¿Debe España pedir perdón por su historia?

El pasado mes de octubre se estrenó en España el documental «España, la primera globalización», un alegato contra la Leyenda Negra[1] que pesa sobre la historia de España.

Dirigido por el ganador de tres Premios Goya, José Luis López-Linares, el documental está coproducido con RTVE, con el apoyo de la Comunidad de Madrid, y la colaboración económica de muchos mecenas mediante «crowdfunding»[2].

            El documental ha necesitado tres años para producirse, ha reunido el testimonio de 40 historiadores de todo el mundo y ha tenido enorme éxito en taquilla[3]. El relato abarca el período histórico se inicia con el reinado de los Reyes Católicos, continúa con el descubrimiento de América para terminar en el devenir del Imperio español.

            He podido acudir a un cine de Madrid para ver este documental. La sala estaba llena de público, que espontáneamente prorrumpió en aplausos al terminar la proyección.

El documental es un placer para los amantes de la historia, y doble placer para los enamorados de un proyecto histórico llamado España.

Estamos tan poco acostumbrados a que nos hablen bien de la historia de España, que no pocos españoles de bien habrán llegado a dudar de la honorabilidad de su Patria. Dicen que España es la única nación del mundo donde los lugareños hablan mal de su propia historia. Insólita reacción, que tiene varias posibles lecturas: ¿ignorancia?, ¿nos han contado la historia al revés?, ¿propaganda de los enemigos históricos de España?, ¿un nacionalismo regional altavoz de la Leyenda Negra como reafirmación de sus tesis románticas?, ¿ideologías pseudocientíficas que utilizan la Leyenda Negra para justificar concepciones artificiosas de la historia?… Pues tal vez un poco de todo.

Juzgar a una persona en la trayectoria de toda una vida es una tarea nada fácil, pero más complejo aún es juzgar con ecuanimidad la vida de un pueblo a través de los siglos. Como toda obra humana, por buena que sea, ya sabemos a priori que es limitada e imperfecta. Pero hay grados de perfección. Por eso, no es suficiente, si queremos hablar en justicia, con aquello tan socorrido de que los hombres, incluyendo a los españoles, no son ángeles. Y menos todavía los son cuando los hombres actúan en grupo, en la clandestinidad, u ostentan un poder omnímodo.

Una historia fecunda

Con López de Gómara, puede decirse que la obra de España, especialmente en América, es el mayor acontecimiento histórico después de la Encarnación del Hijo unigénito de Dios. San Juan Pablo II ha dado las gracias varias veces a España por su entrega histórica sin par al Mensaje Universal de Salvación. Y en la propia América, el Pontífice subrayó que las virtudes del Imperio español[4] superan holgadamente a sus errores[5]. San Juan Pablo II hablaba así porque conocía la historia[6].

Pero es necesaria, también en justicia, una aclaración más profunda. Cuando hablamos de pecados o errores de los españoles en la acción imperial de España debemos distinguir entre la responsabilidad de algunas personas y la obra de un pueblo en el trascurso de los siglos. Otra cosa sería confundir la parte con el todo. ¿Fueron abusos en una minoría o en una mayoría? ¿Quedaron impunes tales abusos? ¿Se prolongaron indefinidamente? ¿Las autoridades y las leyes?. La Iglesia española, alma del Imperio español, que ejercía un poder indirecto sobre todas las grandes decisiones de la monarquía hispánica, ¿calló?, ¿consintió?, ¿fue cómplice? Una obra evangelizadora de esta envergadura y en tan poco tiempo habría sido imposible en un clima opresor.

Frente a las limitaciones humanas, nunca del todo inevitables, en aquella empresa imperial, brillan con luz propia la monarquía hispánica de los Austrias[7], las Cortes de Castilla y Aragón, los Consejos de Castilla y Aragón (encargada de Filipinas), el Consejo de Indias, la legislación indiana[8], la Iglesia española, el pueblo español encabezado por sus santos, sus héroes y sus mártires, que dejaron lo mejor de sí mismos en aquel mestizaje, que más de 500 años después podemos decir fecundo.

Fecundo no es perfecto. Es cierto que fue una obra inacabada, interrumpida traumáticamente por la Guerra de Sucesión, primero. Por el agotamiento vital de España, en segundo lugar, acosada por enemigos en los cuatro puntos cardinales, arruinada en su empeño providencial de combatir por el bien en múltiples escenarios simultáneos que superaban sus posibilidades humanas.

Tercero, por el cansancio de una sociedad española que a partir del siglo XVII se pregunta, en algunas de sus élites intelectuales, ¿por qué el agro y el ganado de España están abandonados?, ¿por qué la mayoría de los varones españoles son frailes o son soldados?, ¿por qué cuando más plata y oro llega de América[9], peor viven los españoles y la hacienda pública alcanza hasta cuatro banca rotas en el reinado de Felipe II?, ¿por qué no podemos vivir para nosotros mismos como hacen otros reinos, todos los reinos?, ¿por qué nos involucramos en problemas ajenos?… Son preguntas que bien podría responder Sancho Panza cuando preguntaba a don Quijote por la hora de la comida. ¿Comer, mientras tantas doncellas esperan rescate? ¿Comer, con tanta ignorancia que corregir, tantos sortilegios a los que oponer resistencia, tantas injusticias que reparar? Es el dilema que siempre plantea la existencia humana y que Francisco de Pizarro dejó como enseñanza para la historia, gráficamente, trazando aquella línea en el suelo en el episodio de los Trece de la Fama.

Y cuarto, por la invasión napoleónica que nos trajo una doble desgracia: el liberalismo, que son los derechos del error y del mal al gobierno de los pueblos. Y el espíritu de la Ilustración, que había prendido en buena parte de los criollos de América por influjo franco-británico, y que dio al traste con la presencia de España en América.

