WHISKAS, SATISFYER Y LEXATIN: ¿EL NUEVO OPIO DEL PUEBLO?

🗓️19 de agosto de 2023 |

Estaba en deuda conmigo mismo y, nobleza obliga, con Esperanza Ruiz, autora de Whiskas, Satisfyer y Lexatin, recopilación de algunos de sus artículos que, «haciendo amigos», llevan pululando sin descanso y percutiendo sin pausa desde hace algún tiempo. Méritos, sin duda, han cosechado para esa mordaz presencia y ese bien ganado estatus de «mosca cojonera» por el punzante e incisivo contenido en muchos de ellos. 

Confieso, por otro lado, que no es la primera vez que doy una oportunidad a gran parte de estos relatos que, en formato blog, empecé a descubrir hace años en aquel entrañable y primigenio Tiercé Gagnant. ¡Contigo empezó todo!

Luego, serían sus artículos en digitales o este libro –es mi segunda lectura–, que humildemente reseño y fervientemente recomiendo, los que me darían la oportunidad de confirmar su talento y de que, ante mí, se revelase y rebelase la forja de una escritora pujante, con una asombrosa capacidad de, sin aparente tradición o formación literaria –ella es de Ciencias–, escribir con conocimiento de causa y una deslumbrante riqueza de léxico, jergas, alusiones y referencias de toda condición y clase. Vamos, una especie de todoterreno con una miscelánea visión desde su más que privilegiada atalaya mediterránea.

Revelación y rebelión –no es lo mismo un traje de faralaes que el hábito de carmelita terciaria–, pues, van de la mano de esta autora de la que, por otro parte y red social, me atrajo una mención al término «lectura oblicua» en un post en Facebook y, poco después, sus comentarios sobre el escritor británico David Lodge y sus novelas, objetos de mi trabajo final de los cursos de doctorado en la previa al cambio de siglo allá por 1999. 

Ha llovido, nevado y, sobre todo, nos han engañado como a españoles. Sí, como a españoles. Lo de «chinos» ya no cuela. Ahora, desgraciadamente, éstos son el sujeto del predicado verbal mientras nosotros, por razones varias, nos hemos convertido en el hazmerreír de todo el orbe y no exclusivamente por la presencia de Whiskas para la mascota de marras, un Satisfyer para calmar alguna que otra necesidad sexual y un Lexatin que combata la agitación, depresión o ansiedad de este acelerado y cada vez más desnortado  mundo.

Y si con el mundo del converso Lodge y la permanente casuística y jocosas casualidades de sus obras comenzaron mis good vibes, la consolidación del «flechazo» no tardaría mucho en llegar tras navegar por el blog citado en el que, sin complejos ni tapujos, Esperanza Ruiz repartía a diestro y siniestro; sobre todo, a gauche y sin solución de continuidad. A buen entendedor, pocas palabras, y esos golpes que se ahorra. En otras palabras, sin conocerla, me había convertido en hooligan de sus historias

Reconozco, también, que, la citada proliferación de referencias y alusiones ya era entonces una constante por lo que, en ocasiones, tenía la sensación de estar sucumbiendo ante una escritora de tronío, multi-tasking, y con munición a raudales para derribar cualquier escollo que obstaculizara su único, personal e intransferible punto de vista. Desde luego, hasta la ruleta rusa podría darte más garantías de supervivencia en un tête à tête literario o una conversación con la protagonista, aunque muchos hayan llegado a poner su existencia en tela de juicio. De misterios, como el del drama sacro-lírico de Elche que año tras año embauca a nuestra «desconocida», también se vive.

La exclusividad de Esperanza está fuera de toda duda, como el manejo del arma que se le requiera para el duelo en cuestión: sable, pistola o…pluma. En cualquiera de los casos, aviso, concentración absoluta para evitar morder el polvo y rendir la posición con bandera blanca en el caso de ser ajeno al propósito y contenido de lo que lees, de ser ese lector opuesto al lettore in fabula definido por Umberto Eco o ajeno a la lectura epidérmica de las misivas entre Laforet y Sender, como recuerda la autora en uno de sus relatos. Cuestión de tiempo, como todo en la vida, para adquirir solvencia, dedicación, sabiduría y compromiso. La inmediatez actual, ni que decir tiene, no es buena compañera de viaje en estos erráticos días.

Y, aunque hay serios conflictos y emotivos recuerdos generacionales entre los artículos de Esperanza Ruiz, también aparecen evidencias de su excelsa observación, un oceánico muestrario, una amplia gama, desde el puesto franco (¿he citado a Franco?) de su feminidad con la escopeta bien cargada para disparar contra todo lo que se menee en ámbitos que van desde la política, nacional e internacional, hasta el aborto, pasando por sus refinados y cualificados gustos estéticos, artísticos, culturales o de moda. Lo dicho, los horizontes de la autora no son nada desdeñables, sino un potosí.

Esperanza nos invita a ser audaces en «Volver» dentro del primer bloque de historias ahora que la valentía –y la necedad– disparatadamente se mide por lindezas tales como aprobar leyes que fomentan la libertad de agresores sexuales, dejar el gobierno de la Nación a merced de terroristas e independentistas o enseñar las tetas sobre un escenario. De todo hay en la viña del Señor. Ora pro nobis.

En otras palabras y recordando al gran Chesterton y lo de la hora de desenvainar la espada para demostrar que el pasto es verde, no están los tiempos para hacer prisioneros ni caer en la celda de neologismos e insistentes «globos sonda» económicos, socio-políticos o lingüísticos como la tolerancia, la solidaridad, la empatía o el empoderamiento. Advertidos, que conste en acta como bien reza el libro, estamos. ¡Amén!

Por otro lado, Esperanza es valiente en las descripciones de los «elegidos» como objeto puntual de su crítica o elogio. Para bien o para mal, no da cuartel a sus «víctimas» ni se alinea con uno u otro bando en múltiples descripciones de perfiles que quedan perfectamente retratados y caracterizados de acuerdo con la necesidad del momento y la jerga al uso. Ella sabe el territorio que pisa y cómo pisarlo: con humor, solemnidad, ironía, emotividad…

Así, no es de extrañar, por ejemplo, el hecho de toparse –lingüísticamente hablando– con una Espe poligonera, esa versión «hopera», o con una exquisita, elegante y versada Esperanza en el puntual recorrido por el devenir político de nuestros vecinos gabachos –con pelos, señales y vicios– a lo largo de las últimas décadas.

Pero, además de sus habituales destellos de erudición, algunos de sus relatos no están exentos de amor, afecto o sensibilidad, adquiridos según traditio en un envidiable entorno familiar del que se siente orgullosa por la transmisión de costumbres y valores. De casta le viene al galgo.

Tras leer el libro, estas enseñanzas nos hacen concebir la idea de que aún hay esperanza en nuestras vidas y de que otra Esperanza está dispuesta a batirse el cobre y ocupar la vanguardia literaria defendiendo todo aquello por lo que tú y yo abogamos, intercedemos y, con la inestimable ayuda de otro tipo de «opio» de origen divino, rezamos para obrar un nuevo y, hoy día, anacrónico milagro.