Chesterton, defensor de la fe.

🗓️11 de junio de 2022 |

Grande, enorme, superior, impresionante, majestuoso. Así fue Gilbert Keith Chesterton en todas y cada una de las facetas que cultivó a lo largo de sus días. Su cuerpo, su calidad humana, su capacidad, su humor, su ingenio y su entrega a los demás tampoco quedaron a la zaga de todos esos calificativos. 

Dentro del mundo del periodismo, sus artículos y columnas nos dejaron esa gran huella a la que no le faltaba el rastro de la incisiva controversia o el sutil apunte de su opinión sociopolítica. 

Para sus coetáneos del ensayo, Chesterton estaba en otra galaxia, un nivel al que, por otro lado, también aspiraban poetas, novelistas, humoristas o, simplemente, testigos de la realidad social de aquella Inglaterra de principios del siglo XX.

Y no quedaba ahí la cosa. Ese Chesterton multi-tasking –polifacético, hablando en plata– supo crear y dirigir tendencias para asombro de postuladores y practicantes de la Filosofía o Teología. Sus atinadas reflexiones, su sentido común, su verdad y pensamiento siempre sentaron cátedra independientemente del punto de partida. Daba igual el medio: poema, ensayo, novela, prensa o entrevista. 

En una comparativa con el mundo actual, podríamos decir que el bueno de Chesterton iba a convertirse en precursor, generador e instigador de los contemporáneos trending topics en redes sociales. Un visionario siempre adelantado a las circunstancias de su tiempo.

Sin embargo, todo había empezado con unos inicios de dudosa y tambaleante espiritualidad que, en plena adolescencia, encontraron el cobijo del Arte en la School of Arts londinense, con la continuidad de pinturas e ilustraciones en un futuro repleto de la clarividencia dual del pensamiento y sus escritos. 

De manera paradójica, aquel Chesterton despistado, ridiculizado por sus continuas distracciones, fue capaz de recoger infinidad de elogios por los méritos contraídos a lo largo de una prolífica carrera literaria cuya resonancia sigue siendo santo y seña en este inminente 86 aniversario de su muerte el próximo 14 de junio y, en poco más de un mes, el centenario de su conversión al catolicismo el 30 de julio de 1922.

Y hablando de paradojas, Chesterton supo jugar con críticos y sus recensiones. Su don y manejo del léxico, su atrevida maestría con las palabras y la oceánica visión de lo que se cocía en su entorno fueron el sustento de una producción oral y escrita difícilmente rebatible por los tiburones de la oposición, detractores de su obra o enemigos de una lógica disfrazada con soberbias e ingeniosas aserciones de la verdad que siempre hallaron el desconcierto de sus lectores.

La impronta de Chesterton es ingente en lo material por la gran cantidad de obras legadas a la literatura universal, pero no podemos obviar la apologética de un trasfondo centrado en la defensa racional e histórica de los dogmas de la fe cristiana desde muchos años antes de abrazar la Iglesia de Roma; concretamente, con la publicación de «Ortodoxia» en 1908. Ese ejercicio práctico de procrastinación no le impediría ser justamente etiquetado por Pío XI como fidei defensor de la razón y el catolicismo.

Así, en ese tiempo de paulatina y progresiva conversión, en ese camino no exento de los abrojos de la enfermedad, la incomprensión en ámbitos cercanos, los demonios internos, la Gran Guerra o las presiones familiares y mediáticas, Chesterton supo hacer acopio de una gran fortaleza mental y espiritual para, de manera sopesada, conseguir dar el definitivo paso que le conduciría a elegir, decidir y, en consecuencia, rechazar todo lo demás como había apuntado en «Ortodoxia», inicio del proceso de búsqueda de una religión que otorgara razones y pusiese mesura cuando los errores y equivocaciones se convirtieran en los principales obstáculos de nuestra existencia.

La presencia de Chesterton en las Letras Británicas como figura icónica de ese Catholic Literary Revival durante el primer tercio del siglo XX supondría la eliminación de barreras en el camino de indecisos, la resolución de dudas morales de sus allegados y un decidido paso al frente contra el Establishment social y religioso como el que, en 1845, había dado San John Henry Newman.

Tal vez, aquellas iniciativas espiritualmente bien fundadas sentaron las bases de otros puntos de vista, de posicionamientos disidentes contra la mainstream, de miradas en una nueva atalaya desde la que atisbar estelas de un pasado milenario para recuperar valores y virtudes mandados al infierno del exilio. 

Tal vez, aquellas pretéritas carencias en cuestiones de educación, la situación socioeconómica y geopolítica anterior y posterior a la Primera Guerra Mundial o la sospechosa presencia de impositivos monopolios de pensamiento provocaron la irrupción de ese movimiento de intelectuales en busca de una Verdad que, un siglo después y con reminiscencias de aquel pasado, continúa escondida a la espera del rescate de valientes corrientes capaces de mantener el pulso a infames y desestabilizadoras agendas globalistas encaminadas a asestar un golpe definitivo a la humanidad.

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