Una obra sobrehumana

Charles Fletcher Lummis, el historiador hispanista norteamericano describe la gesta de los conquistadores españoles, cada uno de los cuales es digno de una superproducción de Hollywood[10].

Es imposible racionalmente no ver en estos acontecimientos, que a veces sobrepasan la imaginación o la ficción novelesca o cinematográfica, un espíritu sobrenatural. Ni por ambición humana puede llegarse tan lejos. Nadie entrega la vida de forma heroica, previsible y en lenta cadencia salvo que tenga una concepción trascendente de la vida y de la historia[11].

Podemos entregar la vida en arrebato, por odio o por amor, pero la lenta sucesión de vidas inmoladas que se volcaron en América para convertir un continente donde se practicaba la esclavitud cruelísima entre tribus desde tiempo inmemorial, donde de practicaba el canibalismo, y donde se realizaban sacrificios humanos[12], en un continente lleno de catedrales y universidades[13] para los indios, no puede interpretarse como un fenómeno exclusivamente natural.

España no tuvo colonias en América

España quería dar lo mejor de sí misma en América y que los nuevos súbditos de la Corona tuvieran en la España de América lo mismo que tenían los españoles de la Península Ibérica. Por eso, España no tuvo colonias sino virreinatos[14], es decir, otras Españas, al otro lado del Océano. Colonias tuvieron los ingleses, franceses y holandeses cuyo único móvil era económico.

Es la consecuencia natural de quien reconoce en el otro a un ser humano, de quien demuestra con hechos las razones profundas que han impulsado a todo un pueblo a la aventura conquistadora, evangelizadora y en consecuencia civilizadora. España era mestiza, y que mejor prueba de la honradez de sus intenciones que el mestizaje[15] con los pueblos indígenas. Un mestizaje impensable en la cultura francesa, holandesa o anglosajona, racistas impenitentes. Ahora se comprende cómo fue posible en España un caso como el de Juan de Sessa, conocido como Juan Latino, de raza negra, que ya era catedrático en la Universidad de Granada en 1556. Sin embargo, el primer hombre de raza negra admitido como alumno en EE. UU. fue en la Universidad de Oklahoma en 1948.

Las comparaciones con los imperios franceses ingleses y holandeses son inevitables. Mientras en estas colonias la población indígena prácticamente ha desaparecido, exterminada por los invasores, la población indígena o mestiza en la América española constituye la inmensa mayoría de la población[16]. En el Museo de América de Madrid, una obra arquitectónica estupenda construida al efecto aunque el contenido del Museo decae progresivamente, todavía puede verse un gigantesco mapa de América con los porcentajes actualizados de población india, mestiza, blanca o de otras razas en todos los países de América. Los datos de EE. UU. y Canadá[17] dejan en evidencia y oprobio a los imperios inglés y francés. Estos datos de la América española y hasta portuguesa deshacen de un plumazo las mentiras de la Leyenda Negra[18].

¿Emancipación?

Aún en la decadencia de España, sobre todo a partir de la llegada de la dinastía borbónica, las Leyes de Indias[19] siguieron operativas y funcionando, lo que se demuestra, primero, por la rapidez con que fueron derogadas por los criollos a partir de la independencia de los territorios españoles de ultramar en el siglo XIX. Y segundo, porque la mayoría de los indios se alineó con el Ejército español que combatió en precario contra los insurrectos[20].

Cuando los españoles fueron expulsados de América, a comienzos del siglo XIX, los criollos, sin la protección de los españoles, comenzaron a imitar a los aztecas en su opresión, derogando las Leyes de Indias, privando a los indios de libertades fundamentales y de propiedades. Pero esta responsabilidad es de los criollos, a quienes molestaba la legislación española en favor de los indios. Por eso provocaron la independencia de la América española. Ni de esto, ni de lo que ocurrió después, ni de lo que ocurre ahora tiene la culpa la vieja España. La culpa la tiene el espíritu, los protagonistas y los beneficiarios de la llamada emancipación.

Los libros escolares mienten

El documental se atreve también a denunciar que los libros de enseñanza de la historia en España[21] cuentan la versión de los enemigos históricos de España, precisamente aquellos que elaboraron la Leyenda Negra, a partir de los testimonios delirantes del traidor Antonio Pérez o de las exageraciones infames de fray Bartolomé de las Casas. Los artífices de esta operación de propaganda para descreditar a España fueron los protestantes, con Inglaterra y Holanda a la cabeza, junto a la dulce y admirable Francia, que en su chauvinismo enfermizo vendió su condición de hija primogénita de la Iglesia por el plato de lentejas de la ambición material y la hegemonía internacional.

El documental no evita temas polémicos, como la Inquisición, especialmente maltratada por la Leyenda Negra. Cuando estuvo en manos de la Iglesia, especialmente en España y en los Estados Pontificios, fue modelo de indulgencia y de garantías jurídicas, buscando cumplir la ley en un momento histórico en el que la herejía era un delito. Este afán por la salud moral del pueblo responde a una mentalidad teocéntrica. Para el hombre medieval perseguir la herejía que mata la vida del alma, esencia del hombre, era tan necesario como el hombre moderno considera que el Ministerio de turno debe vigilar la salubridad de los alimentos que se consumen, impedir su comercio y castigar a los infractores por atentado criminal contra la vida de las personas.

La Inquisición española, en comparación con las inquisiciones protestantes, y más tarde jacobinas o comunistas, fue un verdadero juego de niños. Sin embargo, aunque las condenas a muerte de la Inquisición española en cuatro siglos arrojan resultados sorprendentes (0,5 por año), muy inferiores a otras inquisiciones europeas, cuando se habla de los excesos inquisitoriales, todo el mundo mira hacia España. Esta es la siembra de la Leyenda Negra. Valga como ejemplo ilustrativo la expulsión de los judíos de España. Fue la última nación europea en expulsarles, después de acoger a todos los que expulsaban de otros países, y después de varios siglos de difícil convivencia con la protección de leyes y reyes. Pero si se habla de expulsión de judíos, todo el mundo mira a España. Nadie mira a Francia o Inglaterra, donde fueron expulsados antes, con la nada despreciable diferencia de que no pudieron llevarse sus bienes…

Las controversias de Valladolid.

