La Europa de la Fe

🗓️31 de enero de 2022 |

Haz las maletas y embárcate en este viaje en el tiempo hacia una Europa espiritualmente floreciente y con aquella pretérita esperanza que, en algo más de un siglo, ha sido exterminada por élites, planes, agendas e instituciones que, presuntamente, velan por los intereses continentales y los de todos y cada uno de sus estados. 


Si por un casual quedaban síntomas de resistencia a través de virtudes y valores, se han ido desvaneciendo hasta el punto de vivir una quimera en un mundo contemporáneo sacudido por modernas, tecnológicas y deshumanizadas turbulencias por las que hemos descatalogado opciones como la de aferrarse a la fe, sufrir con y por ella o realizar un ejercicio práctico con la esperanza como principal garante de nuestras acciones y sentimientos. El materialismo, la indiferencia, la superficialidad y las comodidades se han encargado de ir cavando tumbas cada vez más profundas.


Así, te traslado a la novela «El camino de Roma» (The Path to Rome) de Hilaire Belloc, escritor católico franco-británico de finales del siglos XIX y primera mitad del XX, en una travesía personal no exenta de la exigencia física de una gesta de algo más de mil doscientos kilómetros, unas setecientas cincuenta millas aproximadamente, y, por otro lado, una experiencia contemplativa que le permitiría descubrir la «Europa de la fe» y, tras la Primera Guerra Mundial, titular una nueva novela en una sólida demostración de sus convicciones cristianas.


Y es este concepto de la conexión de nuestro continente con la fe el que me ha impulsado a la relectura de la novela del «viejo trueno», apodo de este enfant terrible de la literatura desde una adolescencia caracterizada por un firme y arraigado compromiso con la fe católica.
A lo largo de tres semanas de recorrido por sendas europeas, la contemplación le invita a reflexionar sobre el hogar del que parte, las huellas de sus pasos, sus orígenes y principios espirituales o la profesión de una fe que va fortaleciendo con un gran número de argumentos existenciales e impactos visuales en las etapas diarias de su exigente peregrinatio.


De hecho, en su obra, Belloc recorre parajes y escenarios del corazón de la cristiandad en esa misma Europa que, ahora y de manera infame, huye y reniega de los cimientos que configuraron aquellos bellos caminos para grandeza y gloria de la civilización occidental. Hoy, mandan los complejos, el buenismo y la estigmatización de lo identitario como muestras de servilismo y docilidad a los nuevos héroes y dueños del orbe.


Belloc había escrito poesía, ensayos y artículos de prensa, pero esta novela, «El camino de Roma», sería su consagración como escritor en el estrellato de las Letras británicas a partir de 1902 hasta el punto de que, tras su muerte en 1953, recibió elogios como el de «Maestro de la prosa» (Master of the Prose) o «Campeón de la Iglesia» (Champion of the Church) por parte del afamado teólogo y literato Ronald Knox o el mismísimo obispo de Southwark, respectivamente. 
Y no solo recibió alabanzas a título póstumo, que suelen ser más fáciles. El poder de su nombre y el peso de su obra, infravalorados o desconocidos en gran parte de la literatura mundial de nuestros días, también asombraron por la trascendencia e influencia de este gran guerrero del catolicismo, activo militante de causas y doctrinas inspiradas en el conservadurismo y tradicionalismo que, desde niño, había vivido dentro de la Iglesia Católica.


Sin ir más lejos, el «binomio» con Chesterton dio bastante que hablar en aquellas primeras décadas del pasado siglo. El dúo Chesterbelloc, así bautizado por George Bernard Shaw, fue un referente literario, social y periodístico para la Inglaterra de la época y una generación de jóvenes «invitados» a la matanza de la Gran Guerra en escenarios dantescos como los de Gallipoli, Ypres o el Somme.


