Crisis cultural e identidad pérdida

🗓️17 de junio de 2022 |

«Dicen amar la verdad, pero quieren a toda costa que sea verdad aquello que les interesa». San Agustín de Hipona. 

El mundo de hoy ha enterrado un mundo más sano y auténtico, olvidando que hay algo completamente distinto a lo que es la “cultura de hoy”. Y digo solamente más sano y auténtico, porque cada período humano se enfrentó a sus «dificultades», sin caer en puritanismos de épocas pasadas, ya que sería una falsedad romantizar tramos históricos ni mucho menos describir supuestas «propiedades dialécticas» de avance historiográfico. Pero hoy, quizá, asistimos a la mayor delicuescencia que haya registrado la humanidad. El S. XXI es, en efecto, un siglo «vacío en sí mismo». Un siglo donde está en juego la «existencia entera», y ya no los grandes aparatos políticos, económicos o ideológicos que a eternum se vuelven a discutir, asfixiando la verdadera realidad humana. Hoy el problema ronda lo «exclusivamente humano» y ponderar otras cuestiones es «falsear la realidad misma» (o su drama); la que nos toca «vivir» en este siglo.

En este sentido, el «estado de ánimo» de una sociedad determina lo cultural; y su diagnóstico no podría ser otro que el de «enfermedad». El filósofo «Søren Kierkegaard», hace dos siglos afirmó: “El estado actual del mundo y de la vida en general es uno de enfermedad. Si yo fuera un doctor y me pidieran mi opinión, les diría ‘Creen silencio’”. Lo que la actualidad marca es a un hombre que no encuentra identidad ni asidero espiritual, puesto que no puede sumergirse en su «espíritu». Un mundo que se ha alejado de la «inmortalidad del alma» es, por ende, una cultura que ha perdido la «eternidad» como norte. Así pues, la «crisis antropológica» que vive el ser humano hoy ha creado un ambiente que se ha alejado de una mirada «trascendente». Naturalmente, el «catolicismo» en nuestro tiempo parece exagerado porque, ciertamente, es «excelente», en un tiempo no acostumbrado a la excelencia. Y sobre todo, la «fe» es un «verdadero arte» dotado de «Belleza Absoluta», cuyos artistas encuentran un refugio en tanto que son «auténticos inadaptados al mundo». Entonces es posible afirmar que el «cristianismo» es natural a todo espíritu bien predispuesto que no se contenta con la pequeñez del mundo; y como es natural, necesariamente es «verdadero». El cristianismo puso de rodillas a emperadores del tamaño de Constantino y Teodosio I; o a reyes como Clodoveo I. Tal vez a nosotros sin vastos reinos nos haga también arrodillar en un acto de mayor humildad que a esas monumentales figuras que, en cuyo caso, asumieron que todavía había alguien más por encima de ellos. 

El «P. Leonardo Castellani» en su libro «San Agustín y nosotros», se pregunta: “¿Qué es la cultura?” y responde: “Cultura no es sino el esfuerzo por mantener vivificar y revivificar y convivificar una tradición”; “Cultura es el esfuerzo por vivir una tradición”; y luego nuevamente pregunta: “¿Qué es tradición?” A lo que contesta: “Tradición es ese mundo ideal de cosas humanas positivas que heredamos al nacer sin merecerlo y sin agradecer”. Finalmente, termina sentenciando: “El mundo de la civilización en que nacemos no lo podemos crear nosotros: lo podemos destruir en nosotros mismos, por de pronto. Parece mentira lo que voy a decir; pero este universo moral e intelectual que es patrimonio vacilante de la Humanidad mucho menos lo podrían crear los hombres solos que el universo físico. Parece mentira pero es así. ¿Cómo es entonces que lo pueden destruir?”. Ninguna sociedad es independiente respecto a la incidencia del tiempo que le toca vivir; más bien sucede todo lo contrario. Si el imperio romano cayó producto de su gran «decadencia moral y espiritual» a través del olvido de su «herencia tradicional», no hay que olvidar que también todo lo conocido en la actualidad, es decir el sistema político, económico y filosófico moderno también puede perecer de la misma forma, como tantos imperios y sistemas del pasado. No hay que mofarse, así pues, del «sentido espiritual del tiempo» y su «incidencia escatológica». 

