¡Feliz Navidad!

🗓️24 de diciembre de 2023 |

¡Alto y claro! Es lo que toca en ausencia de valor y luz, de esa luz que ahora tanto echamos de menos y que, al cerrar hoy la corona de Adviento con las cuatro velas encendidas y sus señales de presencia, alegría, esperanza y paz, nos resultará paradójica e incomprensiblemente insuficiente en la previa de esta inminente NAVIDAD. 

FELIZ NAVIDAD, con mayúsculas y gritando a los cuatro vientos sin la tibieza que adorna complejos de los que, subyugados o subvencionados, rigen nuestros designios al mismo tiempo que nos aproximan al profundo abismo espiritual hacia el que irremisiblemente se encamina nuestra  humanidad. 

FELIZ NAVIDAD; lo de «felices fiestas», déjalo para otras ocasiones porque, a lo largo del año, siempre tendremos motivos y eventos en los que podremos hacer uso de esta aséptica y anónima etiqueta de los fastos de turno en un mundo al que, con limitaciones y restricciones, le van coartando las opciones de los otrora alegres momentos, vivencias pretéritas en retinas de ojos que no se atreven a mirar el presente con seguridad ni logran vislumbrar un futuro sin turbulencias. 

Opciones para felicitar las fiestas hay muchas. Sin embargo, un nacimiento como el de Jesús es algo más exclusivo, de más calado y trascendencia, aunque origine polémica y suscite controversia en círculos, dossieres, comisionados o panfletos europeos y europeístas. El buenismo continental, a cara descubierta, empieza a apestar más por la mugre que por progre –que ya es difícil– y, honestamente, ese hedor no es más que la doble condena de una civilización, la occidental, por inacción e indiferencia.

Es innegable la vinculación del cristianismo con la civilización occidental no sólo en el aspecto religioso, sino en campos como el Arte o la Literatura, la evolución sociológica de un continente como el nuestro; el desarrollo iconográfico, estético, historiográfico o antropológico y la concepcion del mundo que, durante siglos, fue moldeando la horma política, las ideas y el mundo de las ciencias con el sustento proporcionado por la cultura clásica u otras aportaciones que van desde la judeocristiana a la islámica. No hay más ciego que el que no quiere ver o los cada vez más habituales individuos cegados por el falso e ideológico esplendor de prebendas de todo tipo.

Sin embargo, no todo parece durar; sobre todo, en períodos inciertos y volátiles como los que vivimos e, indudablemente, sufrimos por razones varias. La cuestión es resistir, saber resistir y, si vienen mal dadas, esperar el justo momento para una respuesta certera amparada por verdades y hechos milenarios.

Hace un par de años, concluía el teólogo y sociólogo Stephen Bullivant que, en menos de un siglo, Europa se habrá convertido en un continente mayoritariamente no religioso después de más de dos mil años de profesión a diversos cultos y religiones. Su conjetura, con la fe exiliada, convertirá a ese número decreciente de «usuarios» en la nueva minoría. La gestión y conclusiones del citado converso al catolicismo no dejan lugar a la duda como, de la misma manera, O’Brien exponía y dejaba bien claro a Winston Smith en la orwelliana «1984» antes de su paso por la habitación 101. Y en esta sala de torturas también había estado el poeta Ampleforth por incluir la palabra «Dios» en uno de sus poemas. ¿Puede haber algo más osado que esa mención en tiempos acuciados por el relativismo y materialismo reinantes?

Dios, la religión, el catolicismo, tú y yo no somos ajenos a esa estigmatización, al señalamiento de nuestra disidencia, a la pérdida de nuestra identidad y privacidad, a cualquier muestra de oposición a planes, agendas e imposiciones de las élites de un globalismo, enemigo acérrimo del individualismo, que, vestido de negro y teñido de rojo, ha logrado llegar hasta el mismísimo corazón de Roma y la cristiandad, sometida ahora a las nuevas y elitistas directrices mundiales.

Sin encontrar una base sólida o patrones definidos para este declive espiritual, sí que, por otra parte, es reseñable que la palmaria decrepitud e incipiente ocaso de Europa van ligados a la desaparición de valores y virtudes antes erigidos en adalides de una cultura y civilización que, en el presente, hace aguas desde el núcleo enfermo de un continente y, lo peor, con «cirujanos» cuyo bisturí ideológicamente contaminado no hace más que extender una más que evidente insuficiencia cardíaca sin el Carvedilol suficiente que detenga las alteraciones coronarias de nuestra cotidianeidad.

Los nuevos «profetas» y su irracionalidad han tomado las riendas de una civilización desbocada en un nuevo paso hacia las tinieblas, un vil atentado a esa selectiva e interesada inclusividad que pregonan para la que no dudan en excluir la espiritualidad histórica del continente mientras se pagan sueldos públicos a mandatarios empeñados en atacar tradiciones, destruir nuestra cultura y negociar contratos en los que la transparencia brilla por su ausencia como esa tenue luz que, contra viento y marea, me insta a desearte FELIZ NAVIDAD.