Las Controversias de Valladolid, también conocidas como Polémica de los Naturales o de los Justos Títulos fueron un encuentro de sabios españoles[22] convocados por Carlos I entre 1550-1551 para estudiar la legitimidad de España en la conquista de América[23]. De América llegaban noticias de derramamiento de sangre en guerras y de abusos de algunos conquistadores[24]. Carlos I convocó esta reunión para dilucidar la duda moral derivada de las dificultades y problemas de los primeros años de la conquista, prometiendo retirar sus tropas del Perú si España no podía aducir títulos que justificasen su presencia en América.

Fue inédito e inaudito que una de las naciones más poderosas de la Tierra, que no tenía que responder ante nadie salvo ante su propia conciencia, tuviese esta exquisita y singular sensibilidad, lo que hace de España una Patria única en la historia de la humanidad.

El evento contó con la presencia destacada de Bartolomé de las Casas[25] y de Juan Ginés de Sepúlveda, amén de muchos otros juristas y teólogos como Domingo de Soto, Melchor Cano y Bartolomé de Carranza. Aunque algunos analistas afirman que la reunión acabó con posiciones encontradas[26] y ninguna conclusión unánime, lo cierto es que el emperador Carlos hizo suyas las tesis de Ginés de Sepúlveda, que apoyaron sustancialmente la mayoría de los asistentes.

Dumont hace una semblanza de Ginés de Sepúlveda[27], elogiado por Menéndez y Pelayo, como auténtico defensor de la presencia de España en América, teórico del derecho incuestionable de la Verdad a vivir y propagarse en libertad, y apologista de la necesidad de la evangelización, no sólo de los individuos sino también de las sociedades para alcanzar el bien común.

Dumont señala que la tesis de Las Casas (la conquista ha sido injusta y no necesaria para la evangelización) fue ensayada por España, porque el rey de España no despreció sus teorías. Algunos misioneros se internaron en la selva acompañados de indios ya civilizados (el método de Las Casas tenía truco) y sin protección militar. El resultado fue un fracaso estrepitoso que acabó en tragedia. Nadie comprendió a Las Casas, aunque la Corona de España le prestó oídos. Ni los indios le prestaron atención, que estaban eternamente agradecidos a España por la liberación del yugo azteca. Tampoco le comprendieron sus contemporáneos dominicos, ni la Santa Sede de entonces, que felicitó a España por su labor. Ni siquiera los historiadores protestantes Robert Louis Stevenson (1880), que admiraba la obra de España; o Arnold Toynbee, inglés, que no le fue a la zaga.

La legislación social

Cuando los peores intelectuales de la América hispana reivindican el indigenismo, no sabemos si reivindican la cultura pagana idolátrica, el canibalismo, la esclavitud o los sacrificios humanos. O tal vez todo ello. El presidente de México tiene la mala conciencia del criollo traidor que imputa al prójimo sus propios pecados. El presidente Biden, con la credibilidad de un católico abortista, arremete contra la herencia española en nombre del peor espíritu WASP[28], que ha exterminado a los indios al norte de México[29].

El marxismo o el anarquismo se han sumado con el fervor del converso a la Leyenda Negra, como callejeros corifeos de la modernidad. Era necesario demostrar que España encaja en el patrón pseudocientífico que intenta explicar la alienación humana en la historia desde la perspectiva económica. Pero la obra de España en América es la negación del progreso en la historia a partir de la dialéctica de enfrentamiento entre opresores y oprimidos. Porque en la lógica marxista, la libertad y la justicia nunca se regalan, sino que se conquistan.

España también es la demostración de que el hombre y la historia no se mueven esencialmente por motivaciones económicas. Los héroes y los mártires tienen otras motivaciones, y hasta la autoridad civil no es por naturaleza una superestructura opresora. Junto a la ciudad terrestre coexiste la Civitate Dei agustiniana, guiando providencialmente los pasos del hombre y de la historia hacia su causa final en Dios.

Porque España ha sido la primera nación del mundo en prohibir la esclavitud[30]. Ha sido la primera en promulgar leyes de protección social[31] (prohibición del trabajo a los niños, a los ancianos, y a las mujeres embarazadas; la obligatoriedad del descanso dominical, la jornada semanal de ocho horas…), adelantándose varios siglos a las demandas de las internacionales marxistas y a las medidas del Estado del Bienestar. Y ha universalizado la propiedad entre los indios, como nunca antes y nunca después se había conocido en América, con las Reducciones Jesuítas del Paraguay[32], conjugando propiedad individual, familiar y comunal. Y esto lo hizo por imperativo de su conciencia sin que un piquete de huelguistas ejerciese ninguna presión exterior.

Como resumen del espíritu de la obra de España en América, las Leyes de Indias ya contemplaban la discriminación positiva en favor del indio, lo que supuso la protesta de los españoles por un trato legal que vulneraba el principio de la igualdad jurídica para todos. La situación del indio era equiparable en algunos aspectos a la minoría de edad en virtud del estadio de su civilización humana (esta fue una de las justificaciones de las Encomiendas, que después de algunas correcciones iniciales, prestaron un gran servicio a la civilización de América). Y esta minoría de edad legal de facto hacía vulnerable al indio frente al español. Por este motivo, un indio que robaba una manta a un español era castigado con unos cuantos latigazos. Pero un español que robaba una manta a un indio era castigado con la muerte. Eran leyes que se cumplían. Hubo españoles ajusticiados en América por la propia justicia española. Para que se cumplieran las leyes, la Corona dispuso numerosas instituciones jurídicas como los juicios de residencia, las figuras de los oidores y visitadores, la asistencia letrada gratuita para el indio que no pudiese pagar su denuncia…

Falta lo sustantivo

Pero el documental «España, la primera globalización»[33], siendo una aportación emocionante, necesaria y exigencia de la justicia histórica, nos resulta insuficiente[34].

