La fragilidad en el amor humano

🗓️22 de febrero de 2022 |

Un dolor muy grande se da por un lado cuando se desea amar y se ama fuertemente, pero por otro se camina por carriles distintos en la vida, dándose una incompatibilidad con la realidad que, sin embargo, en la profundidad del alma los dos espíritus van tomados de la mano puesto que trascienden en su alteridad. He aquí el verdadero peso ontológico del amor. No obstante, por fatalidad: “es al separarse cuando se siente y se comprende la fuerza con qué se ama”, sentenció F. Dostoievski; allí, precisamente, deviene este aprendizaje en la realidad contemplando un amor desde lejos y desde la realización que no pudo ser.

El problema de la vida actual, más allá de haber un conflicto de ideas, es un problema en un contexto preciso de la vida, es decir en su faceta de realización singular e individual.

En este siglo, en particular, el pensamiento debe adentrarse de lleno al terreno filosófico existencial de los sujetos “concretos”. Ya no disputar los grandes universales o abstracciones sistémicas alejados de la experiencia vital que hoy se encuentra en crisis, como el amor humano. En el sentido antedicho, se ha perdido una especie de metafísica relacional con el “otro” de manera sincera, donde ya no prima el sujeto con su verdad y autenticidad, sino la versión inauténtica que impone el mundo y de cómo mi “yo” se presenta y se hace representar ante él.

El encantamiento estético que se vive actualmente no es sinónimo de belleza en absoluto. El primero pertenece al campo de lo material, lo externo y extravagante, por la presión e inseguridad social de los tiempos líquidos presentes. El segundo se inserta en la realización del ser, de forma inmaterial, esto es, espiritual, buscando el bien y la verdad acorde a la naturaleza y esencia del objeto a representar, como la belleza del cuerpo que no es un instrumentalizable reduciéndose a una cosa sin valor y que, según Francisco Caballero García, en un estudio exhaustivo sobre Gabriel Marcel, sostiene que a través del cuerpo la persona se “expresa”, se hace “presente” y “dispone” en relación a los demás:

“(…) Nuestro cuerpo es la mediación de nuestro amor… El ‘cuerpo sujeto’ del que habla Marcel participa de modo misterioso del amorEl ‘cuerpo sujeto’ descubre en signos corporales, perceptibles por los sentidos, la realidad del otro que se hace patencia (manifiesto) presencial a través de su cuerpo, de sus gestos, de sus palabrasMi cuerpo es la manifestación de mí ser existente. Por él me hago reconocer, que es más que darme a conocer (…)”.

MODAS

En efecto, se trata de una pérdida de valor de las relaciones humanas, ya que en este tiempo se vive una despersonificación del individuo transfigurado ya no como un verdadero ser dotado de unicidad y trascendencia, sino como mera puesta en escena en la vida social y de su teatralización vacía, ya sea por las modas impuestas o la decadencia que hoy reina en todos los escenarios sociales; fallando, en consecuencia, la verdadera autenticidad humana que debe florecer en la vida social para con otros individuos semejantes a uno.

Esto debería ser así, pues, en efecto, lo primero y más importante son las relaciones con el “otro”, luego viene el mundo, es decir en su corporeidad: el mundo del trabajo, del dinero, de la diversión, los viajes, los deportes o la exposición virtual, cuando son, justamente, excesivos o como forma única de realización individual; pasando de esta forma el “otro” a un plano infravalorado por sobre aquella interacción que se tiene con el mundo. Ya no hay comunidad de dos almas en un proyecto único, sino objetivos individuales en miras de idolatrarse y satisfacerse a nivel personal.

Muchas veces en las relaciones humanas de nuestro tiempo se presentan dos mundos. Un camino del “yo” donde impera el egocentrismo que lleva a la superficialidad y a la búsqueda de “experiencias” vacías y materiales sin ningún aporte al espíritu o un camino que busca desarrollar la interioridad en miras a trascender la mundanidad imperante, como así también el “peso humano” de las miserias personales. El mundo parece inclinarse por la primera versión de un “supuesto amor” vacuo. He aquí el porqué de tantos romances rotos en la actualidad. Mucho de ello se debe, entre otras cosas, a la frivolidad del mundo social y a ganar en apariencias ante una sociedad que presiona inauténticamente al individuo, dejándose éste arrastrar por la corriente. El filósofo danés, Søren Kierkegaard, diagnóstico el mal social de nuestra época: “la sociedad (mundo aburguesado) ha construido, sin embargo, un sistema completo de ensordecimiento mutuo, una vida perdida en salones, convencionalismos y ocio visiteo”.

Rafael Gambra en El Silencio de Dios nos dice al comienzo del capítulo VII “El Juglar de las Ideas”: “esa misteriosa penetración de la tierra y del tiempo con el alma de los hombres mediante la cual se convierten ellos en mansión y en historia santa; esa transfiguración del hombre en su obra: esto es lo que no comprende el insensato, y lo que provoca su crítica y su rebelión individualista. Y es precisamente el sentido de las cosas, fruto del compromiso y de la domesticación, lo que combatirá con la argumentación lógico-racional de una razón desvinculada de todo asidero existencial y humano”. El insensato ve solo con los ojos; con los ojos corporales o con los de la razón pura, nunca con la mirada del amor, de la entrega, y de la comprensión auténtica…”

A su vez, un error grave es anular y separar los actos de la personalidad, pues en las acciones que ejecutamos develamos la mirada interior que tenemos sobre el mundo. A pesar de la diferencia entre la personalidad de un sujeto con otro, se debe velar por la búsqueda de la verdad en forma pacífica, en una única dirección hacia la apertura vital y trascendental que deviene en el misterio de la vida que, precisamente, no debe estar condicionada por las perspectivas preestablecidas del entorno o la circunstancia que conducen a falsos caminos.