Cuando «Aristóteles» afirmó que el hombre es un animal político (zôion politikón) se refería al hecho de que el hombre vive necesariamente en sociedad o, lo que es lo mismo, está necesitado de ella: aquello, según la RAE, a lo cual es imposible sustraerse, faltar o resistir bajo el vocablo «necesidad». Esto es verdad. Y hasta a veces es un mal necesario cuando está «perturbada», pues tampoco podremos escapar al estar necesariamente insertos en ella; y es así que siempre terminará contagiando a más de uno, por no decir a muchos. El filósofo estagirita termina diciendo que el hombre fuera de la sociedad o es una bestia o un dios. También es verdad. Sin embargo, el hombre es una «realidad íntima» que funda una «pequeña comunidad a su alrededor» que no se extiende más allá de su «actuar concreto». Es íntima en tanto que es «preciada y cuidada», fundada más que en una simple sociedad artificial, en una «comunidad» de «lazos» auténticos y, a la postre, «perennes». La sociedad puede ser indistinta e indiferente y, por tanto, heterogénea, es decir con valores relativos. En cambio la «comunidad», está dotada de «vida y sentido», queriendo el bien de cada uno de sus miembros y no su postración, a la que estamos acostumbrados en las “modernas” sociedades del S. XXI

EL PROBLEMA DE VIVIR EN LA SUPERFICIALIDAD:

Más allá de los «problemas naturales a la realidad humana», la modernidad los «potencia compulsivamente». Para establecer qué es la «superficialidad vital», se podría distinguir en el hecho de que hay personas que «fingen» en medio de una «exterioridad vacía» o hay personas «auténticas» que muestran su «transparencia», obviamente con sus miserias, no cayendo en engaños, puesto que se muestran tal cual son. Pero, en definitiva, todos estamos atravesados por la felicidad, el dolor, las miserias, los miedos, la valentía o la resiliencia, entre otros. En general, quien finge en lo externo es porque sufre más el «peso de la vida», o sea en aquello que quiere «ocultar» ya sea para hacer caso omiso y de esta forma liberarse momentáneamente del sufrimiento de una vida «vaciada de valores» o, ya sea, para no exhibir cierta debilidad ante los demás y demostrar, en efecto, «superación» aunque internamente esté marcado por la «desesperación». En consecuencia, la «modernidad» incide patológicamente en el individuo, lo carcome por dentro en depresiones, problemas en la autoimagen e inseguridad, en sus relaciones filiales o amorosas con sus semejantes; o, simplemente, en cómo se comunica con el mundo y, por tanto, como el «yo» se muestra en formas «no correlativas con su esencia y existencia». Tal vez sea preciso decir que el «S.XX» sea el siglo de la «angustia» y el «S.XXI» sea el siglo de la «indiferencia» a consecuencia de esa angustia y del nihilismo heredado y potenciado. Hoy asistimos al «espectáculo de hombres indiferentes». 

Los «mundos artificiales», esto es, los «mundos aburguesados» a través de la “selfie”, las fiestas, las modas, el dinero, el materialismo o la frivolidad, resultan ser «mecanismos de anestesia contra el vacío vital» y, por ende, las personas que llevan una vida así no tienen un «sentido claro por el cual vivir». En efecto, estas personas engañan a los demás (y en el fondo así mismas) al no aceptar la construcción de un «camino auténtico» que, inevitablemente, los lleva a un estado de «egoísmo y soberbia», queriendo quedar bien con esos “mundos” a través de una proyección vacía del propio «yo». Dicen amar, pero cuidado, a partir de un romanticismo, de un sentimentalismo e idealizando. «Amar es realismo» y, además de un fuerte compromiso, es renuncia a los mundos expuestos por el «ser amado» que vale mucho más que «círculos vacíos y viciosos» donde giran tales sujetos. Es la construcción de acciones concretas que lo demuestren. Por ejemplo, estar pendiente de la propia imagen y de la satisfacción de metas individuales, no hace más que derivar en un egoísmo personal. Sin embargo, el «espíritu que aspira a la verdad», se resiste a todo lo anterior. Cuando logra vencer un «estado afectivo que lo domina» y que lo tenía atado a las personas descritas, pasa a la «luz del realismo»; allí cae en cuenta de la realidad, la acepta y la supera, en miras de volver a su camino y esperar cosas mejores, no anclado en lo dañino. Consecuentemente, en el amor no pueden haber «dos mundos» y una persona presentar una «doble cara», es decir pretendiendo mostrar un mundo falso de «autenticidad» y luego estar en “su mundo” verdadero: «el artificial». Por naturaleza se da un quiebre. Y ello también es «realismo»