España fue primera potencia mundial. El cómo se produjo tal hazaña humana[35] no es independiente de la fe de sus protagonistas[36]. Porque el primer puesto mundial en poder o influencia no tiene valor ni explicación sin el concurso de la Providencia divina que hizo de España nación consagrada al servicio del Evangelio[37]. Por eso, en la fórmula de Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús en 1919, aquellas palabras eran la música que sonaba familiar en el alma de los españoles desde el III Concilio de Toledo en el año 589: «España, pueblo de tu herencia y de tus predilecciones, se postra hoy reverente ante ese trono de tus bondades que para Ti se alza en el centro de la Península. Todas las razas que la habitan, todas las regiones que la integran, han constituido en la sucesión de los siglos, y a través de comunes azares y mutuas lealtades, esta gran Patria Española, fuerte y constante en el amor a la Religión». Este espíritu[38], y solo él, hizo posible una aventura humanamente imposible, que –en palabras de fray Pacífico de Pobladura– vale más que la vida.

Francisco J. Carballo


[1] Contra la Leyenda Negra antiespañola, vid. Juan Luis BECEIRO GARCÍA, La mentira histórica desvelada, Madrid: Editorial Ejearte, 1994. Rómulo D. CARBIA, Historia de la leyenda negra hispanoamericana, Madrid: Fundación Carolina. Centro de Estudios Hispánicos, 2004. Luis ESPAÑOL BOUCHÉ, Leyendas negras, Salamanca: Juan de Castilla y León, 2007. Ricardo GARCÍA CARCEL y Lourdes MATEO BRETOS, La leyenda negra, Madrid: Anaya, 1991. José GARCÍA NIETO y Francisco TOMÁS COMES, Leyendas hispanoamericanas, Madrid: Ediciones Cultura Hispánica, 1964. Sigfredo HILLERS, La obra social de España en América, Madrid: Ediciones FES, 1981. Julián JUDERÍAS, La leyenda negra, Barcelona: Casa Editorial Araluce, 1917. Vittorio MESSORI, Leyendas negras de la Iglesia, Barcelona: Editorial Planeta, 1996. Juan NUIX, Reflexiones imparciales sobre la humanidad de los españoles en las Indias…, Madrid: por D. Joaquín Ibarra, Impresor de Cámara de S.M., 1782. Luciano PEREÑA, La idea de justicia en la conquista de América, Madrid: Editorial Mapfre, 1992. Philip W. POWELL, Árbol de odio, Madrid: Ediciones Iris de Paz, 1991. Sebastián QUESADA MARCO, La leyenda antiespañola, Madrid: Publicaciones Españolas, 1967. María Elvira ROCA BAREA, Imperiofobia y leyenda negra, Madrid: Ediciones Siruela, 2007.

[2] El director de la cinta señalaba en una entrevista que hay «una gran demanda en Hispanoamérica, donde también están necesitados de conocer su historia», y denuncia que allí «les ha pasado lo mismo que a nosotros, que nos han falsificado la historia». Confiesa también que está invirtiendo «un gran esfuerzo» para llevar el documental a los más jóvenes en colegios y las universidades,

[3] A pesar del éxito de taquilla, la película se ha quedado fuera de la preselección de los premios Goya. De los 70 documentales presentados este año a los Goya, la comisión encargada ha preseleccionado 16, dejando fuera «España, la primera globalización».

[4] Juan Pablo II calificó de «luminoso en su conjunto» el proceso de conquista y evangelización de América durante su tercer día de estancia en México (Puerto de Veracruz, 8 de mayo de 1990).

[5] La petición de perdón del Papa Francisco por los pecados cometidos durante la evangelización de América han causado el desconcierto entre los católicos españoles de bien. Lo cierto es que una petición análoga ya fue hecha por Juan Pablo II y Benedicto XVI, sin causar especial revuelo. Lo que hemos echado de menos en el Papa Francisco, más si cabe como argentino hijo de la Hispanidad, es la necesaria valoración de las virtudes de la obra de España en América, que fueron virtudes heroicas. Si el justo peca hasta siete veces al día (Prov. 24, 16), los españoles que también son hombres, no deben ser juzgados con distinto baremo.

[6] Vid. Constantino BAYLE, España en Indias, Barcelona: Ediciones Jerarquía, 1939; España y la educación popular en América, Madrid: Editora Nacional, 1941. F. CERECEDA, Historia del Imperio Español y de la Hispanidad, Madrid: Editorial Razón y Fe, 1943. Jean DUMONT, La Hora de Dios en el Nuevo Mundo, Madrid: Ediciones Encuentro, 1991. A. G. FUENTE DE LA OJEDA, V Centenario, Barcelona: Gráficas Fomento, 1991. Florentino PÉREZ-EMBID y Francisco MORALES PADRÓN, La acción de España en América, Barcelona: Editorial AHR, 1958. VV. AA., I Jornadas Conmemorativas del V Centenario del Descubrimiento, Conquista y Evangelización de América, Valladolid: Nuevo Debate, 1990.

[7] La España de Felipe V, aunque no puede romper bruscamente con la dinámica histórica de España en sus costumbres e instituciones, es cierto que introduce crecientes novedades extranjerizantes, extrañas al estilo español de entender la vida, que deslucen una trayectoria única en el mundo, y cuyo estudio asombrará hasta el enamoramiento a hispanistas como Lummis o Dumont.

