ella no buscaba el placer, aceptaba el anonadamiento. No tenía nada contra la alegría, nada contra el placer. Deseaba el placer puro, la sensación pura en un estado que sería deseable para todos los hombres con la condición de que el hombre con su voluntad de poder y su lado que busca el placer no se interponga, entre la sensación y el alma”.      

En relación al «catolicismo», el filósofo, afirmó: “Estaba convencida de la divinidad de Cristo, su actitud frente al catolicismo era que creía en la divinidad de Cristo, creía en la Trinidad, y por supuesto en la encarnación porque Cristo era Dios, creía en la belleza de la liturgia, en los sacramentos. Me decía de las iglesias románicas que: todo el arte es mi religión de la que solo me espera mi indignidad, pero si me piden que adhiera a todas las fórmulas del Concilio de Trento, esa no es mi religión. El periodista en ese momento consulta a Gustave Thibon: “Y sin embargo habla usted de conversión ¿Para usted es cristiana? Y responde tajantemente: Sí, salta a la vista. Se había convertido, no al cristianismo, hacia mucho que amaba el cristianismo, sino a la divinidad de Cristo, se lo dijo al Padre Perrin, sentada en un banco que le gusta fotografiar a los americanos que está delante de mi casa y en ese momento me lo dijo más tarde, no me dijo el lugar, me dijo: ‘Cristo descendió y me tomó’. Se identificó de verdad con Cristo, con el sufrimiento de Cristo, lo que le hacía creer en el cristianismo por encima de todo era que Dios haya podido agonizar y desesperar, Dios pudo desesperar de su Padre hasta decir que: ‘si yo pudiera estar un minuto en el estado que estaba Cristo cuando dijo, Padre ¿Por qué me has abandonado?, Daría a cambio el paraíso’.

Luego, el interlocutor pregunta: “¿Sintió en cierto momento que tenía enfrente usted a una santa? Y Thibon responde: “Sí, lo sentí enseguida. Lo que me pareció único o muy raro en la historia del mundo, la santidad… La encarnación total de lo que pensaba, cuando los intelectuales suelen ser tan falsos o lo tienen quizás como una aspiración o más bien de inspiración, las dos cosas, es decir aspiran a su inspiración pero a menudo son mensajeros de Dios, sobre todo los poetas y a veces los sabios que se esfuerzan por no vivir lo que dicen”. La siguiente pregunta, refirió: “¿Recuerda cuando la vio por última vez?”. A lo que rememoraba: “Sí, es un recuerdo imborrable, que forma parte… Me cuesta hablar… pasamos una noche en su habitación que estaba cubierta de esteras. No había libros, o tan pocos que no merece la pena hablar y no vimos pasar el tiempo. Fue una experiencia única en mi vida, que hablo sin interpretarla. Yo sabía y no exagero diciéndolo que a cada frase sentía lo que ella me iba a contestar y recíprocamente como si hubiera una comunión más allá de las palabras, y las palabras estaban sobreañadidas por decirlo así. La única experiencia del estilo en toda mi vida. Y le dije: ‘creo que somos almas bien emparentadas’ y me dijo: ‘jamás dude de ello’. No era afectuosa, no le gustaban las manifestaciones físicas, no hablo de amor, no era la cuestión para ella, ni siquiera de amistad, besarse, darse la mano como mucho. La besé cuando se marchaba. Me acompañó por la Rue Marengo, me acuerdo bien, ya era de día, habíamos pasado la noche hablando. Me acompañó, le dije adiós, fue muy emocionante, le dije adiós en este mundo o en el otro, y me dijo: ‘en el otro no nos volveremos a ver’. Era una ironía, no nos volveremos a ver como somos ahora, en la actualidad, en el tiempo. Se fue en ese momento, la vi marcharse, con su capa y su boina y no la volví a ver”.

