Tolkien: 50 años de su adiós

🗓️1 de septiembre de 2023 |

Hace falta mucha imaginación y una gran capacidad intelectual para, como John Ronald Reuel Tolkien, inventar un mundo creíble dentro del reino de la fantasía.

Por este motivo, nobleza obliga, es justo recordar a Tolkien hoy 2 de septiembre, justo cuando se cumplen 50 años de su muerte. Tampoco hemos de olvidar aclamadas obras como El Hobbit o El Señor de los Anillos. De hecho, el cine y los Oscars de Hollywood no lo hicieron a principios de este siglo XXI cuando la trilogía de la segunda recogía 17 estatuillas como premio final a la gran cantidad de nominaciones previas. Cuando río sonaba, agua llevaba.

Y la narrativa del autor británico de origen sudafricano –que siempre hay que recordarlo– supo crear esas corrientes favorables para llevarlas a buen puerto en lo que ha significado una imponente y larga tradición literaria de su obra maestra, estandarte del género fantástico, de esa ficción con la que tanto J. R. R. Tolkien como Peter Jackson, el director cinematográfico, han sido capaces de asombrar a millones y millones de personas con su pluma y sus películas, respectivamente.

No podemos negar que, además de su impresionante nivel de intelecto e intelectualidad, Tolkien supo sacar provecho de un gran dominio de las lenguas. Como filólogo, licenciado por la Universidad de Oxford durante la trágica Gran Guerra, partía con ventaja, pero, por otro lado, había que ejecutar el plan con todos los ingredientes a su disposición. Él los tenía a pesar del entorno hostil que, por aquel entonces, asolaba al mundo.

El estudio de tantos idiomas y, sobre todo, el manejo para ponerlos en práctica en el conjunto de su mundo académico de Leeds u Oxford y, ya en 1937 tras la publicación de El Hobbit, en su creación literaria iban a sentar las bases de un merecido reconocimiento mundial que ha logrado consolidarse durante décadas hasta el punto, como en el caso de Chesterton, de ver el nacimiento de instituciones internacionales y contribuciones de académicos de tronío empeñados en la difusión de la obra del de Bloemfontein, en la República del Estado Libre de Orange, donde nuestro protagonista había venido al mundo un 3 de enero de 1892.

También, la excelencia del contenido de sus obras ha permitido convertirlas en referentes, en icónicos ejemplos del clasicismo de las historias fantásticas que alcanzarían su culmen tras la popularidad cosechada –seguramente más tarde de lo merecido– por El Señor de los Anillos, preámbulode la actual y moderna ficción fantástica.

Y si no podemos obviar el lugar exacto del nacimiento de Tolkien por connotaciones de peso dentro de su ámbito familiar, también es imperativo recordar su participación en la I Guerra Mundial, como señalábamos anteriormente. 

Su papel como oficial, segundo teniente, de los Lancashire Fusiliers durante cuatro meses en el frente del Somme supondría, tal vez, uno de los momentos de mayor trascendencia a lo largo de sus días por las duras e inolvidables experiencias vitales que, como legado y génesis del mito, quedarían reflejadas en el sublime imaginario del escritor a la hora de describir paisajes, contendientes y el intenso fragor de la batalla.

Recién casado y con el título de filólogo en el bolsillo en la previa de su incorporación a filas, tanto en lo personal como en lo académico-literario, su estancia y vivencias en territorio francés marcarían un antes y un después por la crudeza de ese conflicto bélico y, sobre todo, un escenario dantesco para la supervivencia. Por desgracia, el anhelado sueño de regresar a casa no llegaría a estar al alcance de decenas de miles de combatientes. En ocasiones, un único día, el del bautismo de fuego, bastaba para cavar su tumba –mochila y armamento incluidos–.

El ejército británico bien lo sufrió en sus propias carnes después del calamitoso descalabro de una generación de jóvenes cuyas familias, en cuestión de meses, iban a sustituir la partida de hijos a «Tierra de nadie» por coronas de flores gubernamentales depositadas sobre el jardín de sus casas. Así también ocurriría en muchos barrios de las grandes urbes inglesas como consecuencia de que en el mismo regimiento coincidían vecinos y conocidos de calles aledañas. Miles de padres vieron partir a hombres –muchos de ellos imberbes– hacia el continente y, según avanzaban los días, comenzaron a recibir ataúdes en el «mejor» de los casos. En el peor, los cuerpos habían desaparecido o habían sido enterrados en improvisados camposantos alejados de su Patria.

Evidentemente, el sistema de conscripción había fracasado debido a la pésima gestión de la nación en cuestiones de reclutamiento y, por otro lado, las urgencias del contingente demandado desde el otro lado del Canal de la Mancha. Las bajas no parecían tener fin y lo peor estaba por llegar. 

De esta forma, ese retrato de los cruentos combates es uno de los impactantes regalos visuales de las cintas de Peter Jackson, como la capacidad de aunar épica y tragedia partiendo de las extensas descripciones de la narrativa de Tolkien.

Por otra parte, otro factor es reseñable: la presencia de la esperanza, de la fe ciega en la victoria, de la oposición al Mal y su destrucción en base a un camino de lucha, esfuerzo y sacrificio, ese que, medio siglo más tarde, hemos olvidado por nuestra desidia, inacción y falta de convencimiento.

En estas cinco décadas desde la partida de Tolkien hacia la eternidad, el mundo ha cambiado mucho; quizás, demasiado. La decadencia de, por ejemplo, Occidente es infamemente palmaria empezando, sin ir más lejos, por aquella modélica ciudad de Oxford que dio cobijo a la pervivencia del medievalismo, cultura y tradición,  academicismo universitario y el cristianismo de alegría y cervezas de un grupo de eruditos entre los que Tolkien y C. S. Lewis llevaban la voz cantante al marcar el compás de días radicalmente opuestos a nuestro infame presente. Entonces, los encuentros semanales de los Inklings en The Eagle & Child fueron testigos de excepción ante una mezcla de percepciones, opiniones o elucubraciones de los oxonienses.

Hoy, nuestro tiempo avanza sumiso, errático, vacío de valores y sometido por la inmediatez, la opresión, la disminución de libertades y las caprichosas e ideológicas decisiones de, vía planes y agendas, los gestores de la inmediatez, la imposición, el relativismo, el progreso tecnológico, los neologismos o las limitaciones impuestas a todo individuo. 

Los días transcurren como en el pasado siglo y, en este honrado tributo a la memoria de Tolkien, el protagonismo de este momento es tuyo, único y personal, a la hora de «decidir qué hacer con el tiempo que se te ha dado». Es lo mínimo que puedes hacer incluso cuando vienen mal dadas, cuando la deslealtad irrumpe ante las dificultades de tu camino, cuando te atreves a andar en la oscuridad sin conocer lo que es el anochecer.

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