Mi hermano Gilbert: Discusiones de Chesterton

🗓️13 de febrero de 2024 |

Hace un año por estas mismas fechas el escritor y amigo personal Joseph Pearce establecía los parámetros para delimitar los conceptos de «argument» y «quarrel» tomando como referencia unas palabras de Gilbert Keith Chesterton en relación con su hermano pequeño Cecil. Por aquel entonces, escribía Arguing with Chesterton en la publicación digital The Imaginative Conservative.

Para Pearce, escritor converso católico contemporáneo que confesaba haber adoptado aquel testimonio como lema de vida y referente moral, la diferencia de ambos términos relacionados con desacuerdos, disparidad de criterios o riñas –que pueden llegar a los puños– era la misma que podía establecerse entre el cielo y el infierno. Por eso, conociendo el turbio pasado de Pearce y su paso por el averno en forma de condenas en cárceles británicas, abogaba por lo celestial, por la discusión y el debate del «argument» en pos de hallar la línea de razonamiento que apoye cualquier proposición.

Sin ir más lejos, el hecho de estar entre rejas le había conducido a descubrir a autores como C. S. Lewis y el propio G. K. Chesterton antes de dar el paso definitivo con su conversión hacia la Iglesia de Roma. La decisión tomada y su filosofía actual, pues, están fuera de dudas.

Y este preámbulo viene a colación de la reciente presentación de Mi hermano Gilbert de Ediciones More, traducido del original G. K. Chesterton, a Criticism, escrito por un casi anónimo Cecil Chesterton en 1908.

Pearce ahondaba en el origen latino de «arguere«con el significado de «esclarecer», de «dar a conocer», de «demostrar», en un práctico ejercicio de búsqueda de la verdad con dos principios básicos, claridad y caridad, como luces de un camino en el que confluyen razón y amor.

Por otra parte, también definía el otro término en cuestión, «quarrel«, a propósito de sus connotaciones de animosidad, beligerancia y odio, ese que, entre otras razones, le llevó a estar entre rejas por partida doble en la década de 1980 por infringir la Ley de Relaciones Raciales de 1976. Ni que decir tiene que toda la hostilidad de estas sinónimas acepciones citadas es una representación del enemigo, del intrínseco sentido de «argument«, que ha de prevalecer como estrategia de debate o discusión antes del paso extremo que nos obligue a ejercer fuerza, acometividad y agresividad a la hora de defender nuestras ideas.

Y hablando de extremos, en Mi hermano Gilbert, encontramos ejemplos de choques como los protagonizados entre socialismo y distributismo o imperialismo y patriotismo en una misma persona, aunque en diversa épocas. Hablamos del propio G. K. Chesterton y de amigos y enemigos, personas o medios, seguidores o detractores según se moviese la veleta por cuestiones tales como la situación del Imperio Británico, la Guerra de los Bóeres, el sentimiento de «patria» o la realidad social en Inglaterra a finales del siglo XIX y principios del XX.

Este es uno de los casos que, desde su privilegiada y familiarmente cercana atalaya, Cecil propone para retratar al primogénito de los Chesterton en un año en que Gilbert ya tenía cartel como articulista o columnista y empezaba a hacerse un nombre como escritor con un par de entregas de poemarios y diversos relatos narrativos, alguno ya de cierto calado: El Napoleón de Notting Hill, Herejes, El hombre que fue jueves, o las biografías sobre Robert Browning, Charles Dickens o G. Bernard Shaw.

De igual manera, a propósito del distributismo y la producción literaria, aunque no carnal, hemos de hablar de otro «hermano» de los Chesterton. Se trata de Hilaire Belloc, personaje de gran influencia en las ideas y pensamientos de nuestros protagonistas.

Belloc percutió, no cejó en su empeño, y,  según Chesterton, «nos trajo el apetito de Roma por la realidad y la razón en acción y, cuando llamó a la puerta, allí apareció él con el olor a peligro». Teniendo en cuenta la enorme capacidad de convencimiento del primero, no es de extrañar que, incluso con sus más mínimas revoluciones, tuviera una asombrosa fuerza para animar cualquier cotarro y lograr su propósito.

Así, para un tipo apacible, sedentario y tranquilo como Gilbert, Belloc reunía todo aquello a lo que aspiraba Chesterton en su narrativa. Él jamás fue un hombre de acción, de esa sobredosis de acción que desbordaba un Belloc capaz de, al mismo tiempo, ser púgil, aventurero, soldado, marinero con el relato de unas obras, por aquel entonces, ya consagradas.

Y fue una desgraciada acción, la de la cruel Gran Guerra la que, ya en su ocaso en 1918 y con la muerte por enfermedad de Cecil, puso fin al triángulo de los Chesterton y Belloc, a la creciente y sólida amistad de estos hermanos de armas establecida sobre la fe católica y los objetivos comunes de un trío que, en uno u otro momento, fue capaz de hacer tambalear los cimientos sociales de aquella Inglaterra del primer cuarto del siglo XX.

Como a título póstumo escribiría Gilbert sobre su hermano en Recordando a Cecil, recogido en el título de este artículo y prólogo de A History of the United States, éste estaba demasiado cerca como amigo y demasiado lejos como héroe. Sin embargo, como decimos por estos lares, la sangre nunca llegó al río fraternal, sino que fue testigo de la mutua admiración del uno por el otro.