Finalizó la entrevista Thibon, diciendo: Tuve sueños donde la veía con una intensidad que no era de este mundo. Es difícil y casi impúdico hablar de todo esto. Es lo que sentí. Sentí la verdad, que de verdad me quería, era conmovedor. Volvía, no estaba muerta, aunque hacía tiempo que nos habíamos dicho adiós. No había muerto. Nos volvimos a ver, en una luz, en una plenitud increíble aquí abajo. Hay dos tipos de sueños dice… El sueño de la puerta de arriba y el sueño de la puerta de abajo. Podemos analizar mucho la de abajo y no lo suficiente la de arriba. Fue divino, extraordinario y lo curioso es que volvimos a lo temporal y quizás así es la eternidad. Lo temporal es pueril si podemos hablar así. Le presenté a una amiga dueña del Castillo en Saint Marcel D’Ardeche. Simone tenía cierta veneración por la aristocracia. Es curioso, sí, por lo histórico. El pasado tenía para ella un color de eternidad. No solo la aristocracia sino todo lo que podía representar una tradición… Los campesinos, los apellidos, los artesanos. Le presente a esta señora del lugar y me líe contándole las genealogías que no importan nada, que si descendía de tal o cual, sin importancia y todas esas tonterías estaban iluminadas por esa misma luz de eternidad con la misma emoción e intensidad como si fueran detalles. Fue la última visión que tuve de ella sin interpretación. Fue el encuentro más importante de mi vida”.

SU MUERTE           

Una vez instalada en Inglaterra con tan solo treinta y cuatro años de edad, mientras trabajaba para la Resistencia Francesa, se imponía severas restricciones en cuanto a las raciones de comida y descanso. Se alimentaba apenas con lo justo y dormía en el suelo de su despacho, luego de largas horas de trabajo. Su cuadro de tuberculosis se agravaba debido a las penalidades a modo de sacrificio: “No puedo sentirme feliz ni comer a gusto cuando siento que mi pueblo sufre”. Primero se la internó en un hospital de «Middlesex el 26 de julio de 1943». Posteriormente, sería trasladada al hospital «Grosvenor Sanatorium de Ashford», allí diría: “Un hermoso lugar para morir”, mientras contemplaba por una ventana abierta una imagen campestre llena de árboles. La muerte no le causó estragos, ya que murió el «24 de agosto de 1943» de un paro cardíaco debido al debilitamiento de los músculos del corazón mientras dormía sin indicios de dolor, según indicaron los médicos que la atendieron. El «30 de agosto del mismo año» sería enterrada en el cementerio de Ashford, en una zona reservada para católicos. Asistieron siete personas a su entierro, entre ellos «Maurice Schaumann» que leyó unas plegarias del Misal Romano. Se depositó en la tumba un ramo con los colores de Francia para que la acompañara en su descanso eterno.

El mismo «Schaumann», relató sobre ese día: “Fueron siete personas, entre ellos, una limpiadora con la que había compartido alojamiento (vivió en su casa). Tenía una hija. Esta mujer era incapaz de entender una palabra del pensamiento de Simone Weil, que tampoco quiso hablarle de filosofía, a la hija todavía menos. Le dio algunas clases, y quizás, lo que más la acerca a la santidad era que irradiaba tanto interés por el otro, por la personalidad del otro, que cuando esta limpiadora se enteró de que Simone había muerto (perdone pero al recordarlo me cuesta no llorar) renunció a un día de salario (fue su sacrificio), se montó en el tren y arrojó a la tumba un ramo tricolor que ella misma había hecho”.

Poco antes de morir, le escribió una carta a sus padres, donde dijo: “No pierdan la esperanza. Sean felices”. Esta frase, precisamente, resume todo lo que Simone Weil representa, es decir, en cuanto a su obra, su vida y el ejemplo que transmitió a la posteridad en su «incansable búsqueda y amor por la Verdad» hasta el sacrificio de sí misma. Ese es su legado.

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Ignacio A. Nieto Guil

Nacido en Argentina, actualmente es articulista para diversos medios nacionales e internacionales, entre los que se destacan publicaciones en: La Abeja (Lima, Perú), España Confidencial (Pamplona, Navarra), Cruz del Sur Centro de Estudios (Buenos Aires, Argentina), Fundación Libre (Córdoba, Argentina), Finanzas San Luis (Argentina), Biblioteca Kierkegaard Argentina (Buenos Aires), Tradición Viva (Madrid, España), nuevatribuna.es (Madrid, España) y chesterton.es (Madrid, España). Además, en el Diario La Prensa (1869) de Buenos Aires y El Litoral (1918) de Santa Fe en su versión digital e impresa.

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