La tentación vive cerca

🗓️18 de febrero de 2024 |

Corto y al pie, breve y conciso, al contrario que en los Evangelios de Lucas o Mateo, escuchamos el reducidísimo relato de las tentaciones de Jesús en el Evangelio de San Marcos 1:12-15 de este Primer Domingo de Cuaresma:

«A continuación, el Espíritu le empuja al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás. Estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían. Después que Jyan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva.»

Hoy es lo que toca, va con nuestros ritmos vitales, lo que hay en este revolucionado y frenético mundo sibilinamente inclinado a la rapidez, a la inmediatez, al eléctrico proceder ante las tentaciones del presente, de aquellos «tiempos peligrosos» de Timoteo que, por desgracia, han venido para quedarse. Algo así venía a decir el padre Antonio en su reciente homilía dominical.

Y, a pesar de que no hay diluvio líquido, sí que tenemos desierto, un gran espacio, el nuestro, cubierto de variadas dificultades en las que hemos de aprender a, primero, convivir con las tentaciones y, segundo, ofrecer nuestra mejor resistencia para superarlas como hizo Dios antes de regresar a Galilea y anunciar el Reino de Dios a través de Su palabra.

Es cuestión de compromiso, de lealtad, de fidelidad, y de dar amor, ese inagotable afecto que el ejemplo de Dios siempre nos ofrece, aunque el Mal intente hacer acto de presencia, acudir a la batalla y ni siquiera concedernos una merecida y consoladora tregua. Ni es su papel ni entra dentro de los torcidos renglones de su perverso guion.

Así, para todo ello, hemos de hacer acopio de fortaleza y obligar a que ese Mal capitule, se rinda sin opción a la bandera blanca que reclama para volver a hacer de las suyas con esos disfraces que suele portar y tan bien le sientan: dolor, desazón, enfermedad, sufrimiento, caos, mentira, confusión, etc.

Es tiempo, pues, de alejarse del «mundanal ruido» –independientemente de las frecuencias en las que emita– y seguir la «escondida senda» de Fray Luis con la obligada ayuda del propósito de conversión de estos cuarenta días cuaresmales, de aferrarse a un gratificante silencio capaz de, con profunda reflexión y enérgica respuesta, paradójicamente gritar la renuncia de las tentaciones que a diario nos asolan perturbando la frágil y dubitativa paz de nuestros días.