Roy Campbell: España salvó mi alma

🗓️8 de febrero de 2022 |

Al terminar la Guerra Civil Española y regresar a España por el puesto fronterizo de San Juan de Luz, el poeta —entre otros y variados oficios— Roy Campbell afirmó a Merry del Val, antiguo embajador español en Londres, que la publicación de su épico poemario Flowering Rifle en febrero de 1939 no era más que un mínimo gesto de gratitud para con nuestra nación por haberle permitido salvar su alma. En aquel momento de efervescencia y, con 37 intensos años a sus espaldas, Roy sabía de lo que hablaba. La experiencia es un grado y sus vivencias desde niño habían forjado un gran anecdotario con la base de una vida llena de aventuras.

Como todo el mundo, Campbell tenía defectos; tal vez, en exceso, y, así, cosechó un gran número de enemigos y detractores a lo largo de una carrera literaria y existencia vital cuyo cruel destino le llevaría al repentino e inesperado adiós después de sufrir un trágico accidente de tráfico en las inmediaciones de Setúbal (Portugal) cuando sólo contaba con 55 años. 

Aquel 23 de abril de 1957, festividad de San Jorge y Día Internacional del Libro, la guadaña de la Muerte aguardaba afilada junto a la cuneta de una carretera lusa. Roy y Mary, su mujer, volvían de una Semana Santa sevillana que habían vivido con gran fervor y devoción en compañía de muchísimos amigos españoles con los que, años antes, habían compartido alegrías y penurias desde su primera llegada a Barcelona en noviembre de 1933. Aquel iba a convertirse en su último viaje a España, la nación con la que espiritual y religiosamente había sellado un compromiso que eternamente se llevaría a su tumba en el cementerio de São Pedro en Sintra.

Por otro lado, el «poeta zulú» era hombre de palabra, visceral, de fuerte carácter e instinto certero, de alma viva y corazón ardiente a la hora de mostrar sus impulsos y defender sus nobles causas; al menos, las que consideraba dignas de justicia. La impronta sudafricana y el amor a la naturaleza salvaje que, desde niño, había vivido y sentido en la antigua colonia británica configurarían el perfil definitivo de este dark horse, el caballo «tapado», de las Letras Británicas con apoyos y elogios de postín como los de T. S. Eliot o Edith Sitwell tras la aparición en Inglaterra de un sorprendentemente poético estreno con The Flaming Terrapin en 1924.

Roy era un tipo sin complejos; de esos que hoy tanto se echan en falta anulados por el qué dirán o la sobredosis de buenismo que vigila, limita y cercena todos y cada uno de nuestros pasos cuando se trata de mantener un estatus, una imagen, una posición o no interferir en hojas de ruta de los escribientes del guion establecido por el Establishment en curso. Siempre se mantuvo ajeno a consejos e imposiciones y, seguramente, su indómita actitud se traduciría en el descrédito de los que apostaban por el servilismo al mismo tiempo que le veían como enemigo literario a lo que, posteriormente, añadirían la etiqueta de «converso». Con esos ingredientes, el mundo anglosajón no estaba para echar flores al usuario de unos renglones que incumplían el dictado de la mainstream. De hecho, el arte de hacer enemigos, como el de buscarse la vida ante la adversidad, lo dominó a la perfección.

Por este motivo, cuando pintaban bastos y en España se respiraba un inminente conflicto civil, decidido y convencido, Roy se convirtió al catolicismo junto a su familia en la bella Altea en junio de 1935. Ni que decir tiene que, en aquellos momentos en los que ya se percibía un cierto malestar social y, a lo lejos, se oía el eco de tambores de guerra, lo más fácil habría sido huir de nuestro país y poner pies en polvorosa, Londres o Durban, su ciudad natal en Sudáfrica, donde habría estado «exento» del posterior calvario    sufrido por el mero hecho de ser fiel a su firme y sopesada decisión espiritual.

Sin embargo, Roy estaba por encima del bien y del mal en lo referente a sus acciones y modus vivendi. El entorno rural de Altea le había hecho recuperar una balsámica paz espiritual y rutinas previamente adquiridas en el sur de Francia a principios de la década de 1930 hasta dar el salto a la Ciudad Condal de manera furtiva por una cuestión judicial que amenazaba con dejarle en la ruina moral y económica.

Así, el vergel mediterráneo y la cotidianeidad con paisajes, ambientes y campesinos de gran nobleza y simpatía proporcionarían una previa al decisivo paso hacia la Iglesia de Roma a través de la irrupción del padre Gregorio Llorca Barceló que, con inquietudes poéticas y filosóficas, supo llegar, en primera instancia, al alma de Roy Campbell y, luego, al de Mary. Ella, posteriormente, sería la encargada de mantener viva la llama de la fe familiar cuando vinieron mal dadas. Además, su fortaleza le permitiría no rehuir la lucha interna y esos demonios existentes por las excentricidades de su marido, la economía familiar, el asedio de Toledo por los milicianos, el asesinato de sus amigos carmelitas en julio de 1936 o las complicaciones que su nueva religión les había traído.

Mary nunca dio su brazo a torcer, siempre mostró el convencimiento de una apuesta que, desde hacía mucho tiempo, merodeaba por su cabeza; sobre todo, tras haber leído la biografía de Santa Teresa de Jesús durante su estancia en la Provenza francesa. Su compromiso con la fe recién adquirida tampoco se vio amedrentado por las imposiciones del fusil de un francotirador cuando en los primeros días de nuestra fratricida guerra vigilaba sus movimientos en la subida del Cristo de la Luz toledano camino de la Plaza de los Carmelitas Descalzos y su convento para oír Misa de ocho en compañía de su hija pequeña Anna. Su presunta fragilidad en ese trayecto se veía fortalecida por el misal y mantilla que portaba ante los atónitos ojos de su vigía.

En muchas ocasiones, las fuerzas del Mal se cernieron sobre los Campbell con cualquiera de ellos como objetivo y desgraciado protagonista. El señalamiento, hostigamiento y estigmatización mostraron su presencia en Toledo durante, incluso, meses antes del conflicto después de haber aterrizado en la Ciudad Imperial a finales de junio de 1935. Roy, Mary o Mosquito Vargas, uno de sus jinetes y colaboradores, fueron testigos de ello hasta, como el último, ser vilmente asesinado por los guardias de asalto, los nuevos dueños de la ciudad, debido a su condición racial gitana y su relación laboral con el «extranjero».

Decía Tolkien que nuestra historia es una «eterna derrota» con excepcionales y escasos destellos de la «victoria final». Cuando cualquier base, opinión, fundamento o creencia se debilita, poco tarda en caer en las garras de las fuerzas que promueven el Mal y abogan por la destrucción. Sin embargo, el optimismo y la alegría de Roy apostaron por contradecir a su paisano sudafricano.

La historia de España y su fe católica han visto casos y vivido episodios a los que no les ha faltado una exhibición de fuerza, decisión, valentía y heroicidad para combatir esa «eterna derrota». 

Sin duda, el ejemplo y lucha de Roy Campbell significan mucho más que el contenido de su obra literaria, el legado de su poesía o la traducción de diversos autores y diferentes lenguas siempre y cuando seamos conscientes de que hay frentes y causas contraídas a través de una serie de compromisos inevitables que han de reforzar nuestra posición de vanguardia a la hora de combatir el Mal y salvar nuestras almas.

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