[8] Vid. Carmelo VIÑAS Y MEY, El régimen jurídico y la responsabilidad en la América indiana, México: Universidad Nacional de México, 1993.

[9] Vid. Manuel FERRANDIS TORRES, El mito del oro en la conquista de América, Madrid: Editorial Reus, 1933.

[10] Vid. Charles F. LUMMIS, Los exploradores del siglo XVI, Barcelona: Editorial Araluce, 1926. Vid. también Jesús GARCÍA TOLSÁ, Navegantes y exploradores, Barcelona: Editorial Mateu, 1958. Frederick Alex KIRKPATRICK, Los conquistadores españoles, Madrid: Rialp, 1999.

[11] Julián María RUBIO, Los ideales y los hombres de la España imperial, Madrid: Cultura Española, 1942.

[12] Hasta 40.000 en un solo día…

[13] Antes de que los ingleses fundasen solo para los ingleses la Universidad de Harvard en 1636, España ya había fundado para los indios la Real y Pontificia Universidad de México (1551), la Real y Pontificia Universidad de San Marcos en Lima (1551), la Universidad San Fulgencio en Quito (1586), la Universidad de Córdoba en Argentina (1613), la Universidad Javeriana de Santa Fe en Bogotá (1623), la Mayor Real y Pontificia Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca en Bolivia (1624)…

Luego vinieron muchas más: la Real Universidad de San Felipe en Chile (1647), la Universidad de San Carlos de Guatemala (1676), la Universidad de San Antonio Abad del Cusco (1692)…

               La Universidad de Salamanca fue germen para la creación de las universidades de Hispanoamérica, el origen de la Revolución Científica y de los Derechos Humanos. Por encargo de Carlos I, Francisco de Vitoria escogía misioneros y profesores para las universidades americanas entre sus mejores discípulos.

[14] Vid. José MONTORO, Virreyes españoles en América, Madrid: Editorial Mitre, 1991.

[15] En la descendencia de Francisco de Pizarro, fruto de su relación con dos princesas incas, quedaron emparentadas la sangre de los Incas con los Reyes de Castilla, a través de un descendiente de Alfonso X el Sabio. Puede visitarse la casa de la familia Pizarro en Trujillo, un palacete del siglo XVI edificado por una de las hijas del conquistador. Repárese en el techo de madera con motivos florales americanos, que se salvó milagrosamente en la Guerra de 1936 de usarse para calentar a la tropa en un día de duro invierno.

               Caso interesante de mestizaje fue el Inca Garcilaso (vid. Aurelio MIRÓ QUESADA Y SOSA, El Inca Garcilaso, Madrid: Ediciones Instituto de Cultura Hispánica, 1948).

[16] En su magna obra sobre América, el profesor Beceiro, después de estudiar una bibliografía amplísima sobre este tema, sobre todo los libros y argumentos de los detractores de la obra de España, demuestra como las muertes en la conquista y primeros años de la evangelización son producto, en primer lugar de las epidemias, que diezmaban tantos a indios como a españoles, porque ninguno de los grupos tenía anticuerpos para las enfermedades del otro. A mucha distancia, están las guerras de conquista. Y por último, a mayor distancia todavía, la inadaptación al trabajo obligatorio y otras formas de vida civilizada que no encajaban con los hábitos del modus vivendi indígena. En esta lista no están las mitas (se producían con poca frecuencia en la vida del indio, acudían a ellas una minoría, muchas veces sus operarios eran voluntarios para ganar un sobresueldo… Eran además un fenómeno que no inventaron los españoles, sino se producía con anterioridad a 1492).

[17] Son territorios robados a España por la piratería inglesa y francesa (Vid. Monseñor David ARIAS, Las raíces hispanas de los Estados Unidos, León: Printed 2000, 2006. Borja CARDELÚS, La huella de España y de la cultura hispana en los Estados Unidos, Madrid: Centro de Cultura Iberoamericana, 2008). Las cuatro Bulas Alejandrinas de 1493 son los documentos pontificios que otorgaron a la Corona de Castilla el derecho a conquistar América y la obligación de evangelizarla. Se concede el dominio sobre tierras descubiertas y por descubrir en las islas y tierra firme del Mar Océano, por ser tierras de infieles en las que el Papa, como vicario de Cristo en la Tierra, tiene potestad para hacerlo. La concesión se hace con sus señoríos, ciudades, castillos, lugares y villas y con todos sus derechos y jurisdicciones para que los Reyes Católicos tuviesen tal dominio «como señores con plena, libre y absoluta potestad, autoridad y jurisdicción», sin más condición que la de no perjudicar a otro príncipe cristiano que pudiera tener un derecho reconocido en ellos. Se excluye a toda persona de cualquier dignidad, estado, grado, orden o condición, incluso imperial o real, del comercio o de cualquier relación con estas tierras sin licencia expresa de los Reyes Católicos. Las bulas decretaban la excomunión para todos aquellos que viajasen a las Indias por el Oeste sin autorización de los reyes de Castilla. La única contrapartida para España fue la obligación de evangelizar las tierras concedidas. Francia e Inglaterra no reconocieron la autoridad de las bulas.

[18] Vid. Ramón MENÉNDEZ PIDAL, Ideal imperial de Carlos V, Madrid: Espasa-Calpe, 1940.

[19] Carlos II recopiló las 7.000 leyes de Indias (vid. Recopilación de Leyes de los Reynos de Indias (3 vols.), Madrid: Consejo de la Hispanidad, 1943).

