Tolkien y la lucha contra el Mal

🗓️29 de marzo de 2022 |

Escribía el poeta inglés William Blake sobre la necesidad de tener rivales y buscar enfrentamientos para conseguir avanzar en nuestras vidas. Sin ellos, no hay progreso.


Indudablemente, no iba mal encaminado según las circunstancias y acontecimientos que el relato histórico ha venido demostrando a lo largo de los siglos. Es evidente, pues, que nuestrocrecimiento no está reñido con la lucha diaria contra los elementos antagónicos, desde diablos a demonios, que intentan cercarnos, acosarnos o atacarnos con múltiples «apariciones» al irrumpir en nuestras vidas y ofrecernos el lado más amargo de las más oscuras experiencias y vivencias de nuestra existencia. 
Desde un punto de vista cronológico y desgraciadamente actual, nada más lejos de esta realidad que ni siquiera nos concede un ligero respiro o el merecido descanso mental al que, desde hace un par de años, aspiramos con un extraño y desconocido deseo que nunca antes había formado parte de nuestra wishlist; ya sabes, todo aquello tan inalcanzable que, a golpe de un clic, merodea el alcance de tu radio de acción.


Nos recuerda el dicho que no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Las continuas pesadillas de todo tipo en las que andamos sumidos hacen uso de unas garras tan poderosas que no nos permiten escapar de ese enrevesado laberinto por el que, errantes y agotados, vagan nuestros pensamientos.


Los tiempos y las circunstancias mandan; el Mal, por desgracia, también. Y éste con sus múltiples disfraces no parece desfallecer en lo alto de una atalaya desde la que ejerce su pérfido control. Es como el malévolo Sauron, horripilante y aborrecido —su traducción en quenya o alto élfico—, del gran John Ronald Reuel Tolkien en cualquiera de sus formas: guerrero negro, nigromante, viento maligno u ojo al acecho de cualquier tentativa en la que el Bien tenga opciones de triunfo.


También, el escritor sudafricano sabía de esa sintomatología, de ese tipo de indicios, y podía hablar en primera persona, con conocimiento de causa debido, en gran parte, a las tristes vicisitudes familiares y sociales de las primeras décadas de su vida hasta su definitiva licencia del Royal Army tras la Primera Guerra Mundial, esa Gran Guerra que precipitó el final de muchas generaciones occidentales.

El mundo literario de Tolkien está repleto de mitos e historias increíbles propiciadas por la exclusividad de una mente única y privilegiada como la del escritor sudafricano. Huérfano de padre a una muy corta edad y de madre al cumplir los ocho años, cuando ya residía en Inglaterra tras sus primeros años en Sudáfrica, su desarrollo personal, espiritual y académico estuvo estrechamente ligado a los consejos del padre Morgan, sacerdote católico de origen español.

A pesar de la decisiva y determinante conversión del cardenal Newman años antes, en 1845, o, después, la estigmatización de los católicos ingleses, los papists, en aquellas primeras décadas del siglo XX; Mabel, la madre del escritor, tuvo suficientes arrestos para mantenerse en sus trece y, de acuerdo con sus profundas convicciones, erigirse en el baluarte de la fe católica que legaría a sus dos hijos. Desgraciadamente, una inesperada enfermedad cortaría sus alas para seguir volando con ellos entre los pasillos celestiales de la nueva religión que habían abrazado.


Así, ese germen espiritual y católico brotó en Tolkien, aunque los directores de su biografía cinematográfica corriesen un tupido velo al respecto, hasta el punto de atreverse a escribir sobre mitos e historias fantásticas en un intento de trasladar y «traducir» verdades de cierta trascendencia dentro de los límites fronterizos delimitados por los hechos de cualquier novela realista al uso. Su devoción al catolicismo se encargaría de hacer el resto.


De esta manera, hubo de delegar en varios aliados que soportarían su causa literaria. Entre ellos, una ingente imaginación que, a su vez, abriría las puertas del escapismo, esa forma de evasión que permitía su desafección respecto al mundo que le rodeaba, acentuado por sus desagradables experiencias en el frente francés durante la Primera Guerra Mundial. Y esa peculiar huida se vio impulsada por los combates, la adversa climatología, la incierta vida del soldado, la fiebre de las trincheras, la guerra de desgaste, la tierra de nadie, el prematuro adiós de miles de jóvenes y el ocaso de una generación después de aquellos trágicos desenlaces con el denominador común de la muerte en tan dantesco escenario.