Este proceder en mundo se renueva en un amor constante. Es una realización parecida a la actitud espontánea del filosofar o, en otros términos, de reflexionar en pos de la propia “búsqueda del ser”. Gabriel Marcel sostiene que se trata de una exigencia ontológica, un “hambre de ser en el fondo del alma”. Una exigencia siempre presente y experimentable, porque en vez de reducir la vida a “tener” con la identificación de lo que se posee disminuyendo al hombre al nivel de las cosas, se debe “ser” en el sentido que me incorporo a la presencia de un misterio, tomó parte en él, me hago participe a través del “recogimiento” y, de esta manera, profundizo en aquellas cuestiones esenciales de la vida.

Sin embargo, el insensato no puede recogerse a sí mismo, puesto que está embriagado de harta soberbia y frivolidad material, volviéndose su propio tirano, y aún más, en forma tan decadente cree con gracia burlona que su camino es el único y el más importante. Su sombra va por delante de él y con presura la esparce a su alrededor. No obstante, en el fondo de su alma se ancla el vacío, pues camina por un desierto de ilusiones que nada lo llena.

Dice Marcel, “la esperanza es quizás el tejido del que está hecha el alma”. El ser humano debe realizarse en torno a la “esperanza”, el “amor”, la “fe”, la “disponibilidad” y la “fidelidad” que de dicha exigencia se emana en busca de trascender la realidad cotidiana. Por ello, la vida no debe reducirse a un problema sino que debe contemplarse como un misterio mediante una disposición del espíritu esperanzadora para vencer cierta desesperación o perplejidad ante un mundo carente de luz metafísica, y en constante ruido y aturdimiento.

Esta profundización y exploración de los aspectos vitales es una tarea por supuesto filosófica. Y aquí no me refiero a la tarea disciplinaria del filosofar, ya que en mayor o menor medida el ser humano de por sí reflexiona en un sentido bueno o malo, puesto que en la fragilidad de las relaciones humanas no hay que dejar de tener presente como aseveró Dostoievski: “el bien y el mal luchan constantemente y el campo de batalla es el corazón del hombre” en otra frase el autor ruso alerta: “no nos olvidemos de que las causas de las acciones humanas suelen ser inconmensurablemente más complejas y variadas que nuestras explicaciones posteriores sobre ellas”.

No obstante a este acto de reflexionar como condición natural del hombre, muchas veces las personas ejecutan una perspectiva ajena y cada vez con mayor frecuencia por la inautenticidad y la falta de pensamiento crítico que hoy se vive en el ambiente social.

Una idea que al fin y al cabo repercute en las acciones concretas; y sobre todo en la trama relacional con el “otro” y, justamente, en el “amor”.

FILÓSOFOS

A pesar de lo anterior, hay personas que dan más claridad a ciertas ideas que otras a través de la crítica en un camino de discernimiento de la verdad, como un filósofo de verdadera vocación o un simple individuo que profundiza en el sentido de la vida con cierta sensibilidad e intenta expresar muchas veces sin ser comprendido, cuestiones que deben ser revisadas actualmente a nivel social, familiar o amoroso. Consecuentemente, este tipo de filósofo camina por la vereda opuesta al insensato ya descripto.

Asimismo, cuando se avanza por zonas un tanto desconocidas para el pensador surge, pues, una mirada nunca antes vista de autenticidad que revaloriza la metafísica humana en relación a tener que “ser” y “existir” o del “tu” y el “yo” en la concepción ontológica Marceliana, siendo, en tantas ocasiones, su inserción en lo relacional con el “otro” algo penoso a la sombra del mundo y las miserias humanas que evita ser un “nosotros” firme por el arraigo del individualismo en las sociedades modernas.

Y el problema para este pensador auténtico, es que al estar comprometido con todo su persona en el pensar, no recibe el entendimiento como se expresó anteriormente por parte de sus semejantes anclados en la mundanidad y lo circundante, y por ende, le resulta difícil asumirse como alguien que puede dotar de sabiduría a su entorno.

No poder demostrar una cuestión profunda es el gran drama de un corazón debilitado por el mundo. Pero a diferencia, con sus errores y miserias como toda persona, posee una elevación espiritual que no lo lleva al autoengaño para enfrentar el drama de la existencia, la muerte, el misterio del existir y de Diosque el pensamiento cientificista, racional e ideológico, y actualmente a cargo del hombre frívolo y aburguesado, arremetió en su destrucción, y sin embargo, son dilemas siempre presentes en el corazón de todo humano digno de sentir. Dilemas, por supuesto, que sólo son asequibles a través de una disposición del espíritu, donde no hay respuesta pero si un llamamiento constante y un alumbramiento del alma.

En definitiva, el problema del auténtico filósofo en el del S. XXI es que todo el derrumbe metafísico actual derivó en buena medida a la desesperación como una enfermedad espiritual de “autoengaños materiales”, asfixiando las potencias del alma para arribar al “misterio del Ser” como un misterio de la vida del que nos habla el existencialista francés. Sin embargo, el hombre de hoy transita sobre una difícil encrucijada en la vida contemporánea, debiendo con urgencia emerger de las penumbras como consecuencia de este siglo afligido que va pesando en tantas almas y relaciones humanas.


Ignacio A. Nieto Guil

Actualmente es articulista para diversos medios nacionales e internacionales, entre los que se destacan: La Abeja (Perú) y España Confidencial. Además, en Cruz del Sur Centro de Estudios (Buenos Aires), Fundación Libre (Córdoba), Finanzas San Luis, Biblioteca Kierkegaard Argentina, Tradición Viva (España), diario La Prensa (1869), El Litoral (1918) en su versión digital e impresa y Chesterton.es.

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