Chesterton: de parábolas y paradojas

🗓️29 de junio de 2023 |

CHESTERTON: DE PARÁBOLAS Y PARADOJAS

Chesterton es, tal vez, el gran guía en el camino de las paradojas, el faro que todo barco desea ver en su travesía de regreso  desde mar adentro. Así, muestra un sinfín de pruebas, desde relatos a frases lapidarias, que no hacen más que recordarnos que nuestra vida está plagada de evidencias de igual forma que de aparentes contradicciones o incómodos asertos como pruebas irrefutables de los complejos recovecos de la verdad.

Recuerdo aquella paradoja de la Navidad, sobre la que escribí hace meses en este mismo medio, o las asociadas al gran portavoz de parábolas, el gran Maestro, capaz de embaucarmos y hacernos reflexionar con Su divina palabra. Sin ir más lejos, la Biblia nos aporta infinidad de ejemplos de gran calado, todos encaminados a demostrar la veracidad de la palabra de Dios y, ya que estamos en el juego parabólico, a advertirnos que «los últimos serán los primeros en el Reino de los Cielos». Puede que no haya otra de mayor calibre.

Y, ahí, Chesterton fue un genio. El gran escritor británico supo hacer gran uso de parábolas y paradojas con una gran habilidad, sin complejos ni aspavientos.

Hace un par de semanas en la Universidad San Pablo CEU con motivo del tributo anual a Chesterton del 14 de junio, fecha de su muerte, apuntaba Lukas Romero-Wenz en una breve exposición del contenido de su tesis «Chesterton: la paradoja como apertura a lo real. Perspectivas sociales y jurídico-políticas» que hay cuatro tipos de paradojas en su obra: del loco o la locura, del agradecimiento, del capitalismo y, por último, del cristianismo. Creo que, quizás, podríamos añadir su propia paradoja, la personal, y la del mundo que le rodeó.

En el primer caso, el duelo entre la razón y el mundo moderno se erige como protagonista en un atisbo de contradicción imperante en aquel otro tiempo o, sin la necesidad de ese flashback, en nuestros días algo más de un siglo después. Desgraciadamente, hoy podemos sufrirlo en nuestras carnes con, por ejemplo, los excesos de una Inteligencia Artificial que, de manera sutil e «inteligente», nos conduce a un pseudo estado de felicidad en el que, con o sin el soma de «Un mundo feliz» de Huxley, supuestamente somos más felices. 

Es la triste realidad puesto que, si algo acaparamos o atesoramos en mayor medida, se trata de los quebraderos de cabeza del cada vez más constante sentimiento de sumisión y esclavitud. En pequeñas dosis, poco a poco, pero somos más sumisos, más esclavos y no sólo laboralmente hablando. La Agenda de marras, el NOM y las élites gran parte de culpa, sino toda, tienen.

Por otro lado, hoy vimos amanecer, comenzamos una jornada diaria que, con el ocaso, nos habrá deparado sus pros y contras, idas y venidas, alegrías y sinsabores, etc. Pero ese sol del amanecer, el dorado alba, nos proporciona la magia de un nuevo día y un gran abanico de posibilidades al uso de cada individuo. En nosotros recae la opción de convertirnos en magos y de que nuestros trucos se ajusten a metas y previsiones inicialmente fijadas.

Respecto al capitalismo, el tercer tipo, Chesterton lanza un órdago por el hombre común y el distributismo –la voz de Hilaire Belloc le susurra al oído– en un desesperado intento de ser libre, de romper las cadenas que le condenan al yugo de la propiedad y la riqueza. Hoy, relativismo y materialismo tejen una gruesa red de la que nos resulta difícil escapar y, si nos atrevemos a ello, no somos ajenos a la estigmatización y señalamiento de nuestros iguales. En esa disidente exposición reside el riesgo.

Por último, las del cristianismo y el tortuoso proceso de una conversión que, tras dudas y presiones de diversa índole, tardaría más de una década en fructificar con el definitivo abrazo a la Iglesia de Roma a finales de julio de 1922. El hecho de ser cristiano generalmente representa lo bueno del mundo moderno siempre y cuando la interpretación y la práctica sean las correctas; es decir, con la ejecución de firmes compromisos y la continua puesta en práctica de virtudes y valores como la humildad. De eso, de pasar una vida arrodillado, Chesterton fue gran conocedor con una modestia a prueba de bomba, como la paradójicamente sugerida por el grupo irlandés U2 en su Mysterious Ways cuando habla de que «si quieres besar el cielo, primero has de aprender a ponerte de rodillas.» Hoy, de hecho, en la festividad de San Pedro y San Pablo, no podemos tener mejores testigos de solidez, fortaleza, empeño y acometividad a la hora de crear, construir o ejercer como cristianos para sacar nuestros asuntos adelante.

Y no sólo nos quedan sus gestos humildes en el retrovisor de nuestros recuerdos o la labor de aquellos apóstoles. En su historia y registro personal, también podemos ver reflejada su bondad, su ironía, su buen humor en el amplio manejo de un léxico al que no le faltaron destellos de gratitud por la vida, la verdad o la belleza de un mundo que le permitió gozar de una plena existencia, de ese gran y, tal vez, infravalorado regalo de Dios en tiempos presentes en los que, hasta nacer, parece estar situado en el punto de mira de infames tendencias y movimientos.

Chesterton no tenía suficientes palabras para expresar el eterno agradecimiento por el milagro de la vida, por la plenitud de una presencia que tanto supondría para los que le han conocido a través de su obra, los que han aprendido desde otra perspectiva, los que, del ingenio de sus paradojas, han quedado cautivos de los dogmas de su ortodoxia y la convicción de sus propuestas.

En la «Parábola de la valla de Chesterton» (o «Falacia de la puerta de Chesterton»), aparecida en The Thing en 1929, nos advierte sobre el beneficio del sentido común cuando un moderno reformador –el listo de turno– pretende eliminar el obstáculo de una carretera porque no ve su utilidad. Por el contrario, otro reformador más inteligente se opone y le invita a irse en paz, sopesar su decisión y regresar cuando haya encontrado «luz» y certezas para el uso de la valla en cuestión. Como escribe la Dra. Beatriz Villacañas en la estrofa final de su soneto «Paz y Verdad: Unión»: Paz y Verdad a nuestro corazón llegarán y nos darán el buen poder de hacer, después del llanto, la canción.

En otras palabras, es una firme invitación a no destruir lo que no entiendes, a mantener la calma, a practicar la pausa o, como ese vallado, entender las razones por las que fue erigido antes de que, como se suele decir, la sangre llegue al río y perturbe la tranquilidad y el bienestar existentes.

De repente, me vienen a la cabeza las chapuceras –y sesgadas– leyes de memoria, histórica o democrática (mismos perros, distinto collar) que, en diferentes versiones, se usan para derrocar o remover un pasado con el particular y vil beneficio de la disensión y la discordia entre los habitantes de, casualmente, España. Tampoco hace falta irse muy lejos en el espacio, pero sí en el tiempo con la Damnatio Memoriae (Condena de la memoria) y la Abolitio Nominis (Abolición del nombrede la Antigua Roma.

Nuestro mundo está repleto de paradojas como también están las obras de grandes literatos a los que no les faltó algún que otro momento de tristeza para darnos la felicidad de un verso, un poema, una novela u obra de teatro y, por otro lado, presencia para, como en el caso de Chesterton valorar su ausencia décadas más tarde y llegar a apreciar la riqueza de su literatura a través de simbólicos personajes que, aún hoy, reflejan el pensamiento de su creador.