La imperiosa necesidad de la verdad resultaba imprescindible para su propósito. No se trataba de sopesar o considerar hechos, lo factual y físico, sino de sentir y alcanzar lo metafísico, como apuntaba Chesterton, en su intento de establecer las diferencias entre aquellos y el objeto de su búsqueda.


Y no sólo hemos de tratar ese ejemplo de elementos opuestos que, tal vez, puedan resultar más difíciles de hallar por el profundo calado de su significado. Desde el bien al mal, pasando por el amor y el odio o la lealtad y la traición, Tolkien nos presenta claros contrastes en los que, con la verdad como testigo, el antagonismo surge en múltiples situaciones de obras como «El Señor de los Anillos».


Tolkien, en el desempeño de narrar historias con sus correspondientes dosis de verdad, se convierte en proveedor de una serie de mensajes que, siempre, caminan sobre el seguro y firme terreno de la certeza. No hay opción para la incertidumbre final si, a pesar de los obstáculos, el entendimiento es pleno. Esos relatos no se basan en hechos o situaciones concretas, sino en generalidades fundadas en aspectos o personajes particulares que toma como iconos para la moraleja destinada a todos y cada uno de sus lectores. Y es la propia verdad de la narración, no los mismos hechos, el principal elemento, ese que realmente adquiere y soporta la importancia de su relato e intención final. 


Los valores que trascienden en su obra son opuestos a, desgraciadamente, los que están al uso y corrompen una actualidad azotada por la pandemia y las crisis geopolíticas internas y externas. El Mal no deja de frotarse las manos con tantos adeptos y adictos a su perversa causa. Por ejemplo, hay notables muestras de compañerismo y camaradería contra el individualismo y magnetismo que suscita, por ejemplo, el poder. El ánimo de poseer el anillo, como internamente le ocurre a su portador, obliga a la desnudez del alma, a la pérdida del control, a la despedida de todo lo que representa el Bien, a la separación de los buenos, a demostrar el pecado del orgullo.


Por otro lado, hay tentación; vive cerca, y vencerla se convierte en un modélico ejercicio de confianza en la victoria sobre hechos o conductas que inesperadamente surgen en nuestra vida para perturbar estándares que son parte de la cotidianidad. Además, hay esfuerzo, compromiso, sacrificio y responsabilidad en la figura de un Gandalf purificado a través del uso de los colores, del «gris» al «blanco», tras su emergente y resurrecta aparición cuando la esperanza parece haberse diluido ante las dificultades y el poder del Mal. Por último, hay gestos y síntomas de heroicidad en la resistencia ante la maligna y demoníaca influencia del motivo de la aventura, el anillo. De hecho, esa tentadora y arrebatadora atracción fortalece a Frodo, especialmente, y a sus acompañantes cuando cumplen el objetivo de una misión inicialmente incierta, como ante la que, en la actualidad, nos vemos expuestos por inquietantes e impositivas muestras del Mal, polifacética y universalmente disfrazado, que acecha a toda la humanidad. No hay duda de la existencia de muchos tipos de Sauron y, sin dar un paso atrás, hemos de enfrentarnos a ellos independientemente del disfraz que porten. Los combates contra el Mal están a la orden del día, son ingredientes asiduos de cualquier contienda. 


Hoy, las nocivas opciones de elección son múltiples y variopintas ante un Bien resignado, al borde de un abismo que sirve para demostrar su latente debilidad y poner su existencia en grave peligro. Las dudas, la incertidumbre, la inconsistencia actual, sin lugar a dudas, andan cursando invitaciones para ello.
El servilismo de Sauron para con Satán y su oceánico deseo de destrucción simbolizan un toque de atención para el hombre, una llamada a la resistencia, una oposición al sometimiento en esa ruta teológica marcada a lo largo de una dura, brusca y larga travesía no exenta de las emociones que encontramos en la vida misma. 


Y para culminar el trayecto y llegar al final  es preciso atravesar la oscuridad de la noche con sus peligros y vicisitudes. Así, la renovada luz del día nos servirá de guía en los pasos del nuevo amanecer. Entonces, esa noche no será eterna; tampoco, sus sombras. Antes de que nos demos cuenta, el alba nos habrá enviado un fulgúreo resplandor para iluminar nuestras decisiones a lo largo del camino.

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