[20] Sobre la influencia masónica en la independencia de los territorios americanos de España, la financiación e influencia en este proceso de EE. UU e Inglaterra, el despojo de las propiedades a los indios, y el exterminio de muchas comunidades indígenas, desprotegidas sin España y su legislación indiana, vid. Patricio J. MAGUIRE, La Masonería y la Emancipación del Río de la Plata, Buenos Aires: Editorial Santiago Apóstol, 2000. J. Alberto NAVAS SIERRA, Utopía y atopía de la Hispanidad, Madrid: Ediciones Encuentro, 2000. José Antonio ULLATE FABO, Españoles que no pudieron serlo, Madrid: Libros Libres, 2009.

[21] La historia de España se explica en los manuales escolares, en cualquier editorial, a partir de la interpretación reduccionista del hombre y de la historia del materialismo histórico y dialéctico. La historia sería una sucesión de modos de producción, cada uno de los cuales supone un progreso social, en una concepción lineal de la historia que avanza irremisiblemente hacia el comunismo libertario, fin y plenitud de la historia. Nada tendría explicación fuera de las luchas económicas. Los héroes y los santos están alienados por fantasías como el honor, la virtud o la vida eterna.

[22] «De las aulas de Salamanca saldrán los mejores defensores de los indios: misioneros, obispos, juristas, profesores de universidades americanas de Lima, México promovidas precisamente con el propósito de predicar íntegramente el Evangelio entre los indios: Pedro de la Gasca (pacificador del Perú y presidente de la Audiencia de Lima), Juan de la Peña (obispo de Lima), Zumárraga (arzobispo de México), Anchieta, Juan del Valle (obispo de Popayán), Domingo de Santo Tomás Navarrete (obispo de Charcas), Tomás de San Martín (la Plata), Diego de Covarrubias (obispo de Santo Domingo y de la Concepción de la Vega)» (Cardenal Marcelo GONZÁLEZ MARTÍN, «Sobre la evangelización de américa», Anales de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas 70 (1993), p. 139-154)..

[23] Vid. Jean DUMONT, El amanecer de los derechos del hombre: La controversia de Valladolid, Madrid: Ediciones Encuentro, 2009.

[24] Así lo relata el cardenal González Martín: «Y cuando en la Península iban siendo conocidas las noticias que hablaban de tales abusos cundió un malestar profundo que dio lugar a posturas revisionistas sobre lo que se estaba haciendo en Indias, y fue la ocasión para que brillara con esplendor una luz que no se ha apagado: la del gran maestro Vitoria y, en general, la Escuela de los Teólogos de Salamanca, que exponían sus enseñanzas fundados en el hecho de la dignidad humana y la revelación cristiana» (Cardenal Marcelo GONZÁLEZ MARTÍN, «Sobre la evangelización de américa», Anales de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas 70 (1993), p. 139-154).

[25] Jean Dumont describe al padre Las Casas como etnocentrista, de ser «más hombre que sacerdote», de exagerar los abusos de los españoles e ignorar las atrocidades de los indios para con los indios (canibalismo, sacrificios humanos, esclavitud…). Demuestra también la inconsistencia, la contradicción y la falsedad esencial de las denuncias de Las Casas en su famosa obra Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Esta obra fue el hazmerreír de muchos estudiosos, desde Voltaire o Cornelius de Pauw (siglo XVIII) hasta Américo Castro y Losada en nuestros días. Pero ha servido de base para la Leyenda Negra contra España y contra la Iglesia. Las Casas quiso exagerar e inventar los datos en su obra para conmover al rey de España, consiguiendo del emperador Carlos V el nombramiento de Protector Universal de los Indios.

Dumont denuncia que el pretendido amor a los indios de Las Casas contrasta con su desprecio a la raza negra (pretendía que las personas de esta raza fueran sustitutos de los indios en los trabajos más penosos). Y su desprecio a los sufrimientos de sus contemporáneos, próximos no sólo en el tiempo sino también en el espacio: en Europa todavía quedaban numerosos esclavos, incluso en España aunque fuese por razones de guerra (vid. también Enrique DÍAZ ARAUJO, Las Casas, visto de costado, Madrid: Fundación Francisco Elías de Tejada y Erasmo Percopo, 1995).

El cardenal González Martín recuerda que Las Casas «reconoce que él mismo tuvo un esclavo que le había llevado su padre (que acompañó a Colón en el segundo viaje a las Indias) desde la Española: “Y mi padre, a quien el Almirante había dado uno y lo había llevado en el susodicho viaje de los dos navíos o carabelas, que yo en Castilla tuve y algunos días anduvo conmigo, tomó a esta Isla con el mismo comendador Bobadilla, y los trajo, y después yo lo vi y traté acá”» (Cardenal Marcelo GONZÁLEZ MARTÍN, «Sobre la evangelización de américa», Anales de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas 70 (1993), p. 139-154).

[26] Francisco de Vitoria fue precursor de la Junta de Valladolid. En su obra De indis recoge su postura ante las tierras conquistadas en América. En ella afirma que los indios no son seres inferiores, sino que tienen derechos sobre sus tierras y bienes. Fue consultado por el rey Carlos I y sus ideas fueron escuchadas en las Cortes. Influyó en las Leyes de Indias (1542), que declaraban a los indios seres humanos libres bajo la protección directa de la Corona. Después de su muerte, varios de sus discípulos (Cano, Soto, Las Casas, Carranza…) acudieron a la Junta de Valladolid.

En su Relectio prior de Indis recenter inventis, Vitoria no comparte algunos de los títulos oficialmente establecidos para justificar la conquista de América, pero justificó la conquista en caso de que los indios negaran a los españoles los derechos que concede el orden natural: el comercio, la prédica del Evangelio o las relaciones pacíficas entre los pueblos.