Quienes viven en este «mundo artificial» descrito precedentemente, están atravesados por el «plano estético de la existencia» que muy bien supo develar el pensador danés, «Søren Kierkegaard». El «P. Leonardo Castellani» gran estudioso del dinamarqués, tomando su análisis de los «estadios existenciales» y relacionándolo al problema que tiene la «persona estética» respecto de la «Verdad», sentenció a todas luces: “Todo esto es muy lindo y fácil, pero aquí viene una cosa importante: subir esta escala del conocimiento no es fácil: muchísimos no pasan del primer escalón y muchísimos se rompen la cabeza desde los otros. Esto no lo puede entender el que vive en el Reino de la Opinión, los que llamaremos en otra conferencia «estéticos» los que viven en el plano estético, de αἴσθησις (aisthesis) sensación. Los que andan en el plano estético son los que revolotean en la superficie de las cosas, los que asienten fácilmente a cualquier cosa, los que cambian de ideas, de creencias y de caminos como cambian de traje, en suma, los que no ejercitan su inteligencia sino para procurarse cosas (materialistas). Su guía es el Placer. Éstos hablan a veces mucho de la Verdad, pero no la aman. No la conocen. Están privados del bien de la certidumbre; y por tanto carecen de sosiego; son presa de la Solicitud Terrena. Para obtener el sosiego deben obtener primero el desapego. Es tal la condición humana que no puede llegar a los grados sumos de conocimiento sin despegarse de los ínfimos

Así pues, al llegar a un grado elevado de «conciencia espiritual», no hay que tener miedo a decir la verdad ni al propio saber cuándo uno lleva un camino en pos de adquirir sabiduría. Pienso en «Kierkegaard» o el «P. Castellani» a los que he citado, quienes se enfrentaron a la mentira disimulada y los engaños reinantes; pues en este aspecto el profeta jesuita de Reconquista afirmó que: “Siempre la Verdad ha sido difícil, su patria no parece ser la tierra, pero en nuestros días han surgido fenómenos nuevos, obstáculos enormes, grandes maquinarias de obstrucción y de falsificación”. Justamente, quien busca la verdad no necesita quedar bien con nadie. Solo con la verdad. Aristóteles decía: “Platón es mi amigo, pero más amiga la verdad” (Amicus Plato sed magis amica veritas). Y, a pesar de que uno se puede equivocar, siempre es con el «ánimo de buscar la verdad». Porque, ciertamente, el espíritu de una persona debe crecer al lado de la «otra», no absorberse en sus miserias “disimuladas”, falsificadas o escondidas, no reconocidas y manipuladas y, sobre todo, generando en el «otro» un ánimo de «contradicción», para rebajarlo moralmente

En un excelente libro titulado «Tristeza y Acedia. Aportes de la sabiduría cristiana a dos problemas contemporáneos», de editorial «Lectio», cuyos autores son los profesores: Hugo Costarelli Brandi (Ed.); Rubén Peretó Rivas y Santiago Hernán Vázquez. En un breve capítulo «La acedia cultural. Necesidad de desarticular los mecanismos que generan hombres de espaldas a su condición» sostiene Vázquez que el ser humano está: Sometido a excitaciones de todo orden (propaganda, radio, cine, carteles, hoy internet, dispositivo móvil, etc.) que estimulan su ambición, su sexualidad, su gula; el alma entra en inflación y comienza a emitir moneda falsa. Estallaría si debiera reaccionar profundamente ante cada una de esas solicitaciones. Así es que después de algunos años de ese régimen, las reacciones afectivas de un individuo se empobrecen, se empequeñecen, se rebajan al plano del juego y la ficción (ejemplo en las emociones que provoca un like o en cómo la realidad afectiva de los individuos está condicionada por las relaciones del Facebook o el instagram, por las reacciones). Al fin, los estados afectivos más naturales y profundos se hacen en el alma agotada, tan irreales, tan falsificadas como el mundo de las máquinas”. 