Por otro lado, la economía tampoco se iba a quedar al margen tras la irrupción del distributismo como alternativa socioeconómica al socialismo y el capitalismo. La encíclica Rerum Novarum del papa León XIII en 1891 sentaría las bases de un sistema por el que los dos amigos apostaron en un intento de ofrecer una tercera vía inspirada en la doctrina social de la Iglesia. Las muertes, físicas y de almas, derivadas de las otras opciones llamaban al cambio, a propuestas redentoras que salvaran al mundo de las tinieblas económicas y su consiguiente oscuridad. 


Tal vez, el reflejo de nuestra situación financiera presente no dista mucho de aquella tentativa de buscar una solución ad hoc para combatir la usura y falta de transparencia de los fondos buitre o los europeos, pasando por «bancos malos» y una superlativa deuda pública que no hacen más que impregnar de vileza y toxicidad el ya mal concepto del pueblo para con sus gestores y gobernantes. Ahora bien, de esa simbiosis y alianza casi fraternal entre los dos autores, siempre habrá diversas perspectivas sobre el rol que cada uno de ellos ejerció en el otro. Eso sí, resulta bastante clarificador el hecho de que Belloc era católico de cuna; Chesterton, como el diplomático, lingüista y escritor  Maurice Baring—amigo común—, no. Teniendo en cuenta las conversiones de estos dos últimos, no es descabellado pensar en la preponderancia e influencia del primero a la hora de que sus allegados abrazaran la fe católica. La sombra del santo cardenal John Henry Newman era tan alargada como el eco del trueno del apologeta Belloc.


Hoy, echando la vista atrás a las andanzas de Belloc, su gran hazaña se nos antoja casi imposible de lograr no sólo por el despliegue físico y capacidad de resistencia del ser humano, sino también por los horizontes trazados como viajero, creyente e historiador, los de un hombre que recurre a sus ojos como principales testigos del trayecto de Toul hasta Roma cuando el siglo XX echaba a andar sin intuir lo que se le venía encima: guerras, conflictos y revoluciones en sus primeras décadas.


La descripción y detalles de la novela son de una sublime exquisitez narrativa y con una tremenda carga sentimental hacia un pasado que, espiritual y religiosamente, había producido aquellos senderos por los que, casi de manera celestial, Belloc transitaba en presencia de la soledad del caminante, la humildad del cristiano y el asombro de un hombre abrumado por la majestuosa belleza de los paisajes naturales que iban surgiendo ante sus ojos en caminos, pueblos, campos, valles, montañas o desfiladeros.
Su lectura y el propósito de ese viaje te trasladan a la espiritualidad que, salvando las distancias geográficas y temporales, había descrito Egeria en su peregrinación a Tierra Santa en el siglo IV a través de la Vía Domitia y los escenarios bíblicos de Jerusalén, Egipto o Mesopotamia. El rescate del itinerarium epistolar de aquella dama gallega en «El viaje de Egeria» por parte de un monje en el siglo XI y su posterior publicación siglos después anticipan el objetivo del trayecto hacia la Ciudad de las Siete Colinas en lo referente a misterio, mística y espiritualidad.


Si, por otro lado, queremos degustar el propósito narrativo, las experiencias del escritor británico Laurie Lee en «Cuando partí una mañana de verano», escrita mucho después que «El camino de Roma», representan la excelencia descriptiva de un viaje por España en compañía de un violín y una asombrosa capacidad de observación para mostrar una gran habilidad en la precisión de detalles, situaciones y entornos que van desde su desembarco en Vigo hasta la llegada a Granada en los prolegómenos de la Guerra Civil Española.


Esos distantes y distintos relatos, los de Egeria y Laurie Lee, bien pueden servir de espejo a la hora de refractar el producto literario de Belloc a través de la luz otorgada por la gloria de Dios, esa que nuestro protagonista alaba en el transcurso de tantos días de una caminata en la que el generoso exvoto, su «ofrenda», es ejemplo individual y evocador de una humanidad inmersa en múltiples viajes hacia un destino celestial, el representado por la búsqueda de la Ciudad Eterna.

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