Vitoria «reivindica la dignidad humana de los indios, pues son seres racionales y libres creados a imagen de Dios, con destino personal y trascendente. Los indios eran capaces de salvación y de condenación. Tenían, por tanto, derecho a ser bautizados. El retraso o subdesarrollo de los indios, su “bestialidad”, o incapacidad, se debía más bien a la bárbara y mala educación. Tenían derecho al progreso y a la paz. Los indios eran verdaderos dueños de sí y de sus cosas de igual modo que los españoles. Indios y españoles eran iguales fundamentalmente, en cuanto que eran hombres. Por tanto, la intervención de España en América se justifica en función de la necesidad de protección de los derechos humanos. No sería conveniente ni lícito al rey de España abandonar completamente la administración de aquellos pueblos. Los españoles por derecho natural y de gentes, tenían derecho a recorrer las provincias de los indios y permanecer en ellas, mientras no causaran daño a sus poblaciones. Los indios no podían prohibir el derecho de emigración.

Igualmente, los españoles podían comerciar con los pueblos indios, importar y exportar mercancías. Los conquistadores y sus familias, por derecho natural y de gentes, tenían derecho a domiciliarse y tomar la ciudadanía de los países indios, contrayendo matrimonio o por otras formas mediante las que los extranjeros la adquieran; de igual modo pueden defenderse y buscar su propia seguridad».

«Francisco de Vitoria en virtud de estos títulos y con éstas y otras limitaciones obligaba tanto a indios como españoles, a la Corona y a los gobernadores, virreyes, encomenderos, vasallos y soldados. El derecho natural obliga en conciencia a todos» (Cardenal Marcelo GONZÁLEZ MARTÍN, «Sobre la evangelización de américa», Anales de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas 70 (1993), p. 139-154).

[27] Juan Ginés de Sepúlveda (Pozoblanco (Córdoba), 1490 – 1573) fue un erudito en lenguas clásicas, que tradujo a Aristóteles, después de estudiar en las Universidades de Alcalá y Bolonia. Preceptor del futuro Felipe II, formará parte de la comitiva encargada de recibir al emperador Carlos V, que llegaba a Roma para ser coronado por el Papa Clemente VII. En Roma, sirviendo en la corte pontificia, vivió el saqueo de la ciudad en 1527, viéndose obligado a refugiarse en el castillo de Sant´Angelo. En 1535 fue nombrado capellán y cronista oficial por Carlos I.

Entre sus obras pueden destacarse una crónica de carácter panegírico sobre el emperador (De rebus gestae Caroli Quinti, y una historia de la conquista del Nuevo Mundo (De rebus hispanorum gestis ad Novum Orbem Mexicumque). Pero su obra cumbre versó sobre la licitud de la conquista de América (Democrates alter, sive de iustis belli causis suscepti contra Indos), publicada en Roma en 1550.

[28] White, Anglo-Saxon and Protestant.

[29] Esta actitud nos recuerda a los etarras increpando el cadáver de sus víctimas, imputándoles supuestos delitos, en cualquier caso siempre menores con respecto a sus asesinatos tantas veces indiscriminados.

[30] Dice el cardenal González Martín que «demuestra lo que estamos diciendo la narración que hace Bartolomé de las Casas. Refiere lo que sucedió cuando llegaron algunas naves con sus respectivos indios esclavos: «Como por las cartas postreras del Almirante, que vinieron en los dichos navíos, supiese la Reina, de gloriosa memoria que el Almirante había dado a cada uno de los que allí venían un indio por esclavo, y que, si no se me ha olvidado, eran trescientos hombres, hubo muy gran enojo, diciendo estas palabras: “¿Qué poder tiene mío el Almirante para dar a nadie mis vasallos?”, y otros semejantes». Este relato no se ha tenido suficientemente en cuenta. El almirante había decidido el envío de indios y esclavos. Consta que la actitud de la soberana fue de disgusto y repulsa. «La Reina Isabel, que había apoyado la hazaña colombina, demostró su fibra cristiana, su humanismo, y obligó a Colón a retraer sus malos pasos esclavistas». El hecho de que el almirante enviara esclavos sin aprobación real fue una de las causas de su relevo en el gobierno de La Española. Las Casas sigue refiriendo la reacción que tuvo doña. Isabel: «Mandó luego a pregonar en Granada y en Sevilla, donde ya estaba la corte que todos los que hubiesen llevado indios a Castilla, que les hubiese dado el Almirante, los volviesen luego acá (las Indias, desde donde escribe Bartolomé su historia), so pena de muerte, en los primeros navíos» (Cardenal Marcelo GONZÁLEZ MARTÍN, «Sobre la evangelización de américa», Anales de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas 70 (1993), p. 139-154).

[31] Vid. Carmelo VIÑAS Y MEY, España y los orígenes de la política social (Las Leyes de Indias), Madrid: Ed. Juan Ortiz, 1930.

[32] Vid. Jean-Paul DUVIOLS y Rubén BAREIRO SAGUIER, Tentación de la utopía. La República de los jesuitas en el Paraguay, Barcelona: Editorial Tusquets, 1991.

[33] Me hablaban unos amigos de este documental sobre España como el documental de los ateos. Yo no diría tanto, aunque en el plantel de expertos que aparecen en la cinta los hay abiertamente materialistas, y amantes de la historia de España pero anticlericales. Aparece hasta Alfonso Guerra y otros extraños personajes cuya trayectoria no explica su presencia. Pero hay pocos representantes significados de la derecha liberal, cosa que es de agradecer, porque generalmente esta gente hace antipático todo cuanto toca.

Cuesta trabajo entender que abiertos materialistas reconozcan sin embargo en la historia milenaria de los pueblos de España un elemento aglutinador, que unifica y trasciende la pluralidad de los hombres, que concita un entusiasmo abnegado de generación tras generaciones olvidando las diferencias de raza o condición social. Es un elemento inmaterial, que cuesta trabajo medir y aprehender, pero que no por eso deja de manifestarse con energía incuestionable en sus actos a lo largo de la historia, y que prueba su veracidad en la obra fecunda, que otras motivaciones individuales y colectivas no son capaces de alcanzar y ni siquiera de imitar.