A continuación, el autor, asevera que: “Esta ficción humana necesita blindarse. La felicidad de los sentidos (usurpando la felicidad del espíritu y buscando también ella una satisfacción infinita, como decía Mauriac) se resiste a renunciar a su objeto. Por eso dirán estos autores, en un aporte muy esclarecedor, que en la actual situación hay una suerte de búsqueda o sumisión a lo que enferma. La técnica pide más técnica; los fracasos humanos de la civilización técnica se intentan curar recurriendo a ella. En efecto, para tapar el hastío se genera una industria de la diversión y esa diversión consiste muchas veces en ser espectadores de nuestro propio hundimiento”.

Luego se cuestiona: “¿Qué se puede esperar de un hombre sin interioridad? Tal hombre no conoce al hombre. No se conoce a sí y tampoco a los otros. Conoce sí, y a la perfección, el perfil de Facebook (o instagram en la actualidad) de muchísimos. Pero los otros son solo objetos para él, a veces solo blancos para descargar sus pulsiones instintivas. En efecto, las relaciones humanas son hoy, cuando no una lucha de poder que puede llegar y llega muchas veces a la violencia, un mero contrato de mutua complacencia con fecha de vencimiento.

Finalmente, sentencia: “El daño que nos generan no es evidente sino hasta que nos percatamos de él en el tedio, en el hastío, en la insensibilidad, en el estrés, en una vida adulta anestesiada para comprometerse en grandes empresas reduciendo la existencia a una búsqueda casi espontánea de dinero, de satisfacciones pequeñas permanentes, de poder, de comodidad. Estamos así, como dijimos al inicio, frente a ‘una soledad sin naufragio y sin estrella’. Se trata de una civilización que ha suprimido los riesgos al mismo tiempo que el destino, el sentido de nuestro peregrinaje”. Es muy importante destacar la «falsificación de la realidad humana», que bien como sostiene el autor, se rebajan las «auténticas relaciones interpersonales» a un plano del «juego y la ficción», donde se pierde, justamente, el carácter «serio y trascendente» de la vida a través de una «exterioridad ficcionada» en un «mero aparentar». Hombres y mujeres rebajados a condiciones burlescas, donde no pueden desplazar el capricho aburguesado al que se ven sometidos ni tampoco asumir la «responsabilidad de existir» en miras de «trascender la mundanidad imperante». Quizás el tedio, el aburrimiento, el hastío, el vacío o la desesperación, se deban aplazar mediante «mecanismos narcisistas» que no hacen más que hundir al individuo arrastrando su vida a un abismo; a depresiones donde los sujetos no asumen la realidad que es, sino que van en busca de una realidad que quieren acomodarla a su arbitrio y para ello demuelen la «naturaleza intrínseca» de las relaciones que deben basarse en la «verdad», ya que solamente así podrán perdurar en un «asidero espiritual» que dota, precisamente, de nobleza a aquellas personas que no quieren caer en una realidad que solamente busca «engañar».

Etiquetas: , , ,

Ignacio A. Nieto Guil

Nacido en Argentina, actualmente es articulista para diversos medios nacionales e internacionales, entre los que se destacan publicaciones en: La Abeja (Lima, Perú), España Confidencial (Pamplona, Navarra), Cruz del Sur Centro de Estudios (Buenos Aires, Argentina), Fundación Libre (Córdoba, Argentina), Finanzas San Luis (Argentina), Biblioteca Kierkegaard Argentina (Buenos Aires), Tradición Viva (Madrid, España), nuevatribuna.es (Madrid, España) y chesterton.es (Madrid, España). Además, en el Diario La Prensa (1869) de Buenos Aires y El Litoral (1918) de Santa Fe en su versión digital e impresa.

Esta web utiliza cookies para obtener datos estadísticos de la navegación de sus usuarios. Si continúas navegando consideramos que aceptas su uso. Aceptar y continuar | Más información