[34] Separar la historia de España de la Iglesia, timbre de gloria eterna, es un ejercicio vano que hace inexplicable todo este esfuerzo heroico. Decía Menéndez Pelayo que «España era o se creía el pueblo de Dios, y cada español, cual otro Josué, sentía en sí fe y aliento bastante para derrocar los muros al son de las trompetas o para atajar al sol en su carrera. Nada parecía ni resultaba imposible; la fe de aquellos hombres, que parecían guarnecidos de triple lámina de bronce, era la fe, que mueve de su lugar las montañas. Por eso en los arcanos de Dios les estaba guardado el hacer sonar la palabra de Cristo en las más bárbaras gentilidades; el hundir en el golfo de Corinto las soberbias naves del tirano de Grecia, y salvar, por ministerio del joven de Austria, la Europa occidental del segundo y postrer amago del islamismo; el romper las huestes luteranas en las marismas bátavas con la espada en la boca y el agua a la cinta y el entregar a la Iglesia romana cien pueblos por cada uno que le arrebataba la herejía. España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectores o de los reyes de taifas» (Marcelino MENÉNDEZ Y PELAYO, Historia de los heterodoxos españoles, Madrid: BAC, 1987, p. 1038).  En la misma dirección están Ramiro de Maeztu (vid. Ramiro DE MAEZTU, Defensa de la Hispanidad, Madrid: Ediciones FAX, 1934) y Manuel García Morente (vid. Manuel GARCÍA MORENTE, Idea de Hispanidad (Obras Completas-Vol. 1, t. 2), Madrid: Editorial Anthropos, 1996). También Constantino BAYLE, El dorado fantasma, Madrid: Publicaciones del Consejo de la Hispanidad, 1943.

[35] Los ejemplos son innumerables desde los clásicos en la génesis del Imperio como Pizarro, Cortes, Valdivia, Jiménez de Quesada, Almagro, Alonso de Ojeda, García de Paredes, Ponce de León, Núñez de Balboa, Alvarado, Bernal Díaz del Castillo, Almagro, Garay, Cabeza de Vaca o Inés Suárez, hasta en los momentos de la decadencia, donde emerge el genio español de Blas de Lezó en uno de los mayores hitos de la historia militar (vid, v. gr. Gonzalo M. QUINTERO SARAVIA, Don Blas de Lezo: biografía de un marino español, Madrid: Editorial EDAF, 2016. J. PÉREZ-FONCEA, El héroe del Caribe, MADRID: Editorial Libros Libres, 2112. José Manuel RODRÍGUEZ, El vasco que salvó al Imperio español, Barcelona: Altera Ediciones, 2008, etc.), hasta Isabel Barreto de Castro, la primera mujer que ostentó el cargo de almirante en la historia de la navegación.​ Fue esposa del navegante Álvaro de Mendaña, descubridor en el océano Pacífico de las islas Salomón y las islas Marquesas, a quien acompañó en su último viaje… La lista es tan extensa como ausente de los libros escolares de historia.

[36] Quienes no tienen fe, la perciben como una especie de testarudez humana arraigada por algún tipo de educación rigorista. No entienden que la fe, primero, es un don que hay que impetrar, luego es gracia divina que hace milagros. Y finalmente es mérito de quien la recibe en sencillez evangélica, la cuida y la hace fructificar.

[37] El cardenal González Martín cita en este sentido oportunamente al historiador Lewis Hanke: «la empresa de España en América fue mucho más que una extraordinaria hazaña militar y política. Fue también uno de los mayores intentos que ha presenciado el mundo para que prevalezcan los preceptos cristianos en las relaciones entre las gentes» (Cardenal Marcelo GONZÁLEZ MARTÍN, «Sobre la evangelización de américa», Anales de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas 70 (1993), p. 139-154). Vid. Melquiades ANDRÉS MARTÍN, Misioneros extremeños en Hispanoamérica y Filipinas, Madrid: BAC, 1993. Constantino BAYLE, La expansión misional de España, Barcelona: Editorial Labor, 1936. José María IRABURU, Hechos de los Apóstoles de América, Pamplona: Fundación Gratis Date, 1999. Francisco MARTÍ GILABERT, La primera misión de la Santa Sede a América, Pamplona: Ediciones Universidad de Navarra, 1967. Cristóbal REAL, La Gran Siembra de España, Madrid: Editora Nacional, 1944. Vicente D. SIERRA, El sentido misional de la conquista de América, Madrid: Ediciones del Consejo de la Hispanidad, 1944.

[38] Tres días antes de morir Isabel la Católica en Medina del Campo dictó un codicilo que se añade a su testamento, declarando cuál fue su intención principal cuando la Santa Sede concedió a la Corona las Indias descubiertas: «Nuestra principal intención fue… de procurar inducir y traer los pueblos de ellos y los convertir a nuestra santa fe católica, y enviar a dichas Islas y Tierras Firme Prelados y Religiosos y Clérigos y otras personas doctos y temerosos de Dios, para instruir los vecinos y moradores de ellas en la fe católica y les ensañar y doctrinar buenas costumbres, y poner en ello la inteligencia debida, según más largamente en las letras de dicha concesión se contiene» (ISABEL I DE CASTILLA, Codicilo, Cláusula X).

Entre los fines secundarios de la aventura estaba hacerse con el monopolio del comercio de especias por mar y razones de índole científico. Aunque poco se ha estudiado el plan de los Reyes Católicos de establecer una presencia española en Oriente, objetivo original de la expedición, para abordar una eventual recuperación del Imperio Romano de Oriente, conquistado por los turcos tan sólo 39 años antes. Los musulmanes otomanos habrían tenido reinos cristianos al este